La sal de la tierra

Del libro La Biblia según veinticinco escritores argentinosEditado por Edith Cross y Angela Pradelli

Luisa Valenzuela

 

Dicen que la sal conserva. Puedo atestiguarlo, o no, porque llevo milenios pero conservar no sé si me conservó en verdad: yo soy la sal. Dicen o dijeron que el agua tiene memoria, que si se te cae la llave en una costa del vasto océano, con un poco del agua recogida en la costa de enfrente abres la puerta de tu casa. Yo sobre eso no puedo decir nada, nada sé de llaves pero lo importante es que puedo decir, me es dable expresarme. Porque la sal es palabras, o las palabras son sal o como sea. Y la sal es memoria. He ahí mi desgracia, mi condena. Dicen que mi culpa fue desobedecer la orden de no voltear la cabeza y ver lo que no debió ser visto por ser humano alguno, pero si miles lo vieron; miles lo vieron y, condenados a muerte, debieron olvidarlo para siempre. Sólo yo recuerdo lo irrecordable, por eso mismo y aun desintegrada como estoy, — en todas partes como estoy hecha migajas, muchísimo menos que migajas, hecha del no-ser, de la salinidad extrema–, me pongo a narrar desde un principio sin saber si lograré alcanzar el centro del horror. Porque siempre hay algo más, un centro imposible. Nadie debió saber de esto y yo lo sé, nadie nunca debió tener el más fugaz de los vistazos de eso que yo atiné a percibir en el instante supremo y fui hecha estatua de sal, inaccesible.

Ahora estoy en todas partes y nunca tuve nombre. En todas partes estoy y fui tan codiciada por milenios y dicen que poco a poco me iré perdiendo por disolución de los glaciares, los témpanos, los mares de hielo y toda esa agua dulce que acabará conmigo. Conmigo y con mi especie si el recalentamiento llega a extremos. Y yo he visto un extremo. Es por lo que vi que me pongo a contar, sin mentarme, ya que nunca tuve nombre. Ni mis dos hijas ni yo tuvimos nombre, y para colmo la sangre Lot, el imbécil de mi marido, corre ahora doblemente por las venas de toda mi descendencia. Sólo me consuela saber que estoy también en todas las sangres de todos los vivientes porque la sangre es salada. Como el sudor, el semen y las lágrimas. Yo que nunca más pude llorar, que sólo supe llorar en mi tan lejana carnadura, soy ahora las lágrimas, soy océanos y salinas, soy catedrales de sal en las entrañas de la tierra donde esos que se dicen mortales oran por la eternidad de sus almas. Pobrecitos, ¡si tan solo supieran!

Entonces. Entonces, en aquél entonces, el imbécil de Lot, con su profusión de rebaños y de pastores a su mando y su juventud, me eligió por esposa. Eso no fue lo peor. Vino después lo malo, cuando hubo de separarse del tío Abraham porque ya no había lugar por aquellas comarcas para todos nosotros. Para toda su codicia. Abraham sin disimulo alguno se la pasaba conversando con Jehová el Altísimo, era su favorito a no dudarlo y por eso se pudo permitir el lujo de ser magnánimo. El imbécil de Lot que era a penas su sobrino debió haberlo sospechado, pero no: cuando el tío Abraham extendió sus manos hacia la nada y le dijo Hemos de separarnos, no hay lugar en estas tierras para tu bando y el mío (o algo parecido) y le dio a elegir cualquiera de las distantes comarcas, mi marido no tuvo mejor idea que enfilar hacia el fértil valle sintiéndose muy astuto. A las tierras del rey Bera, nada menos, vecinas a las del rey Birsa, que para colmo de males pronto entraron en guerra. Muy fértiles, las tierras, sí, y también muy depravadas qué quieren que les diga. Una en aquel entonces no tenía voz para quejarse, pero muy sospechoso me pareció que se estuvieran todos divirtiendo tanto. Demasiado, para mi gusto; sobre todo los buenos muchachos de Sodoma que ni falta hace explicarlo porque bien sé que pasaron a la historia por culpa o quizá gracias a sus costumbres non sanctas. Así va la cosa. Y a mí, morena y todo como era, de piel radiante y ojos de brasa (pero no quiero mencionar esa palabra), ni me miraban, ni miraban a mis dos hijas cuando se hicieron púberes. A pesar de que el idiota de mi marido se las ofreció en bandeja. Pero ya llegaremos a eso, ya estoy harta de rememorar las hazañas del tío Abraham que en más de una oportunidad se dedicó a salvarnos. ¡Ay, Lot! No me dejaba ir ni a la fuente por agua, y ahora estoy en todas las aguas más tempestuosas del planeta. Yo iba igual y ellos ni me miraban, los varones de Sodoma. Por eso mis hijas al llegar a la edad insistieron tanto en irnos a Gomorra, ahí sí que se divertían las mujeres. En Gomorra la cosa era distinta, y al rey Birsa le gustaba vestirse con los brocatos más suntuosos y con faldas y blusas. Se decía, muy en voz baja, que hasta usaba el kohol de las mujeres del desierto para resaltar sus ojos y se ponía carmín en sus abultados labios. Se decía, pero era un secreto como todo lo de Gomorra y por eso mis hijas, no las culpo, soñaban con trasladarse a esa ciudad de mujeres felices. En fin. Que su padre, Lot, mi legítimo esposo, se lo tenía prohibido porque como sobrino de Abraham pretendía ser similar a su tío aunque el Altísimo nunca le hubiera dirigido la palabra. Por fin Lot les consiguió a las niñas sendos pretendientes, dos insulsos incapaces siquiera de divertirse como los otros habitantes de Sodoma. Esos dos casi ni probaban los licores fuertes ni se revolcaban llenos de lujuria como el resto, eran alérgicos al humo de las diversas hierbas embriagantes, no bailaban siquiera durante las interminables noches de Sodoma. Total, que las niñas temieron morirse de tedio. También yo pero no era quien para quejarme. Ahora sí puedo quejarme pero ya no me importa, la diversión es otra. Ellas querían cruzar la estrecha franja de desierto que nos separaban del siguiente oasis: Gomorra, nombre intenso. Así hasta que llegaron los dos varones bellos, esos que se decían Ángeles aunque más bien parecían señoritas atildadas y austeras. Lot los encontró en la plaza y los conminó a refugiarse en nuestra morada antes de que cayeran las primeras sombras del crepúsculo y los habitantes de Sodoma salieran de cacería. Eran triples nuestras paredes de barro y sin embargo hasta lo más profundo del recinto nos llegaban los aullidos de gozo, los suspiros y anhelos y disfrutes en las memorables –para otros, para aquellos que ya no tienen ni memoria– noches de Sodoma.

No sé quién se lo habrá contado a Lot en un solo soplo. Los mismos ángeles, seguramente, y Lot nos reunió a las tres y a los pretendientes de las niñas y nos transmitió la historia, instándonos a huir. Y supimos del regateo del tío Abraham con el Altísimo, algo como de bazar de baratijas. Eso éramos nosotros, baratijas, porque Dios en castigo se propuso eliminar a sus muy pecadoras ciudades, Sodoma y Gomorra, de la faz de la Tierra. Y el tío Abraham Le rogó de salvar nuestra ciudad en caso de encontrar cincuenta hombres piadosos. Yo no creí el infundio, en un principio, pero resultó ser cierto y ahora puede leerse en cualquier parte. Supe así que se acercó Abraham a Dios y Lo conminó: ¿Destruirás también al justo con el impío? quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad: ¿destruirás también y no perdonarás al lugar por amor a los cincuenta justos que estén dentro de él? Lejos de Ti el hacer tal, que hagas morir al justo con el impío, y que sea el justo tratado como el impío; nunca tal hagas; el Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?

Entonces respondió Jehová: Si hallare en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, perdonaré a todo este lugar por amor a ellos. Y Abraham replicó y dijo: He aquí ahora que he comenzado a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza. Quizá faltarán de cincuenta justos cinco; ¿destruirás por aquellos cinco toda la ciudad? Y dijo: No la destruiré, si hallare allí cuarenta y cinco. Y Abraham volvió a hablarLe, y dijo: Quizá se hallarán allí cuarenta. Y el Señor respondió: No lo haré por amor a los cuarenta. Y Abraham dijo: No se enoje ahora mi Señor, si hablare: quizá se hallarán allí treinta. Y el Señor respondió: No lo haré si hallare allí treinta. Y dijo: He aquí ahora que he emprendido el hablar a mi Señor: quizá se hallarán allí veinte. No la destruiré, respondió, por amor a los veinte. Y volvió a decir: No se enoje ahora mi Señor, si hablare solamente una vez: quizá se hallarán allí diez. No la destruiré, respondió, por amor a los diez. Y Jehová se fue, luego que acabó de hablar a Abraham; y Abraham volvió a su lugar, bastante cabizbajo agrego yo porque no podía ignorar que eso de encontrar hombres justos y píos en esta disipada ciudad era cosa de Mandinga, como se dice hoy día por las costas del sur por las que también transito.
Y queda tanto por narrar, porque cuando cayó la noche los sodomitas vinieron hasta los muros de nuestra casa, todos ellos vinieron, desde el más joven al más viejo, a reclamar la presencia de los dos recién llegados, de los nuevos varones, los llamados ángeles. Les habían echado el ojo, claro está, y los querían para darles matraca, los querían para echárselos al buche, para conocerlos decían, conocer por dentro era la cosa, conocerlos bíblicamente como ahora se dice. Y entonces mi marido Lot salió a la puerta, y cerró la puerta tras sí, y dijo: Os ruego, hermanos míos, que no hagáis tal maldad. He aquí ahora yo tengo dos hijas que no han conocido varón; os las sacaré fuera, y haced de ellas como bien os pareciere; solamente que a estos varones no hagáis nada, pues que vinieron a la sombra de mi tejado. Y ellos que querían a lo efebos y no a mis muchachas respondieron: Quita allá; y añadieron: Vino este extraño llamado Lot para habitar entre nosotros, ¿y habrá de erigirse en juez? Ahora te haremos más mal que a ellos. Y amenazando gran violencia al varón, a Lot, se acercaron para romper la puerta. Entonces los dos recién llegados alargaron la mano y metieron a Lot en casa con ellos, y cerraron la puerta. Y a los hombres que estaban a la puerta de la casa hirieron con ceguera desde el menor hasta el mayor, de manera que se fatigaban buscando la puerta.
Buen padre, me resultó mi Lot, buena banana; quizá por eso cuando los dos varones nos instaron a huir con toda la familia sólo nos fuimos las cuatro ratas: los futuros yernos no quisieron seguirnos, alegando que las conminaciones de los ángeles eran puras patrañas. Así les fue. Peor les fue a mis niñas cuando quisieron procrear y hubieron de contentarse con la semilla de su propio indigno padre, embriagado por ellas para consumar el acto sin siquiera hacerlo partícipe. En fin, que esa es otra historia de la que me enteré siglos más tarde, cuando ya toda filiación se había perdido. La que no se pierde soy yo, en cada partícula de sal estoy, no me canso de repetirlo ahora que se me ha dado por tomar voz en estas costas del sur por el momento amigas. En fin, tanto tiempo sin hablar y ahora hablaría hasta por los codos, si tuviera codos. Porque al salir de Sodoma con los dos varones ángeles nuestros salvadores, ellos conminaron a Lot con palabras bien fuertes. Y dijeron los varones a Lot: Todo lo que tienes en la ciudad, sácalo de este lugar; porque vamos a destruir este lugar, por cuanto el clamor contra sus habitantes ha subido de punto delante de Jehová; por tanto, Jehová nos ha enviado para destruirlo.

Y cuando nos hubieron llevado fuera, le dijeron al idiota de mi marido: Escapa por tu vida; no mires tras de ti, ni te detengas en toda esta llanura; escapa al monte, no sea que perezcas. Acto seguido –así continúan contándonos las Escrituras que ahora cito– Jehová hizo llover sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego desde los cielos; y destruyó las ciudades, y toda aquella llanura, con todos los moradores de aquellas ciudades y los frutos de la tierra.
A mi triste historia la despachan en una sola línea, diciendo: Entonces la mujer de Lot miró atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal. Y subió Abraham por la mañana al lugar donde había estado delante de Jehová. Y miró hacia Sodoma y Gomorra, y hacia toda la tierra de aquella llanura miró; y he aquí que el humo subía de la tierra como el humo de un horno.

Así hube yo de quedarme a mitad de camino supuestamente para siempre, una estatua de sal. Por sólo una ojeadita, pero ¡qué ojeadita! Mejor dicho, no me condenó el mirar para atrás ni la desobediencia, me condenó lo que vi más allá de la atroz lluvia de fuego y de azufre como infierno, más allá de todos los habitantes de Sodoma y de Gomorra hechos teas humanas.

Ahora que mi liberación se ha completado quizá logre ponerlo en palabras, si tal espanto puede ser dicho en la voz de los humanos que ni siquiera es la mía de otros tiempos.

Mi liberación fue tan desesperadamente paulatina. Tan lenta. Imperceptible al punto que Dios en todas sus mutaciones no supo detectarla. O no Le importó, ¿qué podía importarle a Dios, siempre tan ocupado, una simple y burda estatua de sal que antes fue una mujer sin nombre, tan sólo la esposa de Lot? Primero fue el ganado el que empezó a liberarme, por esa necesidad de sal que sienten los animales superiores. Y yo estaba allí plantificada en medio del desierto al alcance de sus ávidas lenguas. Me fui disipando poquito a poco en sus orines, penetrando en la tierra. Y ahora los viajeros se asombran del Mar Muerto. Lo maté yo, en un principio, con parte de mi salazón allí concentrada hasta saturar sus aguas. Más tarde llegaron las huestes romanas. El salario era lo que percibían como pago, ese pan de sal tan codiciado que no debía romperse al pasar de mano en mano. Empecé así a viajar por el mundo hecha pedazos. Y, como es sabido, no hay sal que dure cien años. Por eso mismo partículas de mí empezaron a fluir por todas partes pasando por los cuerpos y filtrándose hasta alcanzar mares y océanos que antes eran dulces. Conocí los abismos y las cimas más altas, enceguecí a más de uno en los salares bajo el rutilante sol, me hice imprescindible para la vida y depuradora de males. Me usan para conservar los alimentos. Me usan para la protección o para esas brujerías llamadas salaciones, me usan para las curas de espanto. No debo faltar jamás en la morada de los hombres, junto con el pan y un pedazo de carbón. Pero el carbón sirve para calentarse y el pan es bueno, no sabe lo que yo sé y que transmito por ósmosis con cada una de las partículas en las que me he diseminado. Porque yo vi, y lo que vi es imposible de ser explicitado, tan sólo dicho en tres palabras: la ira de Dios. Vi la ira desmedida de Dios. Un Dios que provocó personalmente la destrucción de sus propias criaturas, un Dios que no supo controlarlas y perdió los estribos. Para siempre.

para Esther Cross y Ángela Pradelli