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PRESENTACIÓN Es un placer estar hoy aquí, convocado por la poesía de Julio Crivelli.
CRISTINA BULACIO He sido invitada por Julio Crivelli para hablar de poesía; todo un honor viniendo de un poeta. Me pregunto ¿se puede verdaderamente hablar de poesía? ¿No debe ser ésta sólo escuchada con el alma tensa, así, simplemente, sin explicaciones?. Acostumbrada en mi trato con la filosofía a sus estructuras conceptuales y argumentativas, siento –por momentos– la irreverencia de intentar dar explicaciones sobre la poesía.
Dice en Parménides: No es casual que fuese el decir poético-pensante de Parménides , poblado de metáforas, el primero en atreverse a nombrar la realidad. Separar filosofía y poesía, crear entre ellas un muro divisorio, es desconocer el origen común, el momento inicial de indeterminación entre Mythos y Logos, cuando la verdad es todavía plenitud de sentidos más que estructuras argumentativas. Se necesitaron esos sentidos donados por la poesía y el mito para establecer los primeros lazos armoniosos entre los hombres y los dioses. Mucho más tarde devino filosofía. Durante la vigilia indaga;/ Quiere encontrar las palabras/ que están detrás de las palabras,/ el significado, el fondo verdadero,/ el rostro del último límite./... Vana búsqueda en la vigilia soñada. Precisamente, hablamos del último límite, inalcanzable; de la vana búsqueda, siempre renovada. Un poeta es un pensador que no se atiene a una filosofía doctrinariamente fijada; por el contrario con gesto de alquimista convierte esa doctrina en una cuestión poéticamente inquisitiva y enigmática. Y al hacerla poesía, le da una nueva dimensión al pensamiento filosófico que esta enmascara. Un texto puede ser o la trama de un decir banal, acaso hasta científico, o –como lo sostiene Heidegger– “el ocultamiento de una meditación simple, singular, insólita”. Eso es un texto poético; en él se oculta una meditación profunda que opera como aquellos arroyos subterráneos que fertilizan la tierra y dan lugar a la belleza de los frutos. Escribir poesía mayor es un modo de pensar filosóficamente. Pensar y poetizar, insistimos, son vías de acercamiento a lo trascendente; al misterio de la vida y la muerte, del amor y de la soledad; de nosotros y del universo mismo. Con lucidez y ecos borgeanos Julio César Crivelli descubre tres Laberintos: El primer laberinto es el que precede al laberinto de los griegos: “Se trata de un laberinto vacío”, dice; y su sino es el misterio. Revela el gran engaño que son las apariencias. “La existencia es una trampa”, consigna. Pero entonces encuentra otro, en el que hay un minotauro: “El laberinto de Dios./...Es el que recorremos a lo largo de nuestra vida, penosamente..../ El sino de este laberinto es la razón”. Y finalmente nos habla de un tercer laberinto: El consuelo: “Es posible que Dios se haya apiadado del sufrimiento del hombre./Que haya inventado un centro para nuestro consuelo./...El hilo de Ariadne es el espejismo que nos mantiene vivos./...Creyendo como Teseo, que podemos escapar a la muerte”. Percibimos aquí la perplejidad como el sentimiento que inaugura el pensar meditativo. Perplejidad ante el misterio de la existencia, tal vez sólo un engaño de los dioses; ante lo incomprensible del sufrimiento, pero también ante el amor o la injustificada esperanza. Se sintetizan aquí los momentos en que se devela la ineficacia del puro razonar, la nimiedad de las propuestas de la ciencia ante nuestra pequeñez y, al mismo tiempo, la inmensidad del universo. Borges sabía de este juego de encuentros y desencuentros entre el pensamiento que busca argumentar y la creatividad que se cobija en la imaginación. Y, siendo él mismo poeta, reconoce la urgencia del hombre por comprender. Tzinacán, el sacerdote maya, cuando recibe la revelación del dios expresa: ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! . No está ausente de nuestro poeta esta misma inquietud: entender, finalmente, de qué se trata la existencia misma.
Ahora podemos creer que entendemos,/existe un bálsamo de causas y efectos,/una ilusión de lenguaje, un espejismo de ciencia./ Libre vuela el alma ahora que encontró la ley.../Insondable, azaroso, algo ha sucedido. Sí, ahora sabemos con certeza que develar el mundo y traerlo a nuestra comprensión es hacerlo palabra; palabra que se dice más allá de las urgencias de la vida cotidiana, la que no argumenta asuntos mundanos, pero dice todo o casi todo. Palabra inicial con la que el hombre abrió las sendas de su propia humanidad. Escuchemos a Julio en Desde el cielo: Necesidad de volver al manantial de las palabras. Pobres de nosotros si creemos que hay sólo una palabra para cada cosa, y profesamos la fe en el cálculo y en la exactitud del lenguaje. Pobres de nosotros si desconocemos ese extraño y excitante juego de ir en pos de la realidad para interpretarla, darle forma de palabra y así apresarla en un mundo de luz, convencidos del logro, sin saber que esa búsqueda será siempre fallida, siempre renovada, siempre imposible y aun así, maravillosa. Escribo desde la noche./Desde el silencio. En este tránsito poético junto a Julio he revivido algo de mi hacer filosófico que quiero compartir. ¿Ustedes saben que las palabras hacen cosas? lo dicen los filósofos (Wittgenstein), lo corroboran los poetas. La palabra, leve sonido, huella inasible hace cosas. Hace cosas como la guerra; díganme si no sentimos el fragor, escuchamos vívidamente la ansiedad del combatiente en la lograda poesía Lord Byron: Cruces oscuras, cruces como espadas,/ espadas como cruces,/ cruces con filo, rectas, permitidas, terminales, muertas.../ Cruces con filo de medialuna, /cruces curvas,/cruces moras, cimitarras,/cruces escondidas, prohibidas como tu cuerpo./cruces predestinadas en un esfera infinita. Pero también hace cosas como el amor y cobra consistencia de realidad cuando lo evoca: Imagen fija Apareciste fugaz, como un reflejo en la quietud del cielo, /las palabras todavía vacilaban en el aire..../Llegaste temprano, como las flechas de frío en marzo./Caminaste por todos mis instantes “mujer morena” hasta el amanecer./...Enceguecido te espero./ En silencio, inmóvil, al azar. En ocasiones la palabra se hace desesperanza: O este otro: Noche sin viento, sin lluvia./ Y finalmente, el último poema La huida –que da nombre al libro– se nos revela como el más contundente, severo, sin concesiones. No se detiene aquí como en la poesía histórica de Lord Byron, ni en reminiscencias literarias como en Beatrice, ni en la encantadora e inteligente aproximación a la pintura de Sakai.
La búsqueda de los poetas tiene algo de utopía, de impulso lúdico e irrefrenable, por eso es bella, insistente, misteriosa. La poesía juega con una inteligencia abarcadora y lúcida, que soporta la contradicción, se detiene ante la belleza que no quiere definir y nos abre al mundo tan profunda y certeramente como un pensamiento justo y verdadero. Para Borges una poesía es siempre verdadera Muchas gracias. La eternidad está enamorada de las obras del tiempo. (Willam Blake)
JAVIER ADURIZ Conocer un libro nuevo, un poeta nuevo, es conocer una cabeza distinta, un cierto funcionamiento espiritual objetivado en una forma literaria. Por eso, el contenido de mis palabras no será otro que el de aventurar una versión, una lectura de lo que el autor viene a decir en La huída, su primer libro de poemas y calibrar hasta donde pueda, el alcance de su representación. En este sentido, cualquiera de nosotros representa la silueta del lector neutral, un arquetipo de lector neutral, donde la literatura empieza o termina. Porque una cosa muy distinta es la perspectiva del escritor sobre su texto, cuya naturaleza relevante atiende a la demanda de su pulsión, a su propia necesidad de escritura; y muy otra, el otro lado de la página, los ojos deseados y temidos del lector, el que hace que esa libertad de composición alcance el rango de lo literario, de lo atendible. Estoy diciendo, en efecto, que la literatura empieza con nosotros -siempre empieza con nosotros- por el grado de nuestra adhesión y respeto por lo leído. Entonces, lo voy a declarar rápido y serenamente, como alguien que da testimonio de un hecho: a mi modo de ver, que es un modo de leer en este caso, La huída de Julio Crivelli participa con naturalidad de la literatura y su escritura, un conjunto consistente de poemas que emite señales de continua poesía. En general, les diré, conozco dos tipos básicos de libros de poemas. Los que coleccionan instantes aislados y, como un álbum presentan fogonazos autosuficientes, iluminaciones cerradas sobre sí mismas. Estoy pensando, por ejemplo, en los títulos de Borges, en los que cada pieza dice lo suyo y se justifica por sí misma. Y en otra clase de libros, los que se afincan más en el pulso general del volumen; es decir, en una secuencia que traduce en su correntada una sola frase de fondo y que encuentra matices y variaciones con cada poema. Ahí las partes responden a un orden, a una ordenación u organicidad que, con mayor o menor nitidez, enuncia la sentencia unitaria que viene a decirse, y que la mayor de las veces no está dicha sino aludida, y que sin embargo el total nos las hace inferir o pensar. Me refiero, en este caso, a libros como los de Néstor Perlongher o, para dar un ejemplo de otra índole, a Novalis, el romántico alemán de los Himnos a la noche. Y Crivelli qué: ese es mi punto. Crivelli qué… Y aquí me veo obligado a dar un rodeo, practicar una digresión –vale decir, irme del hilo del discurso, para volver más tarde sobre él, acaso con más fuerza. Es que hay un rasgo persistente y un enigma que el libro plantea en cuanto nos familiarizamos con su lectura. El enigma es el título. ¿Por qué se llama La Huída?, ¿por qué demonios se titula “La Huída”? El rasgo, en cambio, es notorio, insistente, constitucional al libro y se presenta como un pensamiento poético que opera sobre oposiciones. Lo podemos ver, ya desde el primer poema: “Antípodas”, que podría haber sido un buen título para todo el libro, aun cuando hubiera señalado nada más que esta operación mental de agudeza por oposiciones, esto es, su modo. Por ejemplo en “Antípodas” se lee: “El recuerdo. El olvido. Estamos en las antípodas, / del otro lado del ocaso.” Y sigue... De modo que acompañar esa dinámica de oposiciones puede ser productiva y acercarnos al núcleo del libro. Observen el poema “Beatrice”, que figura promediando la serie de textos. Que el autor ubica entre los poemas mayores, referidos a personajes. Allí paradójicamente pregunta y afirma, casi al mismo tiempo: ¿Cuál será la verdad? Nace el poema en la oposición, casi por milagro. Sí, Crivelli se pregunta tal como Dante lo hiciera por Beatriz: “¿Cuál será la verdad?”, que es lo mismo que preguntarse si hay verdad posible para el hombre que vive en el tiempo –en un tiempo, igual que Dante, vivido como destierro-; si es posible creer en el amor (en lo real de lo vivido y sentido en el pasado), y simultáneamente, si es posible creer en el lenguaje (en la fantasía de lo real, que el lenguaje implica). Y ahí la oscilación se percibe como una oposición irreductible. “¿Será verdadero el amor creyente?”, ¿en la Beatrice que viví en el pasado y que amé? “¿O será verdad la llama viva; que sólo brilla en el infierno?”, ¿o verdad su opuesto?, que ella está hecha de la ilusión del lenguaje, con la consistencia de la fantasía del lenguaje. Y ahí, de nuevo, lo irreductible. Porque una y otra son verdad y ficción: la experiencia y su recuerdo en las palabras. “Nace el poema en la oposición, casi por milagro. / Por milagro nace; entre el silencio y las palabras. Entre el día y la noche, el sol y la luna. La vida y la muerte”. No sé si recuerdan una escultura célebre, acaso el primer ready made de Duchamp, datado hacia 1913: “Rueda de bicicleta sobre un taburete”. Es una combinación vibrante de opuestos expresados mediante una unidad inquietante, turbadora. Sobre un banquito, una rueda circular de bicicleta; debajo de la rueda: un banco con cuatro patas rectas que abren cuadrados de vacío. Es como un resumen violento y tierno del arte y la vida. Lo activo y lo contemplativo. Lo móvil y lo quieto. El adentro y el afuera… y así. Pero lo importante aquí, es que en la quietud de estar sentado, reside la posibilidad mística y opuesta de la velocidad interior y la lejanía imaginativa. Y en la velocidad probable de la rueda de bicicleta, su contrario: la quietud, un punto místico también, inasible, en el centro de los rayos, donde no hay movimiento alguno, sino nada, vacío, la perfecta inmovilidad. Bien, aquí lo mismo, en el libro La huída de Crivelli. Vean si no, el poema “Sakai: un viaje”, la pieza que le dedica a Kazuya Sakai, el pintor argentino-japonés en el 2004. Navegando hacia el Oeste En efecto, también para Crivelli “todo tiende a convertirse en su contrario”. El amor aludido en los poemas del comienzo, es al unísono fantasmas hechos de palabras, alusión del deseo del poema que ilumina la noche de la noche. O para el hombre que vive en la tierra, sometido al tiempo que no pacta y lo acerca al poniente definitivo, la vida terrestre: un destierro, un destierro que a su vez se verifica en el poema, porque el lenguaje surge del magma de esa zona inasible que es el ensueño, un lenguaje simultáneamente deseado y recusado. Y así… Podríamos citar a voluntad, pero me limitaré a una líneas del poema titulado “Destierro”, precisamente, el anteúltimo de la serie. Y aquí ya habla en directo el doble del poeta. Escribo desde la noche. Desde el silencio. Y termina esta suerte de estética del hombre sujeto al apremio de la muerte: Mostrar el camino es el sino de la creación. Creo que aquí está la clave que permite cerrar esta larga digresión. Frente a los dos tipos usuales de libro: el álbum de textos autosuficientes; el otro, unitario, alusivo de algo nunca dicho del todo: Crivelli qué, nos habíamos preguntado. Como no podía ser de otra manera, el uno y su contrario, la dialéctica de la oposición o contraste. El libro en principio es un conjunto de meditaciones aisladas, trabajadas sobre la interrogación y la incertidumbre. Pero no menos, y ocupando los espacios de esa aireación, una secuencia unitaria que enuncia una imagen final que organiza toda la serie. Y que, de paso, resuelve, a mi modo de ver, el enigma del título del volumen. Y vuelvo a empezar. Conocer un libro nuevo es aventurarnos en un estilo de espíritu. Antípodas Bosques de árboles negros, El sol poniente, Este es el tono del viaje crepuscular, del hombre sometido a una inminente cercanía del misterio. Por eso, con toda consecuencia, con toda lógica poética: El recuerdo. El olvido. Antípodas donde estamos todos, en el fin de un principio. “Del otro lado del Ocaso”, pero ¿de qué lado? Y culmina el primer texto que se defiende solo: No hay pacto con el tiempo. Y así concluye este texto inaugural impecable. El que comienza el álbum de meditaciones. Tanto como el principio de nuestras vidas, con Dios, el misterio, aguardando atrás de las tinieblas. Un álbum, sí. Pero La huída también es un organismo vivo, alusivo. Por eso el último poema, titulado justamente “La huída”, culmina con estas palabras, reenviando todo el material al comienzo, al inicio del libro, un comienzo que alude asimismo al origen de la vida con la cita del Génesis que Crivelli incrusta, el célebre ademán de Dios sobre las aguas. Ahogo, sable, tinieblas. (El poema es la transcripción de un sueño de muerte. Alguien que termina herido por un sable en el cuello.) Ahogo, sable, tinieblas. Como en el poema de Eliot: “en mi fin está mi principio”, la vida es un misterio congojoso y magnífico, de punta a punta. Entonces, el libro es unitario. Alude de continuo a una imagen de algún modo persistente e impenetrable que es el título mismo del libro, una frase hiperconcentrada que da de sí varias instancias de representación. “La huída” es vivir; un viaje en el tiempo, para cada quien un continuo irse de sí para ser otro.
CARLOS BRUCK Creo que voy a tratar de moderar y modular lo que se me puede ocurrir. Me parece que han dado testimonio de excelencia tanto Cristina Bulacio como Javier Aduriz. Tenia pensado- y esto es una confidencia pública, pero intima- acometer, como diría Borges, algo referido a mi prólogo de “La Huida”, pero me veo tentado de retomar algunas de las cuestiones que han hablado mis colegas de presentación, aunque tambièn me había tentado pensar, no tanto en lo que se habla, lo que se dice, sino desde dónde se habla. Lo que circula entre la versión y el testimonio. En este sentido supongo que la poesía es una letra de testimonio, y creo que los poemas de Julio son excelentes y acabada muestra de lo que es esta función poética.
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