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CUENTOS PARA SEMBRAR INFANCIA
Un diálogo con Edelyn Shweidson
Rasia Friedler*Un afán de potenciar la creatividad y rescatar la dignidad humana ante los embates de una de las peores crisis de nuestra agitada historia latinoamericana, tal vez de cuenta, en parte, de la inquietud que signó este diálogo.
Tuve el gusto de conocer a Edelyn Schweidson a través de un amigo en común, el poeta brasilero Bruno Kampel radicado en Suecia. Edelyn es licenciada en Psicología Clínica en la PUC de Río de Janeiro, Master y Docotorada en Psicología Clínica en la New School for Social Research de Nueva York, psicoanalista formada en el Instituto William Alanson White de Nueva York y en la Sociedade de Psicanálise Iracy Doyle (SPID) de Río de Janeiro, posdoctorada por el Conselho Nacional de Pesquisa (CNPQ) con una investigación sobre "Narrativas de niños de la calle" y dio clases en la Unicamp de Ribeirão Preto. Trabajó como yo auxiliar en el Instituto Moreno de Nueva York y está dedicada a la psicología clínica desde hace muchos años. A través de los cuentos, Edelyn se abrió un camino propio de trabajo con niños carenciados. Tomó la narración como estrategia de encuentro interpersonal para el atisbo de alguna verdad, favoreciendo procesos de subjetivación. A través de los remotos caminos de la ficción, algunos niños pudieron reencontrarse consigo mismos.
Ambas psicoanalistas, judías, con padres implicados con la escritura, compartimos un interés fuerte de recuperación del habla y la libertad imaginativa de los sujetos sociales, entendida como parte de una práctica terapéutica orientada hacia el cambio social. Ciertos aspectos de la vida profesional suelen resultar demasiado íntimos para ser expuestos en el espacio de la escritura. Sin embargo, picadas desde el primer momento por la curiosidad mutua, fuimos intercambiando ideas que, en parte, les permitieron escapar de su encierro. Para rescatar la elasticidad de la función psicoanalítica en países tan necesitados de propuestas solidarias, hace falta librarse de ciertas censuras, transmitidas como inherentes a la práctica psicoanalítica, que convirtiendo en dogma la hipótesis freudiana del inconsciente, no son más que convenciones sociales ligadas a poderes institucionales. Nunca falta quienes pretenden expeler la dimensión social de su ámbito de acción, bajo la ilusión de que la esencia del psicoanálisis reside en ciertas condiciones "ascépticas", particulares y exclusivas de producción.
Si contar es un modo de cuestionar el propio destino, espero que este diálogo de aliento a nuevos destinos.
-¿Cómo fue tu primera experiencia de mediación artística con niños?
-Empezó con mi tesis de doctorado sobre cuentos infantiles. Trabajé con niños hospitalizados para pequeñas cirugías, les conté cuentos y les pedí que los inventaran para consolar a las marionetas en situaciones de angustia similares a las suyas, en un hospital quirúrgico. Todo se realizó de acuerdo a los principios rígidos del experimentalismo americano, con mucha estadística, un infierno. También estaba Jerome Bruner, que era mi amigo y quería que escapáramos de todo ese majestuoso procedimiento que hacía callar las preguntas que realmente valían la pena.
-¿Qué era lo que para ti valía la pena?
-Lo que me importaba eran las producciones infantiles, oír los cuentos que inventaban los pibes, pero la dignísima academia mortuaria americana no lo quería. De todos modos, fue muy lindo oír a los niños. Contaban cosas increíblemente lindas, o tristes, o esperanzadas. Estaban los líricos, que hablaban con los títeres y les decían al oído - un niño de cinco años lo hizo - "no te preocupes más por nada que ahora yo soy tu padre y te voy a cuidar!" - y ese niño cuidador tubo una recuperación buenísima de la operación (yo acompañaba eso, era una de las variables dependientes, en la jerga del experimentalismo vigente). Y no sólo eso; vivió todo como si hubiese sido una iniciación a una otra etapa de su vida; así que me dijo: "ahora yo ya no tengo miedo de andar en triciclo; antes no me atrevía."
Una niña negra de diez años, una contadora de cuentos natural, inventó largas historias de se oírse sin respirar. En una de ellas había una niña muy negra a quién llaman "fogoncito" negro y también un niño que se burlaba de ella por ser de piel tan oscura. Un rayo cayó del cielo e alcanzó a ese niño que se volvió negro con los pelos erizados; y ella, el fogoncito negro, bebió la leche de una camella y se volvió blanca y linda, y se casó con el príncipe que le había traído la camella. Es sólo un ejemplo, hay más de 200 cuentos y en ellos hay de todo. La recolección de los dados fue hecha en Río de Janeiro, en el hospital público de la Lagoa, durante unos tres años.
-¿Y qué se hizo luego con todo ese material?
No se hizo nada, lamento decirte. En la tesis de doctorado pude transcribir algunos cuentos, pero en su mayoría permanecen como un tesoro escondido, o tal vez sea mejor decir guardado, esperando que alguien los descubra.
-¿Qué pasó después de esa primera incursión terapéutica a través de la narración?
-Bueno, entonces empezó la aventura con los niños de la calle. Una sociedad psicoanalítica me invitó a coordinar un trabajo psicoanalítico junto a los niños de la calle. Empecé y poco tiempo después me llamaron e me dijeron que lo que yo hacía no era psicoanalítico, porque le pedía a los niños que contaran cuentos, hacía teatro con ellos, y el psicoanálisis era sólo escuchar.
-La vigilancia pretendidamente científica de quienes buscan clasificar y circunscribir el psicoanálisis a una técnica instituida, a un "marco" teórico excluyente de otros saberes, o a un vocabulario de moda, no es una excepción rara, lamentablemente, en la historia de las instituciones psicoanalíticas. Y para los temerosos de las nuevas formas terapéuticas, arte y psicoanálisis puede ser una mezcla inconveniente o demasiado inquietante. Olvidan que el legado freudiano sólo se transmite disintiendo con Freud, y no recitándolo.
-Todos tenemos família, y no nos gusta que nos vean como si fuéramos de la calle. Pero los judíos sabemos que la calle es muchas veces más segura que la casa, sobretodo si nos buscan con objetivos no tan amigables.
-Es que el estado de amenaza, precariedad e incertidumbre vuelve riesgoso todo lo que se suponía más seguro. ¿Cómo afectó tu trabajo con los niños la pérdida del sostén institucional?
-Los niños de la calle sintieron que de repente yo estaba allí sin tener el respaldo de una institución. Son muy sensibles al desamparo y sé que percibieron que yo seguí estando con ellos, pero de un modo diferente, tal vez más vulnerable a todo, como ellos mismos.
Eran muchos y de varias edades, desde los cuatro a los dieciocho. Empecé trabajando con todos juntos con un pequeño grabador que pasó a ser el objeto más mágico posible. También llevé mis títeres. Al principio robaban los títeres, el grabador y todo lo que yo llevaba, pero siempre lo terminaban devolviendo. Creo que me ponían a prueba. Yo les pedía que inventaran historias que serían grabadas. Al comienzo fue una algarabía, todos querían hablar, se peleaban por la palabra, se la robaban, se pechaban y se reducían al silencio. Tuve miedo, pero poco a poco eso se fue transformando y las historias comenzaron a nacer. La primera, que tuvo varias versiones, fue sobre un monstruo que nadie quería y que mataba a todos a su alrededor. Impresionante la saga de ese tema; en sus transformaciones, el monstruo fue encontrando diferentes soluciones para su monstruosidad: o encontraba otros monstruos y entonces ya no estaba más solo, o era adoptado, o encontraba su familia de origen. Poco a poco se iba descubriendo no-monstruo y más amable
-¿Cómo seguiste en la sociedad psicoanalítica después de ese episodio?
Entre muchas implicaciones, en la institución me dijeron que eso de pedir cuentos a los niños de la calle era absurdo, y que yo no hablaba psicoanalés, es decir, no hablaba del sujeto del inconsciente. Algunos psicoanalistas sólo oían lo que se decía en un código lacaniano. Poco tiempo después, interrumpieron el proyecto que me habían llamado a coordinar. Fue una escena magnífica. Me llamaron y me dijeron que no había ni espacio ni tiempo en la institución psicoanalítica para trabajar con los niños de la calle. Fue tan increíble lo que dijeron, tan inverosímil, que pedí que lo repetieran. Pues bien, lo repitieron, no había sido un delirio mío.
-No, ese tipo de comentarios marcan una posición política y subjetiva frente a la miseria, la desigualdad y la marginación social, que no es, al menos según mi visión, atribuible al psicoanálisis.
Continué el trabajo sola, sin la sociedad psicoanalítica. Con un sentimiento fuerte que había vivido algún sentimiento familiar para los niños de la calle y para nosotros, los judíos: el de no pertenecer a lo que es familiar para los otros. Me sentí curiosamente fortalecida.
-Pienso que el trabajo con poblaciones cadenciadas le da al psicoanalista una función más modesta pero al mismo tiempo más útil: permitir que las experiencias puedan ser contadas y cobren sentido, o nuevos sentidos. El sufrimiento de las minorías se asemeja mucho en todas partes. ¿Conocés aquel poema tan hermoso de Armando Tejada Gómez titulado "Hay un niño en la calle"? Se me ocurre que podrías haberlo dejado como recuerdo en la institución psicoanalítica. Dice así:
A ésta hora, exactamente,
hay un niño en la calle.
Es honra de los hombres proteger lo que crece,
cuidar que no haya infancia dispersa por las calles.
Evitar que naufrague su corazón de barco,
su increíble aventura de pan y chocolate,
transitar sus países de bandidos y tesoros
poniéndole una estrella en el sitio del hambre,
de otro modo es inútil, de otro modo es absurdo,
ensayar en la tierra la alegría y el canto,
porque de nada vale si hay un niño en la calle.
Importan dos maneras de concebir el mundo,
una, salvarse solo;
arrojar ciegamente los demás de la balsa.
Y la otra,
un destino de salvarse con todos;
comprometer la vida hasta el último náufrago.
No dormir esta noche si hay un niño en la calle.
Exactamente ahora, si llueve en las ciudades,
si desciende la niebla como un sapo en el aire y
el viento no es ninguna canción en las ventanas,
no debe andar el mundo con el amor descalzo,
enarbolando un diario como un ala en la mano,
trepándose a los trenes, canjeándonos la risa,
golpeándonos el pecho, con un ala cansada,
no debe andar la vida recién nacida, a precio,
la niñez arriesgada a una estrecha ganancia,
porque entonces las manos son inútiles fardos,
y el corazón, apenas una mala palabra.
Ellos han olvidado, que hay un niño en la calle,
que hay millones de niños que viven en la calle,
que hay millones de niños que crecen en la calle.
A ésta hora, exactamente hay un niño creciendo;
ya lo veo apretando su corazón pequeño,
mirándonos a todos, con sus ojos de fábula,
viene, sube hacia el hombre acumulando cosas.
Un relámpago trunco le cruza la mirada,
porque nadie protege esa vida que crece;
y el amor se ha perdido como un niño en la calle.
-Muy linda esa poesía. Es realmente como para dejarla en la institución psicoanalítica y al mismo tiempo llevarla siempre consigo, para que el corazón nunca se cierre, y para que el amor no se pierda como un niño en la calle. Pero Rasia, es impresionante como repiten a los autores en la sociedad psicoanalítica: uno diría que los copian ipsis litteris, mismo con las entonaciones que usan. Así que hubo tiempos en Brasil en que se hablaba con acento alemán y después con acento inglés; hoy el acento es francés y se ha copiado hasta la forma de sonreír. Me contaron que un psicoanalista escribió un libro en el que repetía a un autor francés en todos los detalles; como aquel personaje de Borges, que escribió un "nuevo" Don Quijote igualito al Don Quijote. Es la fantasía de perfección, de escucha perfecta, sin la introducción de nada propio. La pura ausencia del sujeto encarnada. Fue visto como plagio y no podría ser de otro modo. Cuando se pasa a idealizar las palabras del maestro hasta ese punto el alumno se vuelve un eco de lo que él dice.
-En el campo psicoanalítico, nada más paradójico que temerle a las equivocaciones, a las producciones del inconsciente, un miedo que está en la base de la incapacidad de pensar.
-Para hablar del miedo, una vez fui a llevar unos regalos de Navidad a los niños y al llegar fui asaltada con ametralladoras. Los niños me rodearon, me ofrecieron agua con azúcar, me mimaron y cuidaron. Uno de ellos dijo que sintió algo feo por dentro; es que él ya había sido asaltado y también había asaltado a otros muchas veces en su vida y le dolía verme siendo asaltada. Se sentía muy cerca de mí y también como si fuera el ladrón que me asaltaba, y no quería serlo. Nos hablábamos desde muy adentro. Me sentí también un poquito heroína porque pude negociar con los asaltantes y logré que me dejaran sacar los regalos de los niños del auto antes de que se lo llevaran. Los ladrones no querían, tenían miedo de que yo entrara en el auto y activara la alarma, o algo así. Pero los convencí y llevé los regalos a los niños. Nunca fui tan heroica en toda mi vida; justo yo que tengo miedo hasta de andar en ascensor, que sólo me subo a un avión dopada, que sólo voy al dentista si me promete que no me va a tocar, no había tenido ningún miedo de los asaltantes, con tal de asegurarme de que los niños recibieran sus regalos. Es extraño, pero así fue.
-Me hiciste recordar un hermoso pasaje de "El caminante", obra de uno de los escritores japoneses más inspirados de comienzos del siglo XX, Natsume Soseki, en el cual destaca el valor de trascenderse a sí mismo en favor del prójimo para superar las propias miserias personales. "Ahora bien- dice el amigo- lo que tú llamas inseguridad es la inseguridad de todo el género humano, y no un sentimiento peculiar y exclusivamente tuyo; si te das cuenta de ello, eso es todo".
-Esas ruedas de afecto, de cariño y de narrativas deben estar próximas a las ruedas de cuentos orales de los que habla Benjamin, supongo, y también de las ruedas de las que hablaba mi padre, al referirse a los moradores de la aldea agrícola de Filipson alrededor de Adélia, mi tía, que leía en idish para todos, en veladas de convivencia alrededor del fuego. Tal vez sea nuestra sobrevivencia de cada día lo que se festeja en esas narrativas. La continuidad, los lazos, el espíritu del día que se prolonga en la noche hecha poesía, lugar de las metáforas de todo lo que nos une y nos trasciende. Transmitimos, convivimos, nos hacemos caricias con cuentos, nos contamos. Contamos unos con otros, consistimos, persistimos, inventamos, nos acompañamos entrelazados en las vueltas que el cuento da. Partimos para todos los viajes y permanecemos hasta transubstanciarnos con las historias, encarnarlas y dejar que sean nuestro espíritu.
-Es asombroso todo lo que el cuento puede llegar a provocar cuando es desplegado o recreado en un espacio múltiple. Una persona sin historia está a merced de cualquiera, y esas ruedas tienen la cualidad de potenciar cierta idea de identidad o de pertenencia, de brindar cierto calor de hogar.
-Quien tiene poca o ninguna morada, como los niños de la calle, los judíos y los nómades, tiene los cuentos, su tradición es en gran parte oral. Adonde quiera que vayan, pueden extender la carpa de narraciones de sus trayectos. Casas de cuentos.
-Gracias, Edelyn, por esa reivindicación del cuento contra el "no lugar", como un plus de placer socializador en tiempos de tanta fragmentación y exclusión social.
-Hoy fue un día tenso. La ciudad se paró bajo la amenaza de los traficantes. Perdimos la ciudad por un día entero. Son los niños sin cuentos los que se vuelven traficantes. Es tiempo de contar mucho, y aprender algo que podría alcanzar los corazones olvidados de su infancia, si es que alguna vez la tuvieron. ¿Qué narraciones podrían encontrar los corazones cerrados y abrirlos para que se pudieran contar?
-Tu pregunta alude a un misterio que no puede definirse, apenas bordearse. Me pregunto, contigo, si serán aquellas narraciones que logran romper la extranjería hacia uno mismo y/o hacia el entorno; o las que no sólo incluyen lo vivido, sino también lo deseado, lo imaginado, las que rompen con significados únicos que limitan y restringen la mirada. Seguramente, en su medida, cada historia porta alguna verdad, pero creo que el cuento es algo más que un mero reflejo de esa verdad: combina la memoria con el olvido y la fantasía con la realidad.
Edelyn, ¿qué te parece que era lo que esos niños exorcisaban a través de los cuentos?
-Nosotros hacíamos ruedas de cuentos y de dibujos, a partir de los cuales ellos contaban historias. Su situación era delicada: recibían casa y comida, eran estimulados a ir a la escuela y, a cambio, se comprometían a no usar más drogas ni a formar parte de bandas criminales. Por lo tanto, los que estaban allí ya eran los que cumplían los requisitos para tal pacto, o para un semblante de ese pacto. Algunos de ellos habían sido violados y se habían psicotizado por todo lo que vivieron, estaban quebrantados, enmudecidos, y lograban representar su asentimiento con las exigencias del lugar. Había mucho abuso sexual de los menores y de los más frágiles por parte de los mayores, pero el sexo también aparecía como una única vía para lograr intimidad, para proporcionar un afecto palpable donde ampararse de su desamparo.
-¿Qué fue posible hacer contra esas violaciones sistemáticas a los derechos humanos de los niños?
-Lamentablemente, Rasia, todo era muy complicado. Era frecuente que los que trabajaban con los niños fueran alejados por presentar problemas de conducta. Por ejemplo, en cierto momento, la dirección del centro del padre Severino, donde están los adolescentes infractores, sufrió un proceso público y fue apartado por abusar sexualmente de los menores. Muchos guardas fueron testigos del abuso. En este caso se pudo hacer algo, pero en innumerables otros, los abusos simplemente se vuelven habituales y poco o nada se hace para detenerlos.
-¿Siempre trabajabas con los niños en forma grupal?
-No, también lo hacía individualmente. Algunos hablaban sobre sí mismos, sobre cuando se escaparon de sus casas, dolidos, decepcionados, pero aún con esperanza de tornar el mundo más humano. Me acuerdo de uno que me contó que a los cuatro años fue echado a la calle por sus padres, y si volvía sin traerles dinero le pegaban hasta el punto de haberle dejado marcas por todo el cuerpo, que persistían diez años después de lo ocurrido. Quería ser juez, hacer justicia. Quería tener una familia y no abandonar jamás a sus hijos.
-Qué difícil debe haber sido para ti, empeñada en fortalecer la salud mental de esos niños, no sentirte impotente ante el peso de lo situacional, no desesperar ante tanto dolor e injusticia ...
-Cuando ese niño me contó su historia le revelé mi asombro y creo que le pregunté: "Tus padres te pegaban realmente?" y él respondió: "Sí, me pegaban de verdad", y el sonido de su voz me desgarró por dentro, tal fue mi dolor e indignación. Me parece que ese niño percibió por mi asombro que era inaceptable haber sufrido tanto. No sé cómo decirte, Rasia, él me dio la mano para mirar juntos, de frente, todo ese sufrimiento sin desfallecer. Y junto con la compasión y la esperanza herida de tantas personas endurecidas, la dolorosa sorpresa de no poder dejar de creer. Yo sólo pude percibir ese horror creíble, real e irreversible.
-¿Sólo? ¿Qué lugar puede caber al psicoanalista si no es precisamente el de permitir la confrontación con aquellas historias cuyo significado resulta intolerable para quienes las vivieron? ¿Qué intervención puede haber más oportuna que apelar al poder redentor del cuento?
-Otro momento con el mismo niño: me contó sobre los policías que los encontraban durmiendo en la calle y les pegaban duramente. Reconocí en ese niño que quería estudiar y ser juez la misma sorpresa indignada, el no querer creer en mí, la misma confirmación dolorida, enojada, transformándose en indignación cuando afirmaba: "¡ellos me pegaron de veras, tía!".
-Trabajar con niños en contextos carenciados es algo que puede ocurrirle a muchos. Pero lograr esa entrega y esa confianza, proviniendo, como en tu caso, de otro grupo social, requiere un talento y una sensibilidad muy especiales.
-Rasia, ellos pasaron a confiar mucho en mí, pero me protegían de saber lo que podría exponerme a la institución como posible cómplice de ellos de modos inusitados y terribles, dada su creatividad. Porque una gran parte de esos niños había participado en las bandas y sentían orgulloso de eso, como si fuera una marca de batalla y de gloria. Hacían ruedas en las cuales yo participaba, en las que recitaban y cantaban sobre los amigos asesinados por policías o por la crudeza de la vida; decían sus nombres, era como una misa en la que rendían culto a los desaparecidos. Contaban lo que hacían y lo que había en cada una de las estaciones de tren. Pero en algunos momentos me pedían que dejara el grabador con ellos y saliera de la sala. Entonces cantaban e improvisaban como si fueran bandas, haciendo "bondes"- organización de grupos de asalto- y asaltando personas. Después me entregaban el grabador con toda la grabación completa. ¿Me separaban? Yo era la persona en quien confiaban y a quien le podían contar sus transgresiones, y al mismo tiempo era parte de la institución, admitida por ella, y con ese aspecto mío mantenían otra relación: para que pudieran hablar de "crímenes", yo tenía que estar ausente. Sí, creo que me protegían al mantenerme afuera del momento de producción sobre el crimen, pero me incluían, al entregarme el producto.
-¿Cómo eran sus dibujos?
-Los dibujos eran muchas veces conmovedores. Algunos niños no tenían noción de cuerpo, hacían criptogramas en los que nada diferenciaba el adentro del afuera, y estaba todo lleno de cortes, rayas y destrozos. Los cuerpos, cuando aparecían, estaban aplastados, triturados, acribillados por proyectiles, balas, ya inanimados o inanimándose. Muchos habían visto asesinar a sus padres y eso estaba muy presente. Un chico de quince años, que casi no tenía acceso a la palabra, dibujó una canilla goteando, y sobre ella un SOS que me entregó. Muy triste. Las casas eran extrañas: algunos nunca conocieron la casa de origen, dibujaban una institución, nada que mostrara la marca de una familia o de una individualidad que se pudiera esbozar. Otros dibujaban cementerios, sus casas eran cruces, terrenos cubiertos de cuerpos; y también estaban los más perceptivos, los más deseantes, cuyos horizontes los llevaban a dibujar casas que era refugios de bandidos, traficantes, esos niños eran los que estaban mejor.
-¿Qué fue para ti lo mejor de esa experiencia?
-Hubo momentos de gran alegría, en los que todos sentíamos que podíamos crear juntos. Ellos hicieron una obra, en realidad varias, pero quiero mencionarte una. Un chico de diez años era el narrador, y sobrepasaba el argumento a través de los múltiples papeles que asumía.
Al comienzo es una señora que está en su coche cuando es interpelada por un ladrón que le roba el coche, la cartera, todo. Ella se dirige a un policía, un detective del comando rojo- nombre de una organización criminal- que se llama Carcará, y que él nuevamente representa. Carcará trata de agarrar al ladrón en una carrera llena de humor atrás de otro chico. Captura al ladrón, otro niño brillante, lleno de entusiasmo y gracia. Charla va charla viene, el ladrón dice que se va a regenerar, que va a trabajar, juntar dinero, comprar una casa en la Barra, es sólo esperar para verlo. Entonces el detective lo llama a la razón: ¿cómo puede ser tan inocente? ¿cómo se le puede ocurrir que en el Brasil de hoy podrá conseguir dinero para comprar una casa en la Barra trabajando? Él tiene que convertirse en un mejor ladrón, ¡perfeccionarse! El ladrón reacciona, está de acuerdo y resuelve que pasará a robar sólo a las personas de edad, lo cual es mucho más fácil, y a los sesenta podrá jubilarse. Vida tranquila. Rasia, fue genial: hicieron un tribunal para el ladrón, le preguntaron a todos cuál castigo debería sufrir, yo hice de transeúnte, también tenía que decir lo que me parecía así como la cocinera del lugar, y cuando yo sugerí que hiciera trabajos comunitarios para ayudar a las personas de edad, se enojó mucho. ¿Él, cuidador de ancianos? ¡Ah no, eso sí que no!
-Maravillosa esa posiblidad del teatro de echar luz sobre los efectos nefastos de la perversidad del sistema, sus círculos viciosos, la fuga de sentido de la pertenencia social y los valores comunitarios. ¿Qué mejor que el teatro para reflexionar sobre las miserias del mundo y de la condición humana?
-Pensé en Baktine, en el concepto que desarrolla de lo carnavalesco, y también en la polifonía del discurso popular. Pensé en la inteligencia de los niños, en su visión sin vendas de lo que los rodea, del mundo en que viven, de las mentiras que les cuentan, en su realismo espantoso ya a los diez años, en su inocencia y alegría preservadas y que se transformaban en creación pura. Era muy emocionante, y aluciné una sociedad psicoanalítica y sus mentiras, con su discurso a puerta cerrada de que no hay lugar ni tiempo para los niños de la calle en esa sociedad psicoanalítica, e imaginé los niños conscientes de todo eso, preparándose para ser mejores transgresores, más sagaces, no más golpeando puertas cerradas sino pensándolas como algo a ser derribado, violado, no reconocidas y mucho menos respetadas, porque donde una puerta se cierra para un niño de la calle, ella deja de tener el derecho a existir. Abajo las puertas y paredes que mantienen los niños en la intemperie. Ahora me siento fortalecida, eso es lo bueno de estar con los niños...
*Psicoanalista y psicodramatista. Fundadora y directora de SaludArte (Centro para la Promoción de Salud a través del Arte y el Humor).