La palabra y el cuerpo.

Julio Crivelli

“En el principio el Verbo era,” (…), Juan 1,1.

 

La primera palabra que conocemos es la palabra de Dios, que nos permitió entender.

Porque antes de la Palabra de Dios, “la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas”.

Pero Yahvé con su Palabra, separó la luz de las tinieblas, los cielos de la tierra, las aguas de arriba de las aguas de abajo, porque separar es crear, es entender.

Con la palabra de Dios el “caos se convirtió en cosmos”, lo “diverso en universo”, lo “inmundus en mundus”. 1

Esa era la Palabra de Dios que también nos creó a nosotros, que por eso somos “palabra”.

Nosotros, los hombres compartíamos esa “palabra absoluta”, Palabra de Dios que contenía los objetos sin necesidad de representación, porque fuimos creados “a su imagen y semejanza”.2

Pero después vino la Caída, cuando nuestra vanidad hizo que quisiéramos ser iguales a Dios y comimos del fruto del Árbol de  la Sabiduría del Bien y del Mal y fuimos expulsados del Edén.

(No hay paraísos que no sean paraísos perdidos, porque cuando los habitamos no advertimos nuestra felicidad. Solamente la pérdida  habilita la reminiscencia. Quizás estemos viviendo otro Edén sin advertirlo, y nos aguarda otra Caída).

Y nació la segunda palabra, la nuestra, la que nos habita ahora, ya expulsados del Edén.

Y desde entonces nuestra palabra es limitada, porque sólo representa, sin contener los objetos.

Por eso el origen de “Palabra”, el griego “parabolè”, significa “poner al lado, comparar.”

Las palabras comparan, porque no contienen, solamente representan, significan torpemente el objeto.3

Desde Heráclito el Oscuro sabemos que “todo cambia”, “panta rei”, refieren que él decía, y que la representación de la realidad con la palabra es solamente una vaga referencia lejana, un mero código  que designa, una arbitrariedad que nos permite existir.

Porque sabemos, que la realidad marcha y cambia vertiginosamente, y, como el río de Heráclito, deja atrás a nuestras imágenes y a nuestros conceptos, que  torpes y estáticos quedan como estructuras vacías y arcaicas, puras ilusiones y espejismos y que no “existe” de verdad un Mundus, un Cosmos, un Universo sometido a una Ley que podamos entender.

Kant fue el último que nos advirtió, por enésima vez desde aquella Expulsión, que sólo podíamos conocer la apariencia, los fenómenos, y que jamás conoceríamos la verdad, los noúmenos.

Y que como dijo Borges en Tlön, la metafísica es una rama de la literatura fantástica.

Todo lenguaje es falso, precisamente porque sólo puede ser construido con la representación de algo que ya fue.

Inexorables, el misterio y la eternidad corren vertiginosamente delante de nuestras palabras, que quedan como remedos, como imitaciones, como ídolos.

Si revisamos el orden de la Creación veremos que  Yahvé creó primero lo inerte, después los vegetales que sólo tienen cuerpo, luego a los animales que tienen cuerpo y voluntad y finalmente a nosotros, con cuerpo, voluntad y palabra.

Los griegos decían que éramos “animales que hablan”.

El cuerpo es la transición entre el universo íntimo y el supuesto “mundo”, la naturaleza. El cuerpo es casi una membrana vital que atravesamos y que es atravesada, hacia y desde la naturaleza.

El cuerpo es quién padece el Terror Primordial y la Palabra es la que tranquiliza.

El cuerpo, en verdad obra como una imagen, como una imagen que representa el desenvolvimiento del yo en su propio mundo, que es la conciencia, (o el alma dirían los escolásticos), pero también representa la repercusión del mundo social en el yo.

Somos un zoon politikon.

El cuerpo se va “produciendo” en el devenir, como una representación de lo interno, de la naturaleza y de lo social y sin que lo sepamos, inadvertida, la imagen del cuerpo representa nuestras ilusiones y desilusiones.

Si está el cuerpo, está Eros.

En el Banquete dice Platón, que Eros es hijo de Penia, “lo que falta,” y de Poros, “lo que abunda”. Lo que une a Penia con Poros es Eros, el Deseo.

Safo llama a Eros Glukupirón, el “dulce amargo,” porque es placer y dolor, ilusión y caída.

En esa dinámica que se establece, entre lo que se tiene y lo que no se tiene, se desarrolla el deseo, que flota como un fantasma. Invisible, dinámico, milagroso e incomprensible.

El deseo es nuestro impulso, procede del Thymos radicado en el pecho, cerca del corazón.   

Eros es el deseo de vivir, fugaz, evanescente, efímero como la vida, termina en la muerte.

Cuando cesa Eros cesamos nosotros.

Mientras afirmamos sin dudar que el cuerpo muere, dudamos de la muerte de la palabra.

Mientras el cuerpo desea, la palabra designa.4

Cuando la palabra nos designa a cada uno de nosotros, para diferenciarnos de los otros, nos designa como persona, como “máscara”, porque la palabra sabe que no contiene la sustancia, que solamente significa, que solamente “deja una marca” que nos distingue, que nos permite salir del caos e integrarnos al “mundo”.

¿Somos una “máscara”, una apariencia, una marca, un signo, una palabra?

¿La “identidad” es una mera noción que no nos ha sido dada, otra reminiscencia del Edén?

¿Somos solamente un cuerpo que sólo puede desear y una palabra que sólo puede designar, dejar una marca?

La unidad según Pitágoras y los misterios de Eleusis, representa el punto, el inicio, la divinidad, la esencia inalcanzable, el supuesto imprescindible de la vida, el “primer motor inmóvil”, esa expresión tan resignada como célebre, del físico por excelencia.

El dos es el desdoblamiento del punto, la línea, el reposo, el equilibrio inmóvil y perfecto de lo inerte. Es lo masculino y lo femenino que existe en todos los seres, es el origen de la vida pero en el dos todavía no hay vida.

El tres es la superficie, la tríada infierno, tierra, cielo y todas las tríadas divinas de los misterios, es el desequilibrio, el movimiento, la vida.

El cuatro es el cuerpo, los cuatro elementos del universo, fuego, aire, tierra y agua.

¿Hay algo más que palabra y cuerpo?

Sin evidencia científica afirmamos que somos cuerpo, razón y espíritu.

¿Palabra y espíritu son lo mismo? Porque cuando Yahvé Dios creó al hombre, primero hizo su cuerpo con polvo de la tierra y sólo después sopló su “aliento”. Y el aliento, ¿es el alma o la razón, el espíritu o la palabra? ¿O las dos cosas?5

¿El espíritu es una fantasía que nos consuela de la muerte?

Yahvé no es tan cruel y siempre que nos castiga, nos deja algún consuelo, alguna esperanza, como les sucedió a los Hombres después de la torpeza de Pandora.

Y así nos permitió, que  de las palabras pueda nacer algo más que la mera representación.

Sabemos que es posible un “mensaje atrás del mensaje”: la metáfora. (¿La Palabra de Dios, que a veces habla por boca de los hombres?)

Sólo sabemos que se trata de palabras que combinadas de modo misterioso e imprevisible, poseen alguna magia inasible, como la que poseen los enigmáticos mensajes de Hermes, el mensajero de los Dioses o los mensajes de Apolo mediante sus Musas, o los mensajes de los Ángeles que vienen de Yahvé.

Es cierto que estos mensajes herméticos o angélicos son siempre un enigma, siempre nos confunden porque están “cifrados”, como diría Borges, porque aunque eluden la falsedad de la Razón, usan palabras y por eso hay que “descifrarlos”.

Pero también es cierto, que  oculta entre esas palabras, brilla  en esas metáforas la única Luz que nos quedó, una luz tenue, cansada, que apenas ilumina, la única y gloriosa luz que tenemos.

Y así,  con nuestras imágenes rudimentarias y con nuestras vacías palabras, podemos construir metáforas, mensajes angélicos, enigmas herméticos que nos aproximan al Misterio, y que lejos de avivar el entendimiento, despiertan el espíritu.

Viven en la poesía, en el arte, en las matemáticas que exploran el infinito.

Más allá de las “palabras”, vivimos indagando las metáforas, que intentan atravesar las murallas babélicas que nos rodean desde la Caída, vivimos inmersos en esta empresa tan apasionada y bella, como inútil y fracasada.

Y en esos instantes tan fugaces, todo nuestro ser parece flotar, o más bien flota en el espacio interminable, en el tiempo infinito, cerca de la eternidad.

 

Footnotes

  1. Cosmos, Mundus y Universo son nociones equivalentes. Cosmos significa “Orden”, por oposición a Caos. Implica nuestra fe, (no existe demostración), en que vivimos en un Orden sometido a leyes que se entienden. El caos ha desaparecido, la razón lo ha ordenado, según las versiones más optimistas del pensamiento hebreo, del griego, y del nuestro. En Roma al principio, Mundus señalaba las sagradas murallas de la Civitas. Allí imperaba la ley, afuera la naturaleza salvaje. (Cuando Rómulo funda Roma, su hermano Remo se burla saltando sobre el perímetro arado del Mundus trazado por su hermano. No cree en el Orden, ni mucho menos en el orden creado por el hombre, por más que invoque a un Dios. Rómulo le mató, por orden del dios Término, el dios de los límites, por burlarse del límite sagrado.) Lo contrario de Mundus, Orden, es Inmundus, el caos, lo que no se entiende, lo salvaje, el desierto, porque no está sujeto a la Ley.
    Universo es aquello que tiene una sola comprensión, un solo sentido, por eso se entiende. Lo contrario es lo Diverso, lo que no está sujeto a una Ley y es imprevisible. Nótese con qué facilidad usamos las palabras Cosmos, Mundo y Universo, sin saber si lo que existe está de verdad sometido a una única Ley.
  2.  “Si (como afirma el griego en el Cratilo) / el nombre es arquetipo de la cosa /en las letras de ‘rosa’ está la rosa / y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’. / Y, hecho de consonantes y vocales, /habrá un terrible Nombre, que la esencia / cifre de Dios y que la Omnipotencia /guarde en letras y sílabas cabales. Adán y las estrellas lo supieron /en el Jardín. La herrumbre del pecado / (dicen los cabalistas) lo ha borrado / y las generaciones lo perdieron. (…).” Borges, El Gólem.
  3.  Objectus, del latín ob, sobre y iacere, que significa tirar, arrojar estar tendido. Objeto es lo que yace lo que está tendido delante de nosotros. Está afuera.
  4. Designar, Significar, derivados de “Signum”, lat. “señal, marca, emblema”. El significado no tiene entidad, sólo distingue a un objeto del resto.
  5. “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.” Génesis, 2, 7.