
Pagina
Inicial
- Acerca de la Fundación - Comité
de Organización - Actividades
Libros Publicados
- Boletín -
Opiniones
- Lecturas - Foros
Jornadas: el psicoanálisis, las certezas, las controversias
Buenas
tardes, les damos la bienvenida a las jornadas anuales de la Fundación
Proyecto al Sur. Puesta a pensar en que palabras decir, antes de las
palabras que Uds. vinieron a escuchar, pensé en “hacer historia”.
Hace
mucho tiempo, hubo un tiempo en el que un médico intentando aliviar el
padecimiento de aquellos que a él acudían creó un dispositivo que
inaugura un nuevo campo de experiencia. Creación que hace posible con un
solo gesto, un gesto que podemos pensar como el gesto psicoanalítico por
excelencia, el de dar la palabra, gesto que permite que aquel que padece
pueda decir lo que tiene para decir, y que por silenciado produce
sufrimiento. Dio la palabra al padecimiento, abriéndose a una experiencia
que transitó, privándose paulatinamente y cada vez más de los medios de
los que ya disponía, para ir dándole lugar a aquello otro que todavía,
cada vez más, se daba a ser escuchado. Se gesta así una manera inédita y
revolucionaria de pensar al hombre y una practica novedosa en relación al
malestar, ubicado ahora en relación a la cultura.
Se
trata ahora de un analista que advertido de las resistencias que la peste
del psicoanálisis despertaría en su movimiento, celebra
más con la sensación de un triunfo que de una derrota, la ocasión,
que los hechos de su clínica le brindan, de volver a pensar aquello que ya
sabia.
Un
analista que al cabo de su experiencia dona a otros analistas el saber del
psicoanálisis como una herramienta, que cada uno puede ajustar a su propia
mano, haciendo reserva de una sola cosa: que no se llame psicoanálisis a
aquello que no lo es, a aquello que en su devenir caiga por fuera de su
campo.
Hubo
un tiempo, luego, en el que se pensó al psicoanálisis como una práctica
que acumula saber, un saber que sumándose y ordenándose de acuerdo a una
codificación de reglas y procedimientos, como un saber técnico, constituirá
un saber hacer con el paciente, transmisible de maestro a discípulos y
aplicable a los análisis por venir, un saber que crearía un standard, una
cura tipo que uniformaría a los analistas en acuerdos que cierran el
espacio para el debate y la polémica, una practica que redujo la dimensión
de experiencia del inconsciente al experimento donde se confirma que allí
estaba lo que íbamos a buscar. Un modo de entender las cosas que eludía lo
inquietante que implica ocupar el lugar que la posición del analista
supone: La disposición a la escucha de aquello particular que cada sujeto
ofrece.
Y
hubo otro tiempo, hace algún tiempo, en que un analista se enfrentó a este
estado de cosas y produjo un gesto: volver al texto freudiano y aplicar allí
sus tres, en una operación de lectura que le devuelve la palabra a la
verdad esencial que portaba el discurso freudiano, verdad silenciada en una
practica, que de todos modos se nombró psicoanálisis. Un analista que toma
lo heredado y lo interroga en sus fracturas, sus paradojas, sus huecos, en
un movimiento que lo lleva mas allá del padre del psicoanálisis y del que
extrae nuevas consecuencias, y que al cabo de las consecuencias de su
experiencia y enseñanza, se sigue pensando, nombrando freudiano en tanto
freudiana es su experiencia su enseñanza y su ética.
Pensé
en “hacer historia” en estas palabras antes de las palabras, para
preguntarnos donde estamos hoy. Periódicamente se hacen oír voces que
anuncian el fin, la crisis, la muerte del psicoanálisis argumentando que no
está a la altura de los tiempos que corren, tiempos de corto plazo, de
urgencia, que piden tratamientos empíricamente sustentados y aplicables según
una normativa, que garantice los mismos resultados ante los mismos
trastornos para todos los pacientes y que den debidas pruebas de eficacia.
Tiempos que nos exigen unificados, igualados, clasificados, pautados, y si
es posible, debidamente medicados.
El
psicoanálisis, siempre cuestionado, siempre sujeto a las condiciones que
las subjetividades que la época pone en su horizonte, siempre amenazado por
la tentación de cerrarse sobre si mismo. ¿Qué certezas nos permiten
reconocernos aun dentro del campo de la experiencia freudiana, en los
tiempos de abolición subjetiva, de silencio del deseo, de la palabra caída
en descrédito que vivimos? ¿Qué controversias podemos sostener que nos
mantengan despiertos resistiendo a la tentación de acomodarnos en la
quietud de un saber ya consagrado, que no admitiera ser interrogado por las
nuevas formas que hoy toma el malestar? ¿Cómo asumir el caudal de lo
heredado, para ponerlo al servicio de las preguntas sobre las que tenemos
que llegar a saber, otra vez, cada vez, que volvemos a protagonizar la
inquietud, la incertidumbre y el riesgo de la experiencia, del inconsciente
en el deseo, siempre decidido y fecundo de renovar su apuesta?
El
psicoanálisis, las certezas, las controversias, jornadas anuales de la
Fundación Proyecto al Sur a las que damos comienzo escuchando a Juan Ritvo.
Me
aprovecho de la amplitud del titulo para tomar un desvío, que no es un desvío,
sino otra vía, que de algún modo es la vía que la revista Mal Estar ha
transitado y que además tiene que ver con el otorgamiento por parte de la
Fundación Proyecto al Sur del Premio Lucien Freud. Es decir: quiero
plantear algunos problemas de la relación entre psicoanálisis y arte, pero
claro, voy a restringirlo. Ya de por si esto es enorme, así que lo acoto a
psicoanálisis y literatura, pero lo único que puedo hacer en el tiempo de
que dispongo son unas puntualizaciones que supongo pueden interesar.
Hay
un síntoma clásico que es el llamado psicoanálisis aplicado, disciplina,
aclaro de antemano, que detesto por razones que puedo ahora esbozar.
Sabemos, porque ya es una costumbre extendida desde los tiempos de Freud y
luego renovada con el instrumental lacaniano, que hay una tendencia a tomar
las obras literarias –no solo literarias, también pasa lo mismo con el
cine, el teatro y a veces se extiende a la pintura– y en una actitud
franca e ingenuamente contenidista se psicopatologizan los personajes de
novelas, cuentos, relatos, e incluso cuando esto es trasladado al cine, como
si fueran transmitidos con un medio neutro y carente de resistencia. De tal
modo que estos personajes, ya fuera de sus discursos, son resumidos,
argumentados clasificados psicopatológicamente y siempre se vuelve una
especie de apoyatura y extensión a un ejercicio muy expandido y
parasitario, por que lo único que hace es ser apéndice titubeante y en
definitiva inútil de algunas preocupaciones psicoanalíticas que
indudablemente podrían tramitarse mejor.
Esa
especie de oportunidad con la que un psicoanalista siempre encuentra un caso
clínico en alguna obra. Esa es la razón por la cual yo, harto de la
psicopatologizacion de Hamlet, frente a la pregunta de: ¿Por qué tiene
cinco actos? respondo algo que creo que ya otros han dicho y es: ¿Cómo
puede haber una tragedia en un solo acto? Si se hubiera llegado a la
conclusión en el primer acto, nos quedamos sin tragedia. Es decir, hay una
cierta regla de la tragedia que exige la dilatación. Por supuesto que se
han escrito cosas interesantes a propósito de Hamlet y no quiero entrar
específicamente en este tema porque me llevaría mucho tiempo.
Pero
la pregunta es esta: ¿Porqué el psicoanálisis cuando se aplica a otros
campos, y particularmente a la literatura –pero no solo literatura, también
política, sociología y hasta filosofía- desconoce las estructuras propias
de ese campo? Porque el psicoanálisis salvaje funciona así, como una
especie de metalenguaje salvaje que se introduce repentinamente en otro
campo ignorando las construcciones del campo y produciendo resultados, en el
mejor de los casos, irrisorios. Y digo en el mejor de los casos porque
muchas veces –yo no intento defender al arte, se defiende solo- los
psicoanalistas aplican salvajemente el psicoanálisis a las obras
literarias, y uno puede empezar a sospechar que allí retorna lo reprimido,
es decir, que esto mismo también se hace en la clínica. Entonces, el
psicoanálisis aplicado a si mismo es algo bastante complicado.
Lo
que quiero decir es que no voy a traer ninguna novedad porque primero,
pienso que entre psicoanálisis y literatura no hay ningún metalenguaje que
pueda regular los intercambios, una disciplina que por encima pueda regular
y formular leyes. Si hubiera esta disciplina, yo diría “bienvenida”,
pero todos tendríamos que cerrar nuestras bibliotecas porque ya estarían
prácticamente resueltos todos los problemas, pienso que esta disciplina no
existe, por razones que tienen que ver con la incompletud que es esencial al
psicoanálisis y que es esencial a la literatura.
El
psicoanálisis entonces ¿que tiene que ver con la literatura?. Yo la
entiendo en este sentido: si un psicoanalista se ocupa de una obra
literaria, pero se ocupa de la obra, y se atiene a la textualidad de la
obra, y aquello que en la obra lo llama, puede acceder a aquello que
desborda la obra y puede incluso recurrir al psicoanálisis en la medida en
que acepte los procedimientos técnicos de ese campo, ahí si la relación
se vuelve extremadamente fructífera, pero no suele suceder. Ahora, ¿que es
lo que hace que haya una comunidad profunda entre el psicoanálisis y el
arte en general, pero fundamentalmente, y porque a esto me refiero, la
literatura? En la literatura moderna, no quiero ser abusivo y extenderlo a
la literatura universal, hay algo que es connatural a la modernidad y es lo
que llamo, no sé si de modo muy preciso, un “principio de
discordancia”. Esto quiere decir que si en una obra literaria uno reconoce
diversos estratos, el estrato fónico-fonológico, el estrato morfo-sintético,
el estrato semántico, y finalmente el que yo llamaría el estrato retórico
poético; entre estos estratos no hay una mera relación de integración
reciproca, o mejor dicho, no hay una relación de integración
–reconozcamos el termino integración en el sentido lingüístico del
termino-. Lo que hay es un principio de discordancia, donde estos elementos
intervienen entre sí mediante un juego constante de fracturas y rupturas,
que implican que la obra misma se descompone en una heterogeneidad de
niveles, ya no pautable con los criterios habituales del discurso
universitario. El caso mas sintomático de esto es el modo en que el nivel
retórico de una obra literaria perturba profundamente la supuesta
transparencia de las reglas semánticas, lo que hay es desacoplamiento, y en
ese punto uno puede decir: el arte -llamemos arte yo estoy haciendo una cosa
extensiva pero bueno-, la literatura si por algo se caracteriza y pienso que
Valery en esto tenia razón, es porque lleva al limite ciertas propiedades
del lenguaje humano, la capacidad paradojal del lenguaje humano, las
antinomias que nunca se resuelven y sobre todo el hecho de una multiplicidad
heterogénea de niveles. No hay forma alguna de que aquello que llamamos
lenguaje lo podamos reducir a un principio homogéneo, y esto hay que
advertirlo porque cuando hablamos del lenguaje desde el punto de vista
psicoanalítico habría que precisar muy bien de que estamos hablando,
porque desde ningún punto de vista se puede pensar el lenguaje como una
función unitaria.
Esto
es connatural al arte moderno, y en perspectiva se extiende en lecturas
retrospectivas. Pero hay una concordancia en este punto con algo que es
propio del psicoanálisis, el psicoanálisis por su propia constitución
siempre lleva los discursos a un punto de suspensión y perturbación traumático.
Este es el nivel esencial donde el campo del psicoanálisis se puede
transmitir al campo literario. Porque podemos decir que el psicoanálisis,
creo, no es un código dentro de otros códigos de la cultura (estéticos,
filosóficos, sociológicos, de la moda) es más bien un dialecto, que opera
con los restos de otros códigos. En ese campo constituye algo nuevo y algo
verdadero, pero a condición de ser un dialecto, no una lengua, y eso lo
suscribo. En ese sentido depende de los otros códigos, porque capta lo que
en otros tiende a descomponerse, a censurarse, y levanta la censura. Es
decir, esta es la historia de Freud y las disciplinas de su época, y también
de Lacan. Fíjense que ahí donde se ocupa de algo que aparentemente es
marginal, termina por ser esencial y mostrar los límites o de la lingüística
o de algunas corrientes filosóficas e incluso de algunas corrientes meta lógicas.
Hay ahí una consonancia profunda entre el psicoanálisis y la literatura.
Ahora Uds. dirán ¿Cómo se organizan los cruces, los pasos de un lado a
otro? Yo creo que no hay nada que organice esos pasos, absolutamente nada.
Creo que quien piense que hay algún principio general formal que organiza
esos pasos está profundamente equivocado, esas leyes ni siquiera podríamos
empezar a pensarlas. Lo que hay son acontecimientos de encuentros entre
recursos psicoanalíticos y obras estéticas donde hay una transmisión
reciproca y que dan ejemplos extraordinarios de hallazgos.
Ustedes
tienen todo el derecho a preguntarme, después de todas estas abstracciones
que malamente les he expuesto, por algún ejemplo, y ahí me encuentro con
un problema grave, porque de los ejemplos psicoanalíticos ninguno me parece
adecuado. Los ejemplos psicoanalíticos son todos salvajes. Piensen en el
famoso supuesto análisis que hace Lacan de Joyce, donde dice cosas
salvajes. Cuando habla del Retrato del artista adolescente dice: “claro,
Stephen es James, es James Joyce, obvio” y es una estupidez. Porque
funciona con el descuido tradicional del psicoanálisis (Lacan en ese
seminario parece más un viejo psiquiatra que otra cosa, obsesionado por
taxonomías caducas). Lo que no advierte Lacan y eso es lo mas llamativo, es
que el Retrato del artista adolescente es una obra de género, una obra que
depende de la narrativa simbolista de fines del siglo XIX y principios del
XX, y ese personaje, Stephen, es mucho mas representativo de la tradición
que de la historia de James Joyce. Y además si queremos llevar las cosas a
un limite, pensemos en esa conferencia que pronuncio Foucault, que es un
autor que Lacan escuchó, y además escuchó muy atentamente, y que fue
importante para algunas elaboraciones de Lacan, donde queda claro que el
nombre del autor no coincide con el autor empírico. Entonces tenemos tres
estratos: el autor empírico, el nombre del autor que cifra un texto, y además
el personaje que responde a una tradición que en este caso es de la tradición
simbolista.
Si
uno no diferencia estos estratos es imposible que diga nada, salvo
vulgaridades y trivialidades. Ahora, en esto, se está hace décadas, yo no
puedo dar ejemplos psicoanalíticos, entiéndanme, hay gente que dice
verdades, análisis psicoanalíticos que son interesantes, pero esos análisis
dependen menos de la obra que de lo que el autor ha pensado sobre otra cosa
y toma a la obra como mero pretexto, como mera anécdota.
Los
ejemplos curiosamente, están fuera del psicoanálisis. Podría citar muchísimos,
pero bueno, dos o tres, algunos claves. Blanchot y Roland Barthes, ambos han
aprovechado mucho del psicoanálisis, y uno que en este momento me interesa
mas que nada, y es Walter Benjamín. El supo usar la noción de traumatismo
que utilizan los textos freudianos, creo que la tomo más directamente de
Theodore Reich, porque justamente habla de la vivencia de shock en la
sociedad contemporánea, y es indiscutible que ahí ha elaborado la noción
de trauma de Freud, y que la ha trabajado mas allá del principio del
placer, en relación a Reich. Y que interesante, las observaciones que ha
hecho Benjamín en relación a la obra de Baudelaire son extraordinarias,
son realmente una utilización del psicoanálisis sin proclama. Pero
ejemplos así, en psicoanálisis, yo no puedo dar.
Esto
es lo que quería traer para hablar, solo como para empezar a pensar, pero
bueno, espero que sirva para generar algunas reflexiones en su momento.
Para
completar el currículum podremos decir que Eduardo Grüner no sabe que va a
decir en los próximos 15 minutos, porque yo había pensado, exagero, había
imaginado algunas cosas de las que podría hablar aquí, pero la intervención
que acaba de hacer Juan Ritvo me obliga a desimaginar todo eso, y ver que
puedo imaginar aquí con Uds. Hay una cosa que me interesó, en realidad hay
muchas, pero es el núcleo de lo que toco Juan recién lo que a mi me parece
de centralísima importancia, y esto es sobre esa especie de pasión, decía
él, por encontrar un caso clínico en un texto literario. Me hizo recordar
que muchas veces mis alumnos en la universidad se quedan muy extrañados,
cuando les digo algo que a mi me parece muy elemental –y al decir esto
frente a un publico mayoritariamente compuesto por psicoanalistas me tiembla
la voz-, y es que Edipo no tenia ningún complejo, Edipo es Edipo. El
complejo es un problema nuestro, de los neuróticos normales, y no de aquel
que es Edipo, de donde Freud extrajo ese nombre. O en todo caso es un
problema, dicen algunos, de la modernidad a partir de Hamlet, que es otra
forma mediante la cual Freud lee eso.
¿Y
que quiero decir con esto, siguiendo el razonamiento de Juan? Si hay algo de
lo que podemos estar absolutamente seguros que Freud no hace de ninguna
manera, en el caso de su teorización sobre lo que algunos llaman el
complejo de Edipo, es psicoanálisis aplicado, sino que en todo caso, Edipo,
lejos de ser un objeto de aplicación, es la herramienta misma que le sirve
a Freud para pensar su teoría que luego daría en llamarse psicoanalítica.
Esta
especie de inversión de la lógica, si puedo decirlo así, me parece
sumamente importante –justamente también por las cosas que decía Juan–
a propósito del lugar del arte que, sin duda, en la fundación de la
disciplina y discurso llamado psicoanálisis tiene un lugar absolutamente
fundador.
Digo
que el arte tiene ese lugar fundador, simplemente por que sin él no hubiera
sido posible esta fundación de un discurso (que no casualmente se dio en
tal periodo de la historia de la modernidad Europea), pero que aborda algo más
fundante de lo que puede encontrarse en la anécdota histórica.
Quiero
adelantar que no pienso que si hubiera que buscar algo así como una teoría
estética en las obras de Freud haya que buscarla, por ejemplo, en el texto
sobre Leonardo, o sobre Miguel Ángel o en el texto sobre Dostoievski,
habría que buscarlo en los textos sobre el sueño, el lapsus, el
acto fallido, aquellos que tocan mas de cerca lo que hoy uno llamaría el
problema del significante y de la producción del significante, de la
insuficiencia, los quiebres y conflictos del mismo.
Uno
podría contar algunas anécdotas que demostrarían la utilidad que esta vía
inversa podría tener para el psicoanálisis, y una que siempre cuento tiene
que ver con mi abuelita, disculpen Uds. que sea autobiográfico. Mi abuelita
tenia una amiga que era reeducadora de sordomudos, estoy hablando de la década
del 20. Por alguna razón a esta señora se le ocurre llevar a sus educandos
al cine, a ver una película muda, una de esas películas que eran un
melodrama espantoso donde todos lloraban. Empieza a observar esta señora
con gran sorpresa, que en las escenas mas dramáticas los chicos irrumpen en
incontenibles carcajadas. La explicación era que en el cine mudo los
actores -como el texto se puntuaba y anclaba a través de íntertítulos que
indicaban el sentido de la acción- hacían una mímica puramente exterior y
entre ellos se hacían chistes, se cargaban. Y estos niños que estaban
entrenados para leer los labios podían “leer” lo que realmente decían
estos actores, las bromas que se gastaban, las incoherencias, haciendo que
en este caso los discapacitados, inhabilitados, fuéramos nosotros, por no
tener la capacidad para distinguir este conflicto, esta disociación entre
la palabra y la imagen, que creo que es un tema, si quieren decirlo así
–entre lo imaginario y lo simbólico-, de mucha importancia para el
psicoanálisis.
Y la
otra es una famosa anécdota de Picasso, personaje mas conocido que mi
abuela, que parece ser que durante mucho tiempo vivió gratis, porque todo
lo que compraba, lo compraba con cheques, y aquel que recibía el cheque no
se animaba a cambiarlo porque era posible que la firma del autor valiera
mucho mas que la mercancía adquirida –bueno, esto tiene que ver con el
fetichismo del nombre, que parece ser un tema bastante central para el
psicoanálisis-. Con esto quiero decir que uno podría pensar bajo estos términos
sobre el famoso problema –es decir “des-pensar”, que creo que es lo
que habría que hacer- de si el psicoanálisis es o no una “ciencia”
como se lo ha cuestionado tantas veces. Recuerdo
la afirmación que citó Juan, decía que no habría que preguntarse
tanto si el psicoanálisis es una ciencia, sino que habría que preguntarse
qué es una ciencia después del psicoanálisis. Quiero decir, qué es una
ciencia después de aparecer este discurso, que supone una “subversión
del sujeto”, pero al mismo tiempo (creo que lo dice el mismo psicoanalista),
ese sujeto es el mismo sujeto de la ciencia. Quiere decir que estamos aquí
en una tensión que por supuesto estaba ya muy presente aunque condicionada
por otro contexto histórico, en el propio Freud, que todo el tiempo
oscilaba entre estas defensas del carácter científico y el psicoanálisis,
y el recurso a cosas como Edipo, Hamlet, el humor, el arte, y esos objetos
no eran precisamente los mas habituales de la ciencia de su época, y
tampoco creo, de la nuestra.
¿Por
qué digo que habría que des-pensar este problema? Si todo esto fuera
cierto, ¿por qué el carácter científico o no del psicoanálisis tendría
que ser alguna clase de problema para los psicoanalistas? Esto es algo que
yo no termino de entender. En ese sentido me parece que la mejor definición
del psicoanálisis, la dio Borges cuando dijo que era una ciencia ficción.
Es en todo caso bajo este régimen que uno podría pensar un discurso que
subvierte a aquel sujeto, del cual de ninguna manera podría prescindir
–porque entonces como haría para subvertirlo- , es decir que se coloca en
este borde siempre vacilante, siempre borroso, siempre corriéndose, entre
la ciencia y la no ciencia. Estamos hablando de la racionalidad
instrumental, el terrorismo de la técnica, me parece que justamente el
psicoanálisis es uno de los pocos discursos que puede darse el lujo de
discutir e interrogar muy seriamente estos límites.
El
peligro, en todo caso para el psicoanálisis, no creo que venga de ninguna
manera de estos cuestionamientos exteriores a su propio campo de practica
sobre si es o no un ciencia, quizás el peligro venga mas –discúlpenme
Uds. por decir esto- de dentro del propio psicoanálisis, y quiero decir en
que sentido, de esa especie de voluntad de vulgarización, lo voy a decir así,
de publicidad (que es algo muy distinto del discurso publico, es decir político).
El
hecho de que pueda discutirse si el psicoanálisis es o no una ciencia, en
la revista Noticias o en Clarín, me parece que habla del feroz peligro que
acecha al psicoanálisis, y es el de la pérdida, en esa publicidad, de su
carácter esotérico en el mejor sentido del término. Quiero decir, de ese
carácter que le permitió en ese momento este gesto de fundación y al
mismo tiempo de subversión del sujeto.
Bueno,
la verdad es que las intervenciones que me precedieron dispararon varias
cosas, que voy a ver si puedo intercalar en lo que tenia pensado plantear
hoy. El titulo de las Jornadas me hizo preguntarme como y cual es la
responsabilidad que los psicoanalistas tenemos hoy, frente a las
controversias, las objeciones y los embates que recibimos desde distintos
lugares –tanto desde dentro como desde fuera del psicoanálisis– y
pienso que algo de lo que plantearon mis colegas tiene que ver con una
responsabilidad, que implica una posición del psicoanálisis y del
psicoanalista frente a su propio saber y a los de otras disciplinas, (creo
que varias de las intervenciones acentuaron esta cuestión).
Yo
había traído una cita de Freud, que me interesa por la actualidad que
tiene respecto de la posición que él sostuvo frente al saber. Y frente a
la ciencia de la época. Es decir, si hay algo que Freud nos ha enseñado es
a no banalizar, a intentar no banalizar, a intentar no convertir el psicoanálisis
en un dogma cerrado o una religión, de los que ya se sabe lo que hay que
decir. Y justamente él lo planteó como una posición de investigador
–dejo para más adelante si es ciencia o no–, posición que me interesa
ahora en relación al saber. Y el decía: “Solo puede pretender
convencimiento quien, como yo lo hice, ha trabajado muchos años con el
mismo material y ha vivido él mismo estas experiencias nuevas y
sorprendentes. Ni por un instante se trata de un sistema especulativo, es
mas bien experiencia, expresión directa de la observación o resultado de
su procesamiento”. Freud rechaza las objeciones a la doctrina,
atestiguando que estas son inaccesibles, tercas, dice: “me gustaría
responderles, que si a costa de tantos trabajos, ustedes adquiriesen una
convicción, les cabria el derecho de sostenerla con tenacidad, además
puedo invocar en mi favor que en el curso de mi trabajo he modificado mis
opiniones sobre puntos de vista importantes, sustituyéndolas por otras
nuevas”.
Me
parece que acá hay algo de la posición de Freud que sostenía que su saber
era incompleto, que no podía convertirse en una cosmovisión, que partía
de la experiencia y de una elaboración sobre la experiencia, que no tenia
nada que ver con un ideal que había que transmitir ni sostener ni
convencer, porque esta era su opinión. Freud primero, y creo que Lacan
también, mantiene esa posición de estar muy cerca de la elaboración de un
saber de la experiencia, que está en las antípodas, creo yo, de convertir
al psicoanálisis en una religión, en
una creencia o en un dogma a sostener. Y también muy lejos, y en ese punto
coincido con lo que planteaba Ritvo en relación al arte, muy lejos de
plantearse como quien tiene respuesta para todo. Me parece que si hay algo
que se puede plantear para el psicoanálisis y para la responsabilidad de
los analistas, es la posibilidad de situar los límites de su saber.
Entender en que campo el saber psicoanalítico opera, donde tiene sus límites,
en que punto puede entrar o no en una interlocución con otros saberes, que
puede aportar y que puede aprender.
Y me
parece que eso marca una posición, que creo que es la que habría que
intentar frente a las controversias, y es la de un psicoanálisis y
psicoanalistas, no infatuados ni creídos de que “se las saben todas”.
Me parece que parto de acentuar la posición, por que lo otro es el riesgo
de convertir el psicoanálisis en un prejuicio más. Ahora, el problema es
que esto suena bien, pero hay una exigencia, que es la exigencia de poner a
prueba los saberes. Es decir que hay algo que la sociedad actual nos pide.
Yo
me preguntaba al pensar en el titulo, ¿cuales son las certezas y cuales las
controversias mas actuales? ¿Tenemos algunas certezas? Y cuales son las
controversias que en este momento se abren y exigen que nosotros podamos
hacer un trabajo de dar cuenta de que es lo que hacemos y de los alcances
del psicoanálisis.
Hay
varias y voy a empezar por una que me parece que es bien actual, y son las
objeciones que se le hacen al psicoanálisis. Hay una pregunta por la
eficacia, y hay una pregunta por la eficacia en el tiempo, es decir, algo
que implica un punto de controversia importante y bien actual. Se dice:
“ustedes pueden prometer tratamientos largos y eso no va para esta época”,
me parece que ahí hay un punto de controversia y debate importante, que
pasa por situar como pregunta, como eje de la cuestión, por donde pasa la
divisoria de aguas entre lo que se sostiene en el psicoanálisis como
posibilidad de eficacia, y donde las exigencias actuales que se le hacen al
psicoanálisis respecto de la eficacia corren el riesgo de pensar un psicoanálisis
mas medicalizado, es decir, pensado con una lógica diferente de la que el
psicoanálisis sostiene para dar prueba de sus resultados. Me parece que ahí
hay debates y controversias internas al psicoanálisis, así como hay
intentos y necesidad de responder a las objeciones de la sociedad. Dentro
del psicoanálisis hay algunas posiciones que me parecen riesgosas, las que
intentan responder a estas controversias desde los argumentos de la ciencia
positiva, que plantean que para adaptarse a los tiempos actuales los
psicoanalistas tendrían que recurrir a la investigación científica en los
mismos términos en los que se plantean como ciencias experimentales; y que
para poder dar cuenta de la eficacia, habría que primero preguntarse cuales
son los objetivos que se busca producir, y medir si estos se han logrado o
no.
Ahí
me parece que estamos en un punto de controversia álgido y crucial, porque
me parece que por ahí pasa la subversión del psicoanálisis, el punto de
ruptura, tanto con la ciencia entendida como ciencia positiva, como con la
reducción del psicoanálisis a ser una curación más. Me parece que si hay
algo que yo planteaba como una certeza, una certeza siempre en cuestión en
todo caso, hace a un punto duro del psicoanálisis, de las hipótesis
psicoanalíticas, y me parece que justamente lo que el psicoanálisis
descubre, es que allí donde el síntoma quiere ser eliminado porque
molesta, para el sujeto es una solución. Y que hay un punto, yo diría
fuerte de la producción del psicoanálisis, a verificar, a demostrar, que
implica pensar la lógica de la producción del sujeto. La condición del
hablante, de los seres parlantes afectados por el lenguaje confrontan a cada
uno de esos sujetos que somos, con el encuentro, con situaciones traumáticas,
donde el punto traumático crucial es lo que no tiene respuesta, el punto de
incertidumbre, lo que no hay. Me parece que frente a esa perspectiva, frente
a lo insoportable de eso, cada sujeto a lo largo de su vida ha encontrado
soluciones diversas, y justamente si hay algo que creo que el psicoanálisis
tiene que preservar es que no se trata de darle la buena solución, sino de
acompañarlo en la revisión de las soluciones por las que padece –porque
cada uno se ha inventado alguna solución frente al encuentro con lo traumático-
y encontrar los caminos posibles que cada uno encuentre para soportar lo
traumático. Este es un punto crucial porque marca una diferencia con lo que
aparece mas claro del lado de los intentos de medicalización, “le doy la
pastillita y ya está. Si se angustia desangustiemoslo. Si tiene un síntoma
saquémosle rápidamente el síntoma.”
Porque
hay una cuestión ética que implica repensar cuales son los fines que se
propone el psicoanálisis. Me parece que dar cuenta de eso se puede lograr a
través de, como decía Freud: “el trabajo que podemos hacer en nuestra
propia practica”.
Yo
decía que las controversias pueden tener una función de despertar, a veces
cuando uno habla el mismo lenguaje que el otro creo que está todo sabido y
uno se aburre, se duerme, no se plantea problemas. Y de algún modo, cuando
se nos plantean objeciones, eso puede despertar. Puede despertar si no
dejamos que la controversia se plantee en un punto de esterilización.
Porque cuando empiezan a aparecer como “saberes” que enfrentan
fracciones o grupos, y se hacen, más que saberes a producir y a cuestionar
e interrogar, banderas en nombre de si lo mío es mejor que lo tuyo. Ahí no
hay saber que se pueda producir con rigor y con seriedad. Me parece que en
ese punto Freud se negaba a las polémicas, el decía, “nosotros lo que
hemos hecho es desarrollar nuestro trabajo, formar nuestra gente, investigar
en nuestro propio camino, y no andar todo el tiempo queriendo convencer (la
convicción en todo caso viene del propio trabajo)”.
Me
parece que hay condiciones nuevas, que vivimos en ese punto un momento muy
interesante para el psicoanálisis, y los psicoanalistas somos capaces de no
cerrarnos sobre nosotros mismos y de poner a prueba, de poder interrogar
nuestros propios conceptos, en condiciones distintas, en dispositivos
diferentes, a la luz de los cambios que ha producido la cultura en la
subjetividad de la época pero manteniendo algunos principios. Me parece que
el riesgo sería concederle a la ciencia una respuesta en términos que
pierdan la especificidad del psicoanálisis.
Quiero
decir una cosita más respecto del tiempo. Decía que una de las
controversias fuertes era sobre el tiempo. Hay que retomar esa cuestión,
porque Freud (y Lacan también) decía: no se puede anticipar el tiempo.
Pero no poder anticipar el tiempo no quiere decir que los efectos necesiten
de un tiempo interminable. Me parece que ahí tenemos que pensar nosotros
mismos en que punto una intervención puede ser analítica, aunque sea en un
encuentro. Freud ha dado cuenta de encuentros con determinadas personas y
donde había hecho una intervención que había producido un efecto, no será
todo el recorrido, pero quien puede asegurar la finalización de un
recorrido. Y creo que hay efectos que se sitúan en esta divisoria de aguas
en donde uno puede recibir a alguien que le quiere enseñar a vivir mejor, o
puede encontrarse con alguien que puede escuchar la lógica de la solución
de cada uno, en poco tiempo.
Lo último, una experiencia que a mi me interesó particularmente, compartir hace un tiempo una mesa con una controversia, de la objeción que hizo el ministro Ginés a si el psicoanálisis servía para los problemas sociales. Una de las cosas que Ginés planteaba era que el psicoanálisis se ha ocupado de lo individual y no de lo social. Me parece que ahí hay todo un tema a desarrollar y a sostener en las controversias, que es recuperar esa dimensión que está en Freud, en Lacan, y que implica que no se puede pensar al individuo fuera del lazo social ni tampoco por fuera de los efectos que en la constitución de cada sujeto tiene la cultura y la relación con el otro. Que no se puede decir, “ocúpense ustedes del individuo y déjennos a nosotros ocuparnos de los vínculos”. Porque no hay posibilidad de pensar el psicoanálisis si no es en la inserción que ese sujeto tiene en la cultura y los efectos que recibe de la cultura.
Lo
que voy a decir me parece que va a presentar algunas disonancias con cosas
que se han dicho aquí, y quizás también algunos puntos de convergencia.
Voy
a presentar algunas cosas en las que vengo trabajando hace un tiempo, así
que lo mío va a ser todavía un poco más acotado y limitado. Y lo que si,
como soy alguien que proviene de otro país[1],
les pido cierta tolerancia, cierta indulgencia.
En
principio el titulo de este panel parece evocar un tema bastante conocido en
relación con las discusiones en torno al estatuto del psicoanálisis, en su
mayoría provenientes, como ya se ha dicho, desde fuera del mismo: ¿en que
medida el psicoanálisis constituye o no una forma de conocimiento valido?
También el panel atañe a cómo el psicoanálisis enfrenta estos
cuestionamientos, participando en debates públicos e, igualmente, cómo
podría interrogarse sobre su propia teoría y practica. Una de las críticas
externas más antigua es aquella que tipifica al psicoanálisis como
creencia y religión, esto también ya se ha dicho. En particular, apoyada
en la premisa de que el psicoanálisis es refractario a las críticas, las
cuales son invariablemente leídas como resistencias, en la medida en que
toda refutación seria interpretada desde la teoría psicoanalítica, y esta
se independizaría de las exigencias empíricas, volviéndose un asunto de
creencia antes que de ciencia. Por este camino o similares, autores como
Borch-Jacobsen -que tuvo bastante presencia mediática el año pasado por un
articulo publicado en La Nación-, Jacques Bouveresse, Catherine Meyer,
Popper, Jacques Van Rillaer y Wittgenstein procuraron y procuran denunciarlo
como no científico, o simplemente sin auténticos créditos cognoscitivos,
postura basada en la oposición entre ciencia y religión, o
mito/creencia/ideología, ya que lo que pretenden es establecer un limite
entre formas de conocimiento validas y no validas. Sin embargo, esta
perspectiva es difícil de aceptar para un antropólogo, que es lo que soy
yo. La distinción entre ciencia y creencia puede ser útil, creo yo, en
ciertos análisis, pero inservible cuando necesitamos comprender cómo
cualquier sistema de ideas es aceptado y practicado por la gente. Así, como
sucede con la física, la medicina, o la antropología, el psicoanálisis,
como ellos, es un producto histórico y socialmente situado, y no tiene ningún
estatuto privilegiado, es imaginado producido y actualizado en condiciones
históricas y sociales específicas. Si yo no partiera de esta premisa, no
podría hacer investigación social sobre el psicoanálisis. Ustedes saben
que los antropólogos nos convertimos en expertos estudiando grupos o
poblaciones especificas. A mi me ha tocado en suerte, hacerlo con parte de
los grupos y poblaciones que se definen como psicoanalíticas en la
Argentina, así como otros colegas míos han trabajado con matacos, tobas,
etc. He llegado a conocer algunas de sus formas de organización social, sus
modos de supervivencia, sus maneras de legitimación, su socialización,
creencias, tradiciones, mitos, rituales. Una vez que se ha decidido estudiar
estas poblaciones psicoanalíticas desde un punto de vista antropológico,
difícilmente podamos hablar del psicoanálisis, como una entidad homogénea,
universal e inmutable. Ciertamente, todos aquellos que llevan a cabo una práctica
que denominan psicoanalítica, parten de la certeza de estar practicando un
psicoanálisis autentico, en contra de sus formas espurias. Del mismo modo,
todos deben sentirse de alguna forma legítimos descendientes de Sigmund
Freud, en una genealogía que une Viena con Buenos Aires. Los antropólogos
tendemos a ver estas afirmaciones de autenticidad y pureza como
construcciones sociales, como recursos que establecen limites, formulan
selectivamente relatos sobre el pasado desde el presente, definen
identidades y confieren legitimidad a las practicas. Por ende procuramos más
bien hablar de las múltiples formas que adopta el psicoanálisis en tanto
practica social, las cuales no sólo
inciden en el contexto particular en que se difunden, sino que, al mismo
tiempo, son moldeadas por las peculiaridades sociales y culturales de dichos
contextos.
Por
esta razón, yo tengo una perspectiva particularista de la práctica
psicoanalítica, aun cuando hay aspectos comunes universales a su práctica,
que pueden ser fácilmente detectados, y de seguro tienen sus efectos. Y yo
voy a insistir bastante en que poco podemos entender de las prácticas
psicoanalíticas en la Argentina sino las pensamos cómo productos
singulares pero inteligibles contextualmente. También los antropólogos
tratamos de abordar las poblaciones que estudiamos a partir de una
problematización de nuestro grado de familiaridad o lejanía respecto a las
mismas. En tal caso, yo no puedo dejar de estar aquí hablándoles a ustedes
sino como alguien que practica el psicoanálisis, y lo practico en tanto
paciente; condicionado por el hecho que espontáneamente le doy sentido a
varios de mis malestares y sufrimientos cotidianos en términos de males
psicológicos, apelando a un vocabulario que identifico –como no podría
ser de otro modo- como psicoanalítico. Y suelo hacer lo mismo en relación
con los demás, en las charlas de amigos, e incluso en las relaciones
profesionales y laborales. Esto tiene unas consecuencias terribles. A veces
me veo en estas situaciones pacientemente, profiriendo cada tanto un “ajá”,
y tratando de detectar relaciones insospechadas por mis interlocutores. Como
para gran parte de los argentinos autodefinidos como clases medias, el
psicoanálisis es uno de los lentes culturales a través de los cuales
enfoco la vida. ¿Que quiero decir con esto? En primer lugar, que el psicoanálisis
tiene un lugar en varias partes de nuestro país que no posee en otras
latitudes –he aquí un rasgo de su singularidad–, por lo tanto, que en
otros lados las cosas son distintas. Segundo, que este lugar es fruto de
procesos históricos específicos que es necesario entender: las cosas en
nuestro país bien pudieron ser diferentes. Y tercero, que ha pasado a
integrar para muchos de nosotros el conjunto de las convicciones colectivas
profundas que dan sentido a aquello que entendemos como “personas”, o
que lisa y llanamente construyen nuestra idea de lo que es una persona.
Uno
de los efectos que posee la instalación de este lente es que si bien es un
producto de la difusión y afianzamiento del psicoanálisis en tanto
practica profesional, esta a su vez termina siendo afectada por su
transformación en una red interpretativa cotidiana. Siempre recuerdo
(mentira, más bien olvido siempre), una temprana investigación que hice
hacia 1985, donde trataba de entender el boom del ingreso a la carrera de
psicología en la UBA, y me sorprendía por cómo la mayor parte de los
ingresantes tenia una nítida imagen de su futuro profesional, centrada en
un cierto estereotipo de la práctica psicoanalítica. Aclaro que este
funcionamiento del psicoanálisis como lente cultural no puede ser visto
como un efecto no deseado de la difusión, o una molestia a extirpar.
En lugar de someternos al imperio de las normativas sagradas, lo que
debemos hacer es estudiar estos aspectos en tanto uno de los modos reales de
existencia del psicoanálisis. Es esta objetividad cultural en tanto trama
cognitiva y simbólica la que nos va a informar respecto a nuestras
certidumbres, en la que va a descansar, por ejemplo, la opción de qué se
discute y qué no, quién puede ser un interlocutor aceptable y quién no.
En el curso de mis investigaciones siempre me han interesado las
controversias, los debates, las polémicas producidas dentro del mismo campo
psicoanalítico (además es mucho mas interesante cuando hay lío, ¿no?).
Precisamente es a través de ellas que podemos ver los alineamientos, la
lealtad, las invocaciones a la autoridad, lo tolerable y lo inadmisible. ¿Qué
debates, polémicas, controversias, debe ser consideradas como tales? Para
mi, todas. Aquellas que leemos en las revistas psicoanalíticas. Aquellas
que pueden darse en ateneos, jornadas y congresos. Pero también las que se
dan en un café, las que se le confiesan a un antropólogo, confidente (como
yo), o las que directamente se evitan. Todas, para mi enfoque, son
significativas y relevantes, no hay mejores ni peores, ni auténticas ni
falsas. Para el antropólogo, todas expresan genuinamente el campo. Por esta
razón, y desde este enfoque, quiero referirme aquí a un episodio que
registré entre fines de los años ochenta y comienzo de los noventa.
Hacia
1988, yo visitaba un servicio de salud mental hospitalario, del que
participaban semanalmente casi 200 profesionales, la gran mayoría psicólogos.
Al poco tiempo, entendí que esa cantidad de psicólogos no respondía
solamente a atender la altísima demanda de pacientes. El servicio se había
constituido en un lugar de formación y trabajo anhelado, merced a un
prestigio basado en la abundante oferta de educación psicoanalítica, según
me decían, lacaniana. Y esta misma perspectiva es la que campeaba en la
atención clínica. Por esta razón es que vivían interrogándose por el
sentido de su práctica: ¿Es posible hacer psicoanálisis en el hospital?
¿Qué ocurre con los tratamientos cuando no hay circulación de dinero? ¿Puede
la formación recibida ser una forma de pago a los psicoanalistas? ¿Cómo
afrontar las deserciones imprevistas de los pacientes? ¿Puede desenvolverse
un tratamiento cuando existe una transferencia con la institución y no con
los profesionales? Estos interrogantes se planteaban en cuanta oportunidad
existiese, desde reuniones informales hasta eventos académicos. Mientras
tanto, cada vez que tenía ocasión de conversar con los psicoanalistas,
recibía concluyentes declaraciones tales como: el psicoanálisis nada tiene
que ver con al salud publica, pues esta supone que alguien, el Estado, sabe
qué es lo bueno para la población, y el psicoanálisis prescinde de saber
que es lo bueno para otro. O: es imposible prevenir la enfermedad psíquica,
pues por definición el inconsciente es imprevisible, y cada situación es
singular. O: la situación económica de nuestros pacientes no es de nuestra
competencia, porque nosotros nos interesamos por su situación subjetiva. O:
finalmente, nada podemos hacer frente a la disercion de los pacientes,
quedarse o irse es su decisión, deben entender que esto es un tratamiento
psicoanalítico.
En
ese contexto, un grupo de atención se había transformado en el más
notorio, el más buscado, numeroso, el que trabajaba en el sector de los
consultorios externos, atendiendo de forma ambulatoria la demanda de los
pacientes considerados adultos. Si alguien hubiese dejado de visitar el
servicio entonces y hubiese retornado tres años después, se hubiese
encontrado con cambios rotundos e inesperados. El grupo de atención
mencionado, había atravesado una profunda crisis, debido al enfrentamiento
de su sector mayoritario (de orientación lacaniana) con otro mas reducido y
ecléctico. La razón del
conflicto residió en inconciliables posturas ante la altísima demanda
cotidiana de pacientes. Esto no era un problema nuevo, y ya en las décadas
pasadas había exigido replantear posiciones consideradas más apropiadas
para el trabajo en el ámbito del consultorio privado que en el público. Así,
la reducción de la frecuencia semanal de sesiones, o de la duración de
cada una de ellas, o del tiempo total dedicado a un tratamiento, así como
la aplicación de psicoterapias de grupo, fueron algunas de las soluciones
desarrolladas en los años 1960. Ahora, en los albores de los 1990, la
salida ideada consistió en diferir los turnos antes que modificar las
normas de atención y admisión. No conforme, la dirección del hospital
exigió medidas más drásticas. La fracción minoritaria acordaba con las
peticiones de la dirección, sosteniendo que si bien el alto número de
pacientes constituía un serio inconveniente, las posturas de la mayoría,
que consideraban intransigente, impedían adoptar respuestas más eficaces.
A su vez, esa fracción mayoritaria rechazaba las acusaciones, prefiriendo
presentarse como defensores de una posición psicoanalítica a la que no debía
renunciarse bajo ningún punto de vista. Para ellos, eran las condiciones de
trabajo las que no posmilitaban el ejercicio del psicoanálisis para la gran
mayoría de los pacientes. Aunque esta fracción realizó algunas
concesiones para agilizar la tensión y así aliviar las tensiones
existentes, luego de muchas discusiones peleas e intrigas, el conflicto
culminó con sus renuncias masivas, en partes voluntarias, en parte
consecuencia de la presión de jefaturas hospitalarias.
Posterguemos
por un momento preguntarnos quien tenía la razón, y veamos si mas allá de
la pregunta (necesaria cuando uno es miembro del campo) podemos aprender
algo de todo esto. A la fracción tildada de lacaniana, le endilgaban
dogmatismo, aunque al final esta fracción pudo realizar concesiones para
subsistir en ese espacio. Durante el tiempo en que esta fracción ejerció
el control, sus miembros se encargaron efectivamente de reproducir en el
contexto hospitalario algunos principios clínicos, formativos y
organizativos aprendidos en su institución psicoanalítica. Por su parte,
la fracción triunfante, ya sin oposición, redujo drásticamente el número
de sus integrantes a solo 4 profesionales rentados, y cerraron el ingreso de
los visitantes durante un tiempo, y cuando decidieron reabrirlo incorporaron
a 12 profesionales nuevos, los cuales debieron sortear exigentes entrevistas
para constatar su afinidad con las perspectivas de la nueva conducción.
La
controversia inmanente al conflicto podría ser vista como un par de
imputaciones opuestas: “Ustedes no entienden el psicoanálisis” vs.
“Ustedes no entienden el trabajo hospitalario”. Pero ambas fracciones se
definían como psicoanalíticas, y ambas defendían el trabajo hospitalario,
pero evidentemente tenían modos diferentes de definir la relación del
psicoanálisis con el hospital, o en otros términos, de hacer
“psicoanaliticamente aceptable” el espacio hospitalario. Desde mi punto
de vista, esta tarea de conversión del espacio hospitalario en
psicoanaliticamente aceptable, sólo podía realizarse sobre la base de
satisfacer reglas de pureza.
De
acuerdo a la antropóloga británica Mary Douglas, las atribuciones de
pureza y contaminación constituyen un recurso que le permite a un grupo
social diferenciarse, estableciendo limites con otros grupos que, así, se
transforman en antagónicos. Estos grupos, sus territorios y las fronteras
que los separan se tornan peligrosos, por lo que el medio idóneo para la
conservación de la pureza radica en reforzar y vigilar los limites. Y
cuando las fronteras son rebasadas, y los antagonistas (la contaminación)
han penetrado el cuerpo social, se imponen procedimientos de purificación
del mismo, y para ello de llevan a cabo desde rituales específicos
hasta castigos ejemplares, que concluyen con la redefinición de los limites
anteriormente franqueados y la reafirmación del mundo amenazado.
Si
analizamos desde este enfoque la crisis institucional en cuestión, la
salida del servicio de la fracción imputada como lacaniana, constituía la
precondición de la purificación del espacio hospitalario para la fracción
triunfante, mientras que los que lo abandonaban con sus renuncias podían
suponer que el servicio ya se encontraba corrompido y cada vez más lejano a
su ideal psicoanalítico. A su vez, la fracción triunfante estaba
defendiendo la pureza psicoanalítica, fortaleciendo el límite entre
hospital público y psicoanálisis, mientras que la fracción saliente
sostenía que la pureza psicoanalítica se afirmaba redefiniendo la práctica
hospitalaria en términos psicoanalíticos. Ciertamente estas exigencias de
pureza pueden rastrearse hasta los origines mismos del psicoanálisis,
plagados de episodios cismáticos que cristalizaron la conformación de un
campo internacional con una constante tendencia a la fisión. También, las
relaciones del psicoanálisis con las instituciones asistenciales, médicas
y de enseñanza, así como con el estado, podrían indagarse en los inicios
de su emergencia, difusión y afianzamiento en Europa. Pero el modo, el
contenido que adquirió el conflicto señalado, y desde ya sus condiciones
de producción, han sido específicamente locales, y para ello me remito a
algunas expresiones públicas de quienes participaron del mismo, vertidas en
unas jornadas llevadas a cabo, tan solo un año después. Allí, el grupo
triunfante no sólo mantenía los términos de su acusación contra el
sector perdedor –dogmáticos–, sino que le agregaban un juicio nuevo,
que quizás había permanecido latente hasta allí. Lo que había ocurrido
en el servicio, decían, era la expresión de un pasado enquistado, que había
que exorcizar, el del lacanismo como producto de la última dictadura
militar. En lugar de ello, aseguraban que con su victoria y el
desplazamiento de los lacanianos habían invertido el dominio de un tiempo
fatídico, para restablecer un tiempo violenta e injustamente desplazado de
dicho espacio, precisamente por la última dictadura de 1976, aquel
caracterizado por el compromiso con los pacientes y con la salud pública.
Con su acción, ellos habían puesto las cosas en su lugar, limpiando el
espacio contaminado. Por su parte, los pocos representantes de la fracción
saliente, sentados en el público, pidieron la palabra para defenderse.
Ellos, decían, con su presencia le habían devuelto la voz a los pacientes,
negada por la opresión de la dictadura. En concordancia con el mandato que
venia desde los años 1960, ellos habían escuchado las voces de
sufrimiento, cuando todas las otras formas psicoterapéuticas implantadas,
precisamente en aquella década, habían sido arrasadas. Ellos, proseguían,
habían sostenido esa década, y en el sentido original del espacio, como no
lo habían hecho otros que habían sucumbido al discurso medico, el cual
justamente había sido impuesto con al dictadura a través de un retorno a
la psiquiatría asilar y las terapias biológicas mas groseras. Los dos
sectores. en fin, apelaban al pasado para dar sentido a sus acciones
presenten, pero lo hacían tratando de demostrar la no contaminación con el
mal (la ultima dictadura militar) sino la pureza, léase una continuidad en
relación con un programa humanista y políticamente comprometido y
admisible desde 1983.
A través de la presentación de este caso, lo que quise llamar la atención, es cómo los contextos específicos configuran expresiones particulares del psicoanálisis. Y de tal modo, muchas de sus certezas y polémicas podrían ser mejor entendidas prestando atención a dicho vínculo, que no digo que sea el único. Antes que remitirme al sagrado tribunal de la historia psicoanalítica europea y norteamericana, las disputas psicoanalíticas (sobre qué es psicoanálisis verdadero) y las críticas externas (sobre el psicoanálisis como “falsa ciencia” o “simple religión”) fracasan al no poder verlo como una práctica social. Esto implica tomarlo tal como se presenta en cada contexto específico, e interrogarse respecto a cómo dicho contexto lo constituye, lo redefine o actualiza. Esto significa que necesitamos entender por qué una particular versión es aceptada por expertos, pero también por legos. Como lo sostienen la sociología y la etnográfica de la ciencia, las ideas psicoanalíticas llegan a ser categorías culturales que ejercen su influencia en la vida cotidiana. Un paso más seria, quizás, considerar cómo particulares ideas acerca de la moralidad, el sexo, el genero, el parentesco y el poder, generan y dan sentido a las más variadas formas psicoanalíticas.
[1] El ponente alude aquí a su carácter de “no psicoanalista”.
Mis
comentarios van a tener un límite que es también la oportunidad que se
presenta aquí de desarrollar y confrontar
las diferentes cuestiones que se han planteado.
Mi
posición es la de un comentarista, en el sentido de alguien que se coloca
como si estuviera haciendo anotaciones en el margen de las páginas de un
libro.
Pero
cuando sucede esto en un panel como el de hoy, donde no hay lectura previa,
no hay libro donde anotar, lo que va a hacer falta es escuchar lo que se
plantea en el momento.
Nos
vamos a encontrar entonces con el dispositivo de la repentización, el
contrapunto, la payada –el Martín Fierro: “vengan santos milagrosos,
vengan todos en mi ayuda”-.
Por
esto mis comentarios van a partir de las dos vertientes, pero anticipo algo:
como psicoanalista, no me interesa la defensa de una corporación, sino en
todo caso respaldar la posición de Proyecto al Sur, la posición con la que
se ha convocado este panel, que implica dejar de lado cualquier oportunismo,
cualquier lectura cerrada que termine desaprovechando –y esto sería
deplorable- la oportunidad de establecer un debate.
Solo
poniendo a prueba ciertas cuestiones es que se podrán despejar imaginarios
y trivialidades, autocomplacencias y expectativas de mercado. Por todo esto
los he titulado (una trilogía) “Nada, lo que hubo, lo que hay”.
Estuve
a punto de utilizar otro titulo: “Caballos sueltos en la vía pública”
y les explico porqué: en el diario de mi ciudad natal, como en otros
diarios de ciudades del interior, sucedía algunas veces que no había
noticias ni avisos suficientes para llenar la página y quedaba un vacío.
Entonces se recurría a una fotografía que mostraba un caballo caminando
por una ruta. La imagen tenia diferentes tamaños según la medida del hueco
y se titulaba siempre “Caballos sueltos en la vía pública”.
De
acuerdo a esa nada tipográfica, como diría mi amigo Héctor Libertella, es
que me propongo relanzar mis comentarios.
Me
parece que la cantidad de noticias sobre la declinación del psicoanálisis
tiene alguna relación con la medida del vacío, pero en un doble sentido.
Por un lado el vacío temático, en donde empieza un encadenamiento. Aparece
un texto, por lo general en una revista o medio extranjero y luego se
reproduce en otros medios con opiniones locales, estadísticas globales,
etc.
Pero
tomar solamente este sentido sería convertir en banal lo que estamos
intentando que sea un parte de situación. También, el vacío aparece como
significado de exclusión, significado intensamente ligado a las condiciones
actuales del malestar en la cultura.
Y
las necesidades de un mercado, de una feria que se propone innumerables
ofertas, y en la que algunos puesteros antiguos (también psicoanalistas, ¿porque
no?) tratan de mantenerse firmes en su lugar confundiendo instrumentos con
conceptos.
Pero
también creo que pocas veces ha sido tan sustraído el debate conceptual
con una formula, que con la intención aparente de economizar energías (es
tan importante ahorrar, economizar, saltar adelante, etc.) descalifica toda
proposición de saber, colocándole el rótulo de anticuada o propia de otra
época.
Como
si Antígona en lugar de ser una poderosa argumentación sobre el poder y el
destino, fuese nada más que una obra en verso de acuerdo a las costumbres
griegas. Pero ya sabemos, y cito algo que Marita Manzotti dijo hoy, y es que
“el discurso de los hechos construye el significado de los mismos”.
Por
todo esto me pareció oportuno, ya que en un comienzo hablaba sobre los
medios y el decir de los medios (“caballos sueltos en la vía pública”),
que mis puntuaciones fueran brevísimas, para después comentar también
brevemente algunas cosas que se empezaron a plantear.
Decidí
que mis módicos comentarios fueran sobre algunos textos y artículos que
con mi nombre se publicaron en distintos momentos, pero no teman, que esto
va a ser muy corto.
El
primer fragmento es una curiosidad histórica. Este texto apareció en un
medio de los que se llaman de difusión masiva, hace más de quince años.
En ese momento decía: “Con mas frecuencia que buena voluntad, suele
decirse que el psicoanálisis atraviesa una seria crisis. Esta afirmación
parecería nutrirse de argumentaciones diversas, que oscilan desde algunas
pintorescas o silvestres hasta otras fuertemente impregnadas por conceptos
teóricos opuestos. En este ultimo caso la táctica consistirá en citar
estadísticas, practicas alternativas, adelantos tecnológicos, para
anticipar así, declamatoriamente, la declinación y caída del psicoanálisis”.
Pero
el psicoanálisis –y esto lo plantearon varios en el panel– no se
propone explicar todo, ni hace suya la aspiración de responder a todas las
cuestiones de la vida humana. En lugar de ello reclamará para sí (o debería
hacerlo, ya que no siempre lo ha hecho) un territorio donde ubicarse como
una practica, una clínica, una teoría del inconsciente, pero de ninguna
manera, un repertorio de posiciones que con maneras casi imperiales se
aplicaría en cualquier espacio ofertado.
Es
probable, decía hace quince años, “que cuando se hable de la crisis del
psicoanálisis, se hable desde este equívoco y que en realidad solo esté
en crisis la fantasía de considerarlo una panacea o una doctrina universal
capaz de pontificar, y a la que podrían solicitársele respuestas
establecidas. Si tal como suponemos solo se tratase de esta declinación,
seguramente algo saludable esta sucediendo, tanto para unos como para
otros”.
Si
esto fue hace años y habla de que la cuestión que planteamos hoy tiene su
antigüedad, quiero citar brevemente otro texto aparecido hace dos meses,
donde la única modificación que hicieron fue agregarme el titulo de
doctor, término que yo no escribí. “La anunciada muerte del psicoanálisis
ha construído un argumento que propone una versión del padre de esta teoría
como si fuese un prestidigitador de datos, ocultista de historias, actor de
dramas de celos profesionales. Cuando esto puede desembocar en un relato
demasiado sobrecargado se lo abisagra a razones clínicamente impropias:
“son necesarios tratamientos que vayan al centro de la cuestión”.
Ahora, después de esto sobrevienen las buenas maneras: “esto no quiere
decir que el psicoanálisis no haya sido un excelente método de investigación”.
Y concluyo: “Prefiero quedarme con una afirmación freudiana: “el
psicoanálisis fue descubierto en medio de los esfuerzos por socorrer a los
pacientes. Continuaremos entonces en la ciudad, entrometiéndonos donde los
motores de la realidad se recalientan y el padecimiento del sujeto se
escucha inevitablemente”.
He
hecho algunas anotaciones muy breves sobre lo que fueron comentando los
panelistas, tomando algunos puntos, algunas digresiones.
Me
parece que Catalina Winderbaum citó muy oportunamente lo que es el
acontecimiento, como diría Juan Ritvó, de encontrarnos aquí. Y mencionó
algo que me parece muy importante, que es la palabra en descrédito.
Recuerdo un texto de García Márquez, que he citado y vuelvo a citar que se
llama “Botella al mar para el dios de las palabras”.
Y
ahí García Márquez plantea que no es que nos falten palabras, estamos
sobrecargados de ellas, de una banalizacion de las palabras. Cuando Juan
Ritvó hablaba de psicoanálisis y arte, entró por diagonal en la cuestión
y desgarró lo que sería lo previsible. Recordaba que hay un procedimiento
del psicoanálisis aplicado, del malhadado psicoanálisis aplicado que es el
arte de la disección, o sea, La lección de anatomía de Rembrandt. Un
cuerpo extendido y un grupo de médicos que miran con curiosidad y con
ciencia. Miran que es lo que pasa en el interior de aquel cuerpo.
Por
otro lado esto de Hamlet, de porque una tragedia dura lo que dura, me
recuerda un comentario de Giancarlo Giannini a mi amigo Geno Díaz (con
quien hace unos cuantos años escribimos un libro): “Lo que pasa es lo
siguiente-decía Giannini- el teatro isabelino se hacía en lo que era un
circo, y la gente ahí negociaba, vendía cosas, mostraba caballos, y a
menos que hicieras una obra muy fuerte con mucha sangre, muchos gritos y
mucha pasión, nadie le daba bola, por eso estaban tan cargados esos
dramas”.
Pero
me parece que hay otra cosa que plantea Juan y retoma Eduardo, y es la
terrible impropiedad conceptual de cualquier lectura que solamente sea
literal. Y en ese sentido recuerdo no a un analista, sino a un escritor, que
hace unos cuantos años decía “que es esto
que el psicoanalista esté sentado y el paciente recostado; cambiemos
las cosas, que el analista este recostado y el paciente por encima”. Lo
mejor de esta persona son sus textos y narrativa, pero también había allí,
de otro lado, una literalidad.
Pensaba
en algunas cosas que había dicho Eduardo, y si, el único premio que recibió
Freud en vida fue el premio Goethe, este premio fue curiosamente a la
cualidad literaria de sus obras, no a su construcción científica, y Freud
decía: “mis historiales parecen carecer del severo sello científico que
se acostumbra, pero eso no depende de mi, sino del material en cuestión”.
El material en cuestión es algo que no depende de Freud ni de nadie, y es
el andar del inconsciente.
Me
emocionó esta cuestión de los sordomudos, porque habla de algo que es leer
inter dictum, esa lectura que va allí donde hay algo que está cancelado en
su decir. ¿El psicoanálisis es una ciencia? Me parece muy apropiada la
pregunta de Eduardo, porque yo diría que en todo caso habría que recuperar
algo de lo que tiene el termino “esotérico”, pensado desde mí, esto es
algo que yo planteo, no quiero
hacer participar a otros, y es que el psicoanálisis es el relato construido
con lo riguroso incierto. Lo riguroso incierto. Esto de la vinculación que
implícitamente plantea Eduardo entre Lacan y Descartes es inevitable. Todos
los intelectuales franceses, a favor o en contra, le hablan a Descartes y
Lacan también.
En
relación a lo que planteaba Sergio, quiero acotar que es uno de los que mas
ha aportado para definir el tema de esta mesa y que ni el ni Eduardo
pertenecen a la parroquia psicoanalítica, bienvenido eso porque parte de
una política textual de la Fundación.
Yo
diría que lo que Sergio plantea tiene un formato similar al de una serie
televisiva de hace muchos años, en su época de blanco y negro: Dimensión
Desconocida.
Esa
serie tenía un rasgo unitario, que se presentaba en todos los capítulos:
había un momento de extrañamiento. Había una situación, una
circunstancia, un conflicto, y de repente cámara, guión y personajes eran
tomados a distancia, y creo que en lo que Sergio ha planteado hay algo de
eso. Es cierto, el psicoanálisis tiene en nuestro país una dimensión que
no tiene en otros lugares. Para hablar mas sobre esto, los remito al Volumen
3 de MalEstar, donde en el editorial se plantea una cuestión de señas y
contraseñas, suceden aquí cosas que no suceden (dentro del margen de
referencia del psicoanálisis) ni en el Bronx ni en Versalles.
Pero
también pasa que el psicoanálisis no es una práctica para la clase media,
en ese sentido el psicoanálisis se practica en centros de salud en Ciudad
Oculta, en la atención a veteranos de guerra, en fin, no es una práctica
que en estos momentos pueda remitirse a un ejercicio complaciente de la
clase media.
Por
ultimo, tomando en cuenta lo que decía Adriana, me pareció impecable esto
de dar un paso en cuanto a la cuestión del saber. Si, creo que es
importante recuperar para el psicoanálisis el que es, ni más ni menos, que
una proposición de saber. En ese sentido, Freud es el que funda la
posibilidad de la controversia, él ficcionaliza, inventa un dispositivo
ficcional. En este caso se llamó el psicoanálisis profano, y él se
imagina a un opositor que lo contradice todo el tiempo (cosa que a uno lo
sacaría de las casillas, pero siendo Freud autor de uno y otro personaje,
no). Pero va tomando ahí cuestiones que van dando lugar a lo que serían
los efectos de la primera controversia en el psicoanálisis. Si el psicoanálisis
es una actividad demasiado extensa en el tiempo, recordemos que en épocas
fundacionales a contrapelo de lo que se supone, hubo una intervención, una
intromisión analítica de Freud que fue magistral, un día, solo unas horas
paseando con Mahler por un bosque y escuchando su padecimiento.
Y en
estos tiempos, tan actuales, tan freudianos, creo que lo fundamental es
-como lo estamos haciendo- avanzar en el debate y al mismo tiempo no dejar
de intervenir, de entrometernos allí en donde los asuntos de la polis hacen
oír su malestar.
Carlos Brück. Es psicoanalista, Presidente de la Fundación
Proyecto al Sur. Es autor de varios libros sobre temas del psicoanálisis, su clínica
y la cultura.
Eduardo Grüner.
Sociólogo y ensayista, profesor de Antropología del Arte y Filosofía Política
en la Universidad de Buenos Aires y autor de varios libros.
Juan Ritvo. Psicoanalista y ensayista, docente en las
facultades de Humanidades y Artes y de Psicología de Rosario y en la maestría
en Filosofía de la Universidad Pontificia de Curitiba, Brasil.Autor de artículos
y libros sobre psicoanálisis, literatura y filosofía, están a punto de
aparecer dos libros de su autoría: Decadentismo, melancolía y Figuras del prójimo.
Es miembro de la redacción de Conjetural y de Redes de la Letra, y miembro
fundador de la institución Ensayo y Crítica del Psicoanálisis.
Adriana Rubistein. Licenciada en Psicología y Sociología. Es
profesora adjunta regular en la Facultad de Psicología de la UBA en Clínica de
Adultos y docente de posgrado en la misma universidad. Es profesora titular de
Psicoanálisis en la universidad de Belgrano y de Psicopatología en la UCES.
Directora de la Revista universitaria de psicoanálisis de la Facultad de
Psicología de la UBA, docente y supervisora de hospitales municipales y
analista miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana y de la Asociación
Mundial de Psicoanálisis.
Sergio E. Visacovsky Doctor en antropología por la
Universidad de Utrecht, Países Bajos, investigador del Conicet, Profesor del
Departamento de Antropología en la Universidad de Buenos Aires y en la Maestría
de Antropología Social del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) y
del Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES). Es autor del libro “El Lanús.
Memoria y política en la construcción de una tradición psiquiatrita y
psicoanalítica argentina”, editado por Alianza en el 2002.
Catalina Winderbaum.
Psicoanalista. Fue Codirectora de Asistempsia. Actualmente es miembro de
la Escuela Freudiana de Buenos Aires y de la Fundación Proyecto al Sur.