Los tiempos del lobo

Un recorrido por Paraísos artificiales y La vida de Adele.

Los únicos paraísos son los paraísos perdidos
Marcel Proust.

“Voy a negociar mi futuro… y acá, te dejo mi pasado”. Sentencia con rostro firme Ana, mientras la determinación y la nostalgia acompañan sus palabras.

Ana y Mercedes pasaron juntas las últimas horas. Cómplices que se creen enemigas pero se sienten hermanadas. Dos caras de la misma moneda, de esa que habla de traición, de miseria, de realidad. Víctimas de un mundo que las cosifica, que exige de ellas un papel de ficción, que las envuelve en el juego perverso de aquello que existe sin ser nombrado. Que las maltrata, pero las necesita.

“Estoy hablando de Roberto, mi marido” exclama Mercedes desencajada, mientras que va perdiendo lentamente el porte de esposa de clase alta. “Y yo estoy hablando de Roberto, mi cliente” completa Ana, con su seductora e implacable postura. Las dos a solas pero perseguidas por la sombra del mismo hombre. Las dos a solas en ese cuarto de fantasía, que es también la casa de Ana. El paraíso perdido o el paraíso encontrado, según quien lo habite.

Es así como la obra Paraísos artificiales nos situa en la década del 70, en un país del tercer mundo, dónde ambas protagonistas ejecutan su rol, hace ya mucho tiempo. Sumidas en una sociedad que las encasilla, en una dictadura que cercena, no hay lugar para soñar con ser otra, no hay lugar para dejar de cumplir su papel.

Sin embargo, algo sucede. El encuentro de las dos mujeres pone en jaque todo aquello que parece real. La familia perfecta de Mercedes, construida en torno a engaños y mentiras. La opresión en la vida de Ana. Algunas fotografías son la llave para ese futuro deseado. Ana se ve envuelta en una oportunidad que promete cambiarlo todo. Una circunstancia, que es, además, un baño de realidad para Mercedes. La moneda gira y las dos caras se entremezclan, se confunden, arrasando con todo a su paso. Un encuentro que modifica sus vidas, que les permite, por única vez, hablar y ser escuchadas.

El film La vida de Adele, nos sitúa cuarenta años más tarde, en la ciudad de Lille. Lejos de París, y lejos además de los ideales de mayo del 68. En una sociedad que se dice liberal y permisiva transita nuestra protagonista por su vida adolescente. La joven intenta conocerse, pero en ese camino tropieza con la violenta mirada de sus compañeros que no aceptan su sexualidad. Adele como una mujer en desarollo que busca su lugar en un mundo que no la incluye, avanza entre dudas y soporta.
Soporta y se defiende, sufre en carne propia la discriminación, no solo por ser gay, sino también por ser mujer.

La opresiva realidad que la rodea, obliga a Adele a mantener a su familia y amigos en la oscuridad. Es así como inicia una vida junto a su bella novia, y se cree feliz en una pequeña burbuja que apenas puede sostener. Pero no es otra que la propia Ema, su compañera y amante, quien vuelve a ponerla en jaque. Estudiante de arte avanzada, se cierra en un círculo snob y pretencioso que nada tiene que ver con Adele. De a poco presiona, empuja, hasta que ya no queda lugar en la burbuja para las dos, la vida de Adele como docente de niños especiales no es suficiente para Ema, no puede soportar lo que ella llama falta de motivaciones e intereses. Una vez más nuestra protagonista se ve aislada, discriminada por ser una mujer que no compromete aquello que ama, que pelea y sigue, fiel a si misma. Adele, al igual que Ana, se levanta, se transforma y se enfrenta, a su paraíso perdido.

Cecilia Bruck


Paraísos artificiales. Con Lili Popovich y Danu Flores. Dirección: Sergio Pavlovic.
Teatro El Piccolino. Todos los viernes 21.30 hs. / La vida de Adele. Con Adele Exarchopoulos y Lea Seydoux. Dirección: Abdellatif Kechiche.