PRESENTACIÓN

Es un placer estar hoy aquí, convocado por la poesía de Julio Crivelli.
Mi posición es singular porque voy a intervenir a la manera de mis compañeros de panel, pero también voy a hacer la presentación, de esta mesa. Conmigo están, por supuesto Julio Crivelli, el autor de “La huída”, Cristina Bulacio que entre otras cosas, tengo que decir que es tucumana, profesora, ensayista, que sus dos últimos libros son “Los escándalos de la razón en Borges” y “Como el rojo Adán del Paraíso” y también junto a mi esta Javier Aduriz, poeta ensayista con siete libros publicados, también se ocupa de la dirección de una colección en Ediciones del Dock y de la traducción de libros y ultimo, pero no único, yo soy Carlos Brück, psicoanalista, escritor, Presidente de la Fundación Proyecto al Sur, director de la revista Mal Estar y autor de algunos libros que circulan por allí.
Para comenzar entonces, será Cristina Bulacio quien converse con nosotros.

 

 

CRISTINA BULACIO

He sido invitada por Julio Crivelli para hablar de poesía; todo un honor viniendo de un poeta. Me pregunto ¿se puede verdaderamente hablar de poesía? ¿No debe ser ésta sólo escuchada con el alma tensa, así, simplemente, sin explicaciones?. Acostumbrada en mi trato con la filosofía a sus estructuras conceptuales y argumentativas, siento –por momentos– la irreverencia de intentar dar explicaciones sobre la poesía.
Sin embargo, reflexiono, siempre existió una misteriosa cercanía entre poesía y filosofía que atraviesa la historia del pensamiento desde los griegos hasta hoy. Ambas tienen una estirpe en común: sonidos rodeados de silencios que señalan sus límites ambiguos. Ambas abrevan en la misma fuente: la urgencia de los hombres de pensar por sí mismos –sin la tutela de los dioses– en una magnífica artimaña del espíritu contra la muerte; lo dijo Willams Blake “la eternidad está enamorada de las obras del tiempo”.


La historia de la cultura ha mostrado que filósofos como Parménides, Platón, Nietzsche o Heidegger y poetas como Sófocles, Dante, Shakespeare o Borges son testimonios de una realidad innegable: pensar y poetizar representan una misma vocación de espíritus elegidos; son dos gestos posibles de una misma intencionalidad. Tanto unos como otros han abonado con sus intuiciones de profundidad la misma tierra dónde crece, luminosa, la reflexión filosófica y danza libremente la imaginación poética. Por eso, a menudo, coinciden.


Mil veces se ha dicho que pensar lo más hondo es un modo de amar lo más bello y, quien ama la belleza ha ingresado ya en territorios poéticos. Esta es la tierra que explora con destreza, sensibilidad e inteligencia Julio César Crivelli quien, ha resguardo de su hacer cotidiano, se vuelca con no disimulada pasión a la poesía. El libro que aquí presentamos La Huida contiene –en un crescendo sostenido– el hacer poético de un espíritu refinado y elegante, dueño de un lenguaje culto y armonioso con notables huellas filosóficas: Vamos una de ellas:

Dice en Parménides:
En la noche,/ tan dentro de la noche,/las formas se desvanecieron.../Mientras caía desesperadamente/ Soñó que despertaba,/ que descifraba una ley fija,/ inmóvil, más allá de las estrellas...../ Y soñó que recobraba la vigilia/ Y la paz de la vigilia/ Mientras caía, desesperadamente.

No es casual que fuese el decir poético-pensante de Parménides , poblado de metáforas, el primero en atreverse a nombrar la realidad. Separar filosofía y poesía, crear entre ellas un muro divisorio, es desconocer el origen común, el momento inicial de indeterminación entre Mythos y Logos, cuando la verdad es todavía plenitud de sentidos más que estructuras argumentativas. Se necesitaron esos sentidos donados por la poesía y el mito para establecer los primeros lazos armoniosos entre los hombres y los dioses. Mucho más tarde devino filosofía.
Crivelli lo intuye en Vigilias soñadas II:

Durante la vigilia indaga;/ Quiere encontrar las palabras/ que están detrás de las palabras,/ el significado, el fondo verdadero,/ el rostro del último límite./... Vana búsqueda en la vigilia soñada.

Precisamente, hablamos del último límite, inalcanzable; de la vana búsqueda, siempre renovada. Un poeta es un pensador que no se atiene a una filosofía doctrinariamente fijada; por el contrario con gesto de alquimista convierte esa doctrina en una cuestión poéticamente inquisitiva y enigmática. Y al hacerla poesía, le da una nueva dimensión al pensamiento filosófico que esta enmascara. Un texto puede ser o la trama de un decir banal, acaso hasta científico, o –como lo sostiene Heidegger– “el ocultamiento de una meditación simple, singular, insólita”.

Eso es un texto poético; en él se oculta una meditación profunda que opera como aquellos arroyos subterráneos que fertilizan la tierra y dan lugar a la belleza de los frutos. Escribir poesía mayor es un modo de pensar filosóficamente. Pensar y poetizar, insistimos, son vías de acercamiento a lo trascendente; al misterio de la vida y la muerte, del amor y de la soledad; de nosotros y del universo mismo. Con lucidez y ecos borgeanos Julio César Crivelli descubre tres Laberintos:

El primer laberinto es el que precede al laberinto de los griegos: “Se trata de un laberinto vacío”, dice; y su sino es el misterio. Revela el gran engaño que son las apariencias. “La existencia es una trampa”, consigna. Pero entonces encuentra otro, en el que hay un minotauro: “El laberinto de Dios./...Es el que recorremos a lo largo de nuestra vida, penosamente..../ El sino de este laberinto es la razón”. Y finalmente nos habla de un tercer laberinto: El consuelo: “Es posible que Dios se haya apiadado del sufrimiento del hombre./Que haya inventado un centro para nuestro consuelo./...El hilo de Ariadne es el espejismo que nos mantiene vivos./...Creyendo como Teseo, que podemos escapar a la muerte”.

Percibimos aquí la perplejidad como el sentimiento que inaugura el pensar meditativo. Perplejidad ante el misterio de la existencia, tal vez sólo un engaño de los dioses; ante lo incomprensible del sufrimiento, pero también ante el amor o la injustificada esperanza. Se sintetizan aquí los momentos en que se devela la ineficacia del puro razonar, la nimiedad de las propuestas de la ciencia ante nuestra pequeñez y, al mismo tiempo, la inmensidad del universo.
El pensamiento insistentemente ha recurrido a la poesía para nombrar –de allí la fuerza del lenguaje– aquello que no se ajusta a las argumentaciones. Dice nuestro poeta:

En cada oración, en cada palabra,/ Se despliega un poema luminoso. Mientras otro acecha; oculto en las tinieblas)...../... Nace el poema en la oposición, casi por milagro. /por milagro nace; entre el silencio y las palabras, /Entre el día y la noche, el sol y la luna; /La vida y la muerte.

Borges sabía de este juego de encuentros y desencuentros entre el pensamiento que busca argumentar y la creatividad que se cobija en la imaginación. Y, siendo él mismo poeta, reconoce la urgencia del hombre por comprender. Tzinacán, el sacerdote maya, cuando recibe la revelación del dios expresa: ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! . No está ausente de nuestro poeta esta misma inquietud: entender, finalmente, de qué se trata la existencia misma.


Escuchamos en Sakai: un viaje:

Ahora podemos creer que entendemos,/existe un bálsamo de causas y efectos,/una ilusión de lenguaje, un espejismo de ciencia./ Libre vuela el alma ahora que encontró la ley.../Insondable, azaroso, algo ha sucedido.

Sí, ahora sabemos con certeza que develar el mundo y traerlo a nuestra comprensión es hacerlo palabra; palabra que se dice más allá de las urgencias de la vida cotidiana, la que no argumenta asuntos mundanos, pero dice todo o casi todo. Palabra inicial con la que el hombre abrió las sendas de su propia humanidad. Escuchemos a Julio en Desde el cielo:
Nacen las palabras,/retumban en el aire./ Nacen; desprendidas del destino,/arrancadas del tiempo/ nacen.../Liberadas de las tinieblas vuelan..../Y volando invisibles y olvidadas,/nos gobiernan desde el cielo.

Necesidad de volver al manantial de las palabras. Pobres de nosotros si creemos que hay sólo una palabra para cada cosa, y profesamos la fe en el cálculo y en la exactitud del lenguaje. Pobres de nosotros si desconocemos ese extraño y excitante juego de ir en pos de la realidad para interpretarla, darle forma de palabra y así apresarla en un mundo de luz, convencidos del logro, sin saber que esa búsqueda será siempre fallida, siempre renovada, siempre imposible y aun así, maravillosa.
Escuchemos a nuestro poeta en Destierro:

Escribo desde la noche./Desde el silencio.
Busco las palabras en el ensueño, que separa
un tiempo de/ otro tiempo.
Hay una larga estepa negra, antes del amanecer.
Olvidar./Olvidarse.

En este tránsito poético junto a Julio he revivido algo de mi hacer filosófico que quiero compartir. ¿Ustedes saben que las palabras hacen cosas? lo dicen los filósofos (Wittgenstein), lo corroboran los poetas. La palabra, leve sonido, huella inasible hace cosas. Hace cosas como la guerra; díganme si no sentimos el fragor, escuchamos vívidamente la ansiedad del combatiente en la lograda poesía Lord Byron:

Cruces oscuras, cruces como espadas,/ espadas como cruces,/ cruces con filo, rectas, permitidas, terminales, muertas.../ Cruces con filo de medialuna, /cruces curvas,/cruces moras, cimitarras,/cruces escondidas, prohibidas como tu cuerpo./cruces predestinadas en un esfera infinita.

Pero también hace cosas como el amor y cobra consistencia de realidad cuando lo evoca: Imagen fija

Apareciste fugaz, como un reflejo en la quietud del cielo, /las palabras todavía vacilaban en el aire..../Llegaste temprano, como las flechas de frío en marzo./Caminaste por todos mis instantes “mujer morena” hasta el amanecer./...Enceguecido te espero./ En silencio, inmóvil, al azar.

En ocasiones la palabra se hace desesperanza:
Hay música pero yo no la oigo./yo no estoy/...
Todo saber oculta. /todo saber teme la verdad.

O este otro: Noche sin viento, sin lluvia./
Número cero, soledad silenciosa. Noche.

Y finalmente, el último poema La huida –que da nombre al libro– se nos revela como el más contundente, severo, sin concesiones. No se detiene aquí como en la poesía histórica de Lord Byron, ni en reminiscencias literarias como en Beatrice, ni en la encantadora e inteligente aproximación a la pintura de Sakai.
Se trata de otra cosa. De una meditación a fondo, un gesto adusto sobre sí mismo, sobre la condición más profunda de su propio ser a una con el universo. Insinúa una presencia; se abre al misterio. Y esto, trataba de decírselos, es meditación filosófica.


La Huida:
Una y otra vez me ahogo. No duele/ No hay sangre. Ahogo. Oscuridad./Aire petróleo. Mar. Brillos. Ahogo./....todo está detenido./un rayo estalla en el horizonte/.... “El espíritu de dios se cernía sobre las aguas”.

La búsqueda de los poetas tiene algo de utopía, de impulso lúdico e irrefrenable, por eso es bella, insistente, misteriosa. La poesía juega con una inteligencia abarcadora y lúcida, que soporta la contradicción, se detiene ante la belleza que no quiere definir y nos abre al mundo tan profunda y certeramente como un pensamiento justo y verdadero. Para Borges una poesía es siempre verdadera
Sin ninguna duda, la poesía de Julio Crivelli lo es.

Muchas gracias.

La eternidad está enamorada de las obras del tiempo. (Willam Blake)

 

 

JAVIER ADURIZ

Conocer un libro nuevo, un poeta nuevo, es conocer una cabeza distinta, un cierto funcionamiento espiritual objetivado en una forma literaria. Por eso, el contenido de mis palabras no será otro que el de aventurar una versión, una lectura de lo que el autor viene a decir en La huída, su primer libro de poemas y calibrar hasta donde pueda, el alcance de su representación.

En este sentido, cualquiera de nosotros representa la silueta del lector neutral, un arquetipo de lector neutral, donde la literatura empieza o termina. Porque una cosa muy distinta es la perspectiva del escritor sobre su texto, cuya naturaleza relevante atiende a la demanda de su pulsión, a su propia necesidad de escritura; y muy otra, el otro lado de la página, los ojos deseados y temidos del lector, el que hace que esa libertad de composición alcance el rango de lo literario, de lo atendible.

Estoy diciendo, en efecto, que la literatura empieza con nosotros -siempre empieza con nosotros- por el grado de nuestra adhesión y respeto por lo leído. Entonces, lo voy a declarar rápido y serenamente, como alguien que da testimonio de un hecho: a mi modo de ver, que es un modo de leer en este caso, La huída de Julio Crivelli participa con naturalidad de la literatura y su escritura, un conjunto consistente de poemas que emite señales de continua poesía.

En general, les diré, conozco dos tipos básicos de libros de poemas. Los que coleccionan instantes aislados y, como un álbum presentan fogonazos autosuficientes, iluminaciones cerradas sobre sí mismas. Estoy pensando, por ejemplo, en los títulos de Borges, en los que cada pieza dice lo suyo y se justifica por sí misma. Y en otra clase de libros, los que se afincan más en el pulso general del volumen; es decir, en una secuencia que traduce en su correntada una sola frase de fondo y que encuentra matices y variaciones con cada poema. Ahí las partes responden a un orden, a una ordenación u organicidad que, con mayor o menor nitidez, enuncia la sentencia unitaria que viene a decirse, y que la mayor de las veces no está dicha sino aludida, y que sin embargo el total nos las hace inferir o pensar. Me refiero, en este caso, a libros como los de Néstor Perlongher o, para dar un ejemplo de otra índole, a Novalis, el romántico alemán de los Himnos a la noche.

Y Crivelli qué: ese es mi punto. Crivelli qué… Y aquí me veo obligado a dar un rodeo, practicar una digresión –vale decir, irme del hilo del discurso, para volver más tarde sobre él, acaso con más fuerza.

Es que hay un rasgo persistente y un enigma que el libro plantea en cuanto nos familiarizamos con su lectura. El enigma es el título. ¿Por qué se llama La Huída?, ¿por qué demonios se titula “La Huída”?

El rasgo, en cambio, es notorio, insistente, constitucional al libro y se presenta como un pensamiento poético que opera sobre oposiciones. Lo podemos ver, ya desde el primer poema: “Antípodas”, que podría haber sido un buen título para todo el libro, aun cuando hubiera señalado nada más que esta operación mental de agudeza por oposiciones, esto es, su modo. Por ejemplo en “Antípodas” se lee: “El recuerdo. El olvido. Estamos en las antípodas, / del otro lado del ocaso.” Y sigue...

Rasgo, el de las oposiciones de pensamiento que podemos seguir a lo largo de todo el conjunto y que no sólo se refiere a lo estilístico puntual, el fraseo de cada texto, sino que de manera más amplia se transforma en constructivo, un rasgo de diseño compositivo. Desde esta línea de análisis, se podría apreciar cómo los primeros poemas resultan antes que nada breves y personales. Y por contraste, los segundos, los que completan el libro, más extensos y objetivos, referidos a personajes históricos, enunciados o secretos.

De modo que acompañar esa dinámica de oposiciones puede ser productiva y acercarnos al núcleo del libro. Observen el poema “Beatrice”, que figura promediando la serie de textos. Que el autor ubica entre los poemas mayores, referidos a personajes. Allí paradójicamente pregunta y afirma, casi al mismo tiempo:

¿Cuál será la verdad?
¿Será verdadero el amor creyente?
¿O será verdad la llama viva; que sólo brilla en el infierno?

Nace el poema en la oposición, casi por milagro.
Por milagro nace; entre el silencio y las palabras.
Entre el día y la noche, el sol y la luna;
La vida y la muerte.

Sí, Crivelli se pregunta tal como Dante lo hiciera por Beatriz: “¿Cuál será la verdad?”, que es lo mismo que preguntarse si hay verdad posible para el hombre que vive en el tiempo –en un tiempo, igual que Dante, vivido como destierro-; si es posible creer en el amor (en lo real de lo vivido y sentido en el pasado), y simultáneamente, si es posible creer en el lenguaje (en la fantasía de lo real, que el lenguaje implica). Y ahí la oscilación se percibe como una oposición irreductible.

“¿Será verdadero el amor creyente?”, ¿en la Beatrice que viví en el pasado y que amé? “¿O será verdad la llama viva; que sólo brilla en el infierno?”, ¿o verdad su opuesto?, que ella está hecha de la ilusión del lenguaje, con la consistencia de la fantasía del lenguaje. Y ahí, de nuevo, lo irreductible. Porque una y otra son verdad y ficción: la experiencia y su recuerdo en las palabras.

“Nace el poema en la oposición, casi por milagro. / Por milagro nace; entre el silencio y las palabras. Entre el día y la noche, el sol y la luna. La vida y la muerte”.

No sé si recuerdan una escultura célebre, acaso el primer ready made de Duchamp, datado hacia 1913: “Rueda de bicicleta sobre un taburete”. Es una combinación vibrante de opuestos expresados mediante una unidad inquietante, turbadora. Sobre un banquito, una rueda circular de bicicleta; debajo de la rueda: un banco con cuatro patas rectas que abren cuadrados de vacío. Es como un resumen violento y tierno del arte y la vida. Lo activo y lo contemplativo. Lo móvil y lo quieto. El adentro y el afuera… y así. Pero lo importante aquí, es que en la quietud de estar sentado, reside la posibilidad mística y opuesta de la velocidad interior y la lejanía imaginativa. Y en la velocidad probable de la rueda de bicicleta, su contrario: la quietud, un punto místico también, inasible, en el centro de los rayos, donde no hay movimiento alguno, sino nada, vacío, la perfecta inmovilidad.

Bien, aquí lo mismo, en el libro La huída de Crivelli. Vean si no, el poema “Sakai: un viaje”, la pieza que le dedica a Kazuya Sakai, el pintor argentino-japonés en el 2004.
Lo releo sólo en partes.

Navegando hacia el Oeste
Representó los sueños ocultos.
Se despojó de vestimentas y categorías,
Abandonando el tiempo se libró del espacio.
Llegó hasta la noche de la noche,
Adonde ya no hay conciencia.

Sin límites no hay libertad.
Solamente el destino guía el trazo.

Ahora podemos creer que entendemos,
Existe un bálsamo de causas y efectos,
Una ilusión de lenguaje, un espejismo de ciencia.

Con estupor –como los griegos- descubrió
Que “todo tiende a convertirse en su contrario”.
El descubrimiento le llevó un instante,
Una vida, la eternidad.

En efecto, también para Crivelli “todo tiende a convertirse en su contrario”. El amor aludido en los poemas del comienzo, es al unísono fantasmas hechos de palabras, alusión del deseo del poema que ilumina la noche de la noche. O para el hombre que vive en la tierra, sometido al tiempo que no pacta y lo acerca al poniente definitivo, la vida terrestre: un destierro, un destierro que a su vez se verifica en el poema, porque el lenguaje surge del magma de esa zona inasible que es el ensueño, un lenguaje simultáneamente deseado y recusado. Y así… Podríamos citar a voluntad, pero me limitaré a una líneas del poema titulado “Destierro”, precisamente, el anteúltimo de la serie. Y aquí ya habla en directo el doble del poeta.

Escribo desde la noche. Desde el silencio.
Busco las palabras en el ensueño, que separa un tiempo de otro tiempo…

Y termina esta suerte de estética del hombre sujeto al apremio de la muerte:

Mostrar el camino es el sino de la creación.

Creo que aquí está la clave que permite cerrar esta larga digresión. Frente a los dos tipos usuales de libro: el álbum de textos autosuficientes; el otro, unitario, alusivo de algo nunca dicho del todo: Crivelli qué, nos habíamos preguntado.

Como no podía ser de otra manera, el uno y su contrario, la dialéctica de la oposición o contraste. El libro en principio es un conjunto de meditaciones aisladas, trabajadas sobre la interrogación y la incertidumbre. Pero no menos, y ocupando los espacios de esa aireación, una secuencia unitaria que enuncia una imagen final que organiza toda la serie. Y que, de paso, resuelve, a mi modo de ver, el enigma del título del volumen.

Y vuelvo a empezar. Conocer un libro nuevo es aventurarnos en un estilo de espíritu.

Antípodas

Bosques de árboles negros,
Bosques de sombras.

Entrar al libro es ingresar al bosque simbolista del lenguaje, a las palabras surgidas en la noche del ensueño.

El sol poniente,
El sol, al final.
La luz termina.

Este es el tono del viaje crepuscular, del hombre sometido a una inminente cercanía del misterio. Por eso, con toda consecuencia, con toda lógica poética:

El recuerdo. El olvido.
Estamos en las antípodas
Del otro lado del Ocaso.

Antípodas donde estamos todos, en el fin de un principio. “Del otro lado del Ocaso”, pero ¿de qué lado? Y culmina el primer texto que se defiende solo:

No hay pacto con el tiempo.
Inexorable, como “en el principio”
Dios espera al final; en las tinieblas.

Y así concluye este texto inaugural impecable. El que comienza el álbum de meditaciones. Tanto como el principio de nuestras vidas, con Dios, el misterio, aguardando atrás de las tinieblas.

Un álbum, sí. Pero La huída también es un organismo vivo, alusivo. Por eso el último poema, titulado justamente “La huída”, culmina con estas palabras, reenviando todo el material al comienzo, al inicio del libro, un comienzo que alude asimismo al origen de la vida con la cita del Génesis que Crivelli incrusta, el célebre ademán de Dios sobre las aguas.
Leo el final.

Ahogo, sable, tinieblas.

(El poema es la transcripción de un sueño de muerte. Alguien que termina herido por un sable en el cuello.)

Ahogo, sable, tinieblas.
Todo está detenido.
Un rayo estalla en el horizonte.
“El espíritu de Dios se cernía sobre las aguas”.

Como en el poema de Eliot: “en mi fin está mi principio”, la vida es un misterio congojoso y magnífico, de punta a punta.

Entonces, el libro es unitario. Alude de continuo a una imagen de algún modo persistente e impenetrable que es el título mismo del libro, una frase hiperconcentrada que da de sí varias instancias de representación.

“La huída” es vivir; un viaje en el tiempo, para cada quien un continuo irse de sí para ser otro.
“La huída” es morir también, traspasar el velo denso del poniente y reconocer la luz final de nuestra breve noche, acaso con el premio o la iluminación de una redención misteriosa.
Y “la huída”, por fin, además y sobre todo, es la literatura. El libro mismo. Salir de la cronología implacable de las horas, para instalarse en la imaginación intemporal que cosen las palabras. Un objeto, el libro, que es nuestro doble mágico y sin embargo, una ausencia de nosotros mismos.


 

CARLOS BRUCK

Creo que voy a tratar de moderar y modular lo que se me puede ocurrir. Me parece que han dado testimonio de excelencia tanto Cristina Bulacio como Javier Aduriz. Tenia pensado- y esto es una confidencia pública, pero intima- acometer, como diría Borges, algo referido a mi prólogo de “La Huida”, pero me veo tentado de retomar algunas de las cuestiones que han hablado mis colegas de presentación, aunque tambièn me había tentado pensar, no tanto en lo que se habla, lo que se dice, sino desde dónde se habla. Lo que circula entre la versión y el testimonio. En este sentido supongo que la poesía es una letra de testimonio, y creo que los poemas de Julio son excelentes y acabada muestra de lo que es esta función poética.


Pero cuando decía de mis colegas también pensaba en lo que hace a una posición, yo estoy diríamos entre dos, entre la agudeza de Cristina y la vivencia de Javier, o al revés la vivencia de Cristina y la agudeza de Javier, pero inevitablemente estoy entre dos lugares que citando a un texto de Crivelli, imagino a mi favor como antípodas. También se me ocurre que hay un entre dos que han tomado Cristina y Javier, que es entre la palabra y el lector.
En ese sentido, concurrentemente, la poesía es estar entre dos. La poesía, es ese punto de desgarramiento en donde es difícil asir aquello que se representa con fuerza en otra escena, en otro lugar y que, como les decía hoy, la poesía da testimonio.


Soy psicoanalista, lo cual además de la práctica me lleva también a citar a Lacan en una suerte de parábola que relata: un santo, SAN Martín de Tours, nuestro santo patrono aquí en Buenos Aires, se encuentra con un mendigo, él santo tiene una capa y varias opciones, una es quedarse con la capa, otra es entregarla. Pero San Martín elige otra que es desgarrarla. En ese desgarramiento es donde se aloja algo, que hace por un lado a lo que los psicoanalistas llamamos el inconsciente que los escritores llamamos la poética, que esta entre dos, desgarramiento.


Quería tomar algo que se puede llamar la lógica, la lógica del detalle: así como Javier se preguntaba cosas y las respondía con igual excelencia que Cristina, yo también me pregunté algunas cosas. Me preguntaba por que Julio en la solapa del libro coloca en primer término su práctica profesional como abogado especialista en temas de infraestructura.
No creo en la simpleza de la casualidad, ni tampoco creo en la otra simpleza que es el destino, creo que hay algo que hace causa, y que quizás aparece en la lectura que uno pueda realizar. En esa línea pensaba en una cierta tradición en la patria que son los abogados poetas, por supuesto desde Jose Hernandez en adelante. Por ejemplo, Gustavo Garcia Saraví, un entrañable amigo desaparecido hace unos cuantos años con quien alguna vez (vuelvo a decir con Borges), acometí un libro. ¿Y por que no?: Juan Bautista Alberdi, que escribió maravillosa correspondencia con Sarmiento en donde se confrontaban, enfrentaban, confundían, discurrían con resultados excelentes ...Por eso mi brevísimo prologo se encabeza con una mención que es una contraseña a este detalle: “Bases y puntos de partida”, pero esto no quiere decir que nos vayamos a refugiar en una profesión, sino que tomamos de ello lo que nos sirve para retomar la lectura. Y en el prólogo lo que planteo es que no estoy para nada seguro que una imagen, como se dice habitualmente, valga por mil palabras, pero en cambio si tengo la certeza de que en toda imagen se aloja un relato. Un relato que diría BORGES es parte del jardín de los senderos que se bifurcan O como diría Alberto Girri, uno de mis poetas favoritos (siempre en esto hay disensos y adhesiones): “en la lengua, ambigua jungla...”.


Suponemos que ese relato, esa poética, es una combinación. Es la combinación de una imaginería de un destello sucesivo y enhebrado y eterno, y al mismo tiempo es un hilo, una ilación, pensemos en el Minotauro, un ovillo de hilo hecho con palabras. La poesía son términos y músicas entonces que aluden de distintas maneras, a palabras y figuras que se han perdido, por eso la poesía es un desgarramiento, está entre dos, por que habla de aquello que no esta presente, que en todo caso sugiere ese hiato, ese punto en blanco, ese lugar de vacío donde algo se esta diciendo implacablemente, aunque la poesía sea romántica. Alude en todo caso al paraíso perdido. Pero perdido porque nunca existió, porque nosotros tendemos a suponer que lo perdido esta en algún lugar, y lo buscamos, y lo buscamos y sucede que esa búsqueda es insaciable, porque nunca existió aquello que quisimos encontrar. Pero en una poética, como la escrita por Julio Crivelli, hay un nuevo vaivén en donde lo escrito se articula a imágenes, a representaciones. Pero sus palabras, esto es lo fundamental, no son demostraciones, tampoco son una redundancia, por el contrario hay un efecto de transferencia, hay algo que va y viene entre dos, y eso creo que es uno de los méritos mayores.


Hay trabajo de traducción, diría yo que hay una lengua, un trabajo que termina en el momento en que comienza la lectura. Porque ese trabajo es un trabajo de precisión, de orfebrería. Los poemas de JULIO se rehúsan a la facilidad de la contraseña, un indicio habitual que adolece cierta poesía y no se prestan a la complacencia, yo diría que eso le permite, a su vez, evitar otra cuestión que es quedar capturado por la convención. En la poesía de Julio puede reconocerse un linaje, ya no el de los abogados poetas, porque esa es una circunstancia, sino mas bien el linaje que hace a lo clásico. Por supuesto lo clásico no significa ni la artesanía del museo, ni la conservación.


Por otra parte la disputa, entre lo antiguo y lo moderno es una confrontación que evita pensar en lo clásico, y creo que en la poesía de Julio habita una voz, una voz serena, despojada, que precisamente hace a lo clásico. Mis colegas han leído algunos de los poemas excelentes que habitan en este libro, este primer libro, este universo. Me queda por decir que como planteaba alguien, el mayor enemigo del arte es la falta de talento, yo diría que en este libro, ese enemigo ha quedado plenamente derrotado, algo que se evidencia en “Antípodas” primer poema del libro, como en “Lord Byron” Este es un poema que a mi me conmueve, en el sentido que como función poética, va mas allá. No sólo se ocupa del retumbar de una guerra sino que mas allá de eso, toma a un hombre, un hombre solo, tan solo un hombre, que se hace a su propia muerte y al destierro de lo mas propio y lo mas ajeno que es el cuerpo.


Estas menciones tienen por sentido señalar algunas de las cuestiones rotundamente clásicas que Julio Crivelli enuncia con dos cualidades: singularidad y decisión. Son líneas de fuerza para una narrativa que deja en pie, algo que es fundamental, la posibilidad del enigma, sino no se hubieran planteado estas preguntas en la mesa, las mías, las de Javier y las de Cristina y el enigma es la ultima e inevitable razón para un arte, para poder construir algo, saber sobre eso que es incalculable, y este es el punto final, regresando a la cuestión de la infraestructura, porque recordaba que en algunos países como en Holanda por ejemplo de lo que se trata es de ganar terreno al mar, y para ello se construyen ciertas obras que se internan en el mar y lo muerden al mar. Y el mar es una de las mejores representaciones posible de lo incalculable, y creo que aquí es donde vuelvo sobre la práctica de Julio porque su poesía cumple con el destino de la mejor poesía, que es relatar aquello que no tiene manera de presentarse sino es a través de un desgarramiento.


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