DE LA DISCORDANCIA DEL  PSICOANALISIS Y SU TRANSMISIÓN

Carlos Brück

“Tengo que escribir en alemán…”
Carta de Sigmund Freud a Hilda Doolittle

Quiero agradecer a Rosa Lopez esta posibilidad de continuar siendo su lector, algo que ya ha sucedido antes cuando fue distinguida con el Premio Lucian Freud, por otro excelente texto.

Y hablando de textos y enunciados tengo la impresión que el titulo de este libro relampaguea sobre una cuestión fundamental: no hay acuerdo. Hay discordia acerca de la trasmisión del psicoanálisis.

No hay acuerdo, hay discordancia. Como una consecuencia inevitable de una pretensión: abarcar la dimensión de la experiencia del inconciente. Digo inevitable porque no quiero decir imposible, cosa de la cual se ha hablado demasiado.

Y lo inevitable de esta consecuencia, es que en ese lugar que refiere  a esa experiencia aparecen en cambio, proposiciones que hacen del psicoanálisis -como tan bien lo puede cifrar Rosa- una disputa por su fundación ( y no nos olvidemos que un Congreso realizado en París por la Sociedad Psicoanalítica excluyo el nombre de Freud en un primer ensayo de excomunión que luego sería repetido con otro francés además de formación católica)o una apuesta por la autoexclusión, invocando el autoritarismo de los padres de la patria psicoanalítica pero sin intervenir en lo que hacía a las definiciones teóricas.

También aparece en esta cifra un recorrido por los márgenes protagonizado por los psicólogos. Y una disputa que engañosamente parecería haber concluido, pero que se mantiene entre el piso precisamente de la Psicología y el techo de la Medicina.

En definitiva, si la transmisión  es un problema en lugar de ello parecería adecuado proponer como solución equívoca objetivos de formación. Algo así como decía Arthur Koestler : “si no podemos cambiar el país, cambiemos de conversación”.

Rosa Lopez juega sus cartas desde la introducción, cuando hace su propia presentación autobiográfica como escritora .Porque lo que recorre a todo el libro es un entrelazamiento constante con la literatura, convocándola, creo que por deseo propio, pero también por necesidad de estructurar un relato como dice Freud, para sostener la eficacia de sus historiales:  “( ellos) son leídos como si fuesen fragmentos literarios (…) pero eso no depende de mí sino del material en cuestión…”

El material en cuestión, la experiencia del inconciente  ¿Cómo transmitirla (y cito a la autora) sin apelar a las buenas intenciones?.Supongo sin ningún afán de exaltación, que esta fue la condición de Freud y la oportunidad de Lacan.

También esto es condición y oportunidad para la autora y quisiera entonces considerar la estrategia que se propone y que parte de ubicar en las orillas de Roberto Arlt  a dos lanzallamas, a dos ex/céntricos: Massotta y Bonino. Unitarios y federales, porteños y cordobeses.

Hablar de Masotta se ha hablado mucho, y a veces bien, si dejamos de lado esa picaresca tan al estilo de la Sra. Roudinescu capaz de vincular las dificultades de Lacan en relación a su progenitor con el concepto de la declinación de los nombres del padre.

Hablar de Massotta, es hablar de cuando una vanguardia no creía en el futuro pero se entremezclaba con los asuntos que preparaban un porvenir. Hablar de Massota, como lo ubica Rosa Lopez, es desentenderse de muchas cosas para tomar aquellas que citan a quien entro al psicoanálisis por los techos y sobre todo, como diría Lacan , no hizo profesión de fe.

Hablar de Massotta es cancelar cualquier pretensión de construir un héroe intelectual, es tener en cuenta que su firma dio lugar a fundaciones y revueltas, sobre todo cuando su primer texto es “ Yo cometí un happening”, algo que Rosa Lopez se empeña en destacar, porque esto de acometer esta frecuentemente suscripto en su libro.

Hablar de Massotta es saber decir algo sobre ese yo, sobre esa afirmación que parece vanidosa cuando en realidad tiene precisión histórica: “Para fundar hay que amar a Massotta”. Más allá de una lectura políticamente estancada en lo correcto y que hablaría de una desvergüenza, cabe suponer una relación de linaje. Y los amores y por consiguiente las traiciones, la hostilidad, el malentendido que se planta en cada fundación. Como decía Alfred Adler mucho tiempo después de su apartamiento del Maestro: “ no nos peleábamos por otra cosa que por el amor de usted”.

Pero si esto es hablar de Massota también puede referirse el hablar de Bonino, alguien que mal termina su vida en un sanatorio (¿hospicio?) de Oliva, pero que decidía mucho antes trasmitir lo problemático. Con aires de actor, vestido de maestro, con guardapolvo y puntero se paraba junto a un pizarrón con el título de “Bonino aclara ciertas dudas”. De allí en adelante comenzaba una locución que no tenía conexiones lógicas y que en relación al glíglico de Cortazar era mucho más aventurado.

Aun  así, como dicen los niños cuando se les relata el enigma de la sexualidad y los orígenes, se iba produciendo inexorablemente un acuerdo con el publico sobre lo inentendible de lo que se escuchaba. Algo era producido allí, una experiencia, una captura que por supuesto se desvanecía al concluir lo que delicadamente podríamos llamar “ un espectáculo”.

Mucho tiempo después fue Hector Libertella, el que me comentaba desde su propio afán por transmitir lo real de la letra, que le parecía casi una misión ( ¿ imposible?) el poder delinear quien era ese que quería aclarar lo indudable.

Claro que después de ocuparse de la discordia planteada por estos dos lanzallamas,es la vocación de espectáculo, refiere Rosa Lopez, que aparece terciando en la escena de la transmisión y su discordia.

Esta escena es el relato de lo que lleva a los residentes del “Lanús”, término abarcativo y contundente, a celebrar una parodia, a conducirse en un supuesto homenaje, a la manera de esos coros que relatan algo sagrado. Aunque  en este caso sería algo impiadoso acerca de lo sagrado. Declinando así el verbo de la adoración que se propone sobre la vaca sagrada de la salud mental,

Por parte de Rosa Lopez en esto de ubicar el texto sobre la ceremonia  (más bien un ritual iconoclasta) se encuentra otro de los rasgos del texto que ella escribe: ponernos sobre el rastro de la cuestión, hablarnos de lo que se dice y se omite en las versiones parroquiales. A tal punto que el libro sobre “El Lanús” que ella retoma y donde figura este fragmento, fue escrito por Sergio Visacovsky,un antropólogo. Esa clase de gente y de práctica que se ocupa –entre muchas otras cosas- de las ordalías.

Ponernos sobre el rastro es deslindarse  de las huellas falsas y dejar en claro que hay pocas cuestiones tan vinculadas a la transmisión del psicoanálisis como la del acto analítico. En tanto que aquello que hace al acto está estructuralmente articulado a lo que sería la posición del analista, en lo que hace a su ética, a su presencia,  y sobre todo a esto que llamamos la dirección de la cura, lo que en la clásica acepción freudiana puede definirse como un pasaje de la miseria neurótica al infortunio cotidiano.

Y si de acto hablamos, creo que con algo de eso nos encontramos cuando  un libro se nos presenta, cosa que no siempre sucede con un volumen. En todo caso quienes lo presentamos solamente tendremos que ocuparnos de abrirle la puerta para su lectura.

La dimensión desconocida esta servida.