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Lecturas
Praeficio: Les Soirs Volés
Ricardo BianchiNunca dejaremos de sorprendernos ante el espectáculo extraño, vacilante en sus fundamentos entre el narcisismo de las pequeñas diferencias y la soberbia e insultante irrupción de una auténtica diferencia. Abatiéndose sobre la infatigable arena de lo público, una tras otra, una junto a la otra, una empujando a la otra, golpeándose una a otra, las publicaciones de tipo periódico - la revista en tanto se trata de un género estrechamente asociado a la modernidad- han buscado su fortuna con desparejo éxito. El género tuvo, eso sí, el empuje del viento favorable de la época. Barrenando sobre ese filo de ambigüedad máxima que Walter Benjamin sitúa en la reproductibilidad técnica de la obra de arte, con el advenimiento de una lectura de masas soportada entonces en la figura del periódico, lectura interrumpida, lectura tramada por shocks, lectura que suspende el aura y simultáneamente a aquel lector cuyo acto privilegiado era el momento de concluir. Esa radical ambigüedad, máxima caída asociada a un formidable automatismo de repetición es uno de los oráculos que las escrituras de la modernidad nos transmiten no sin una inocultable perplejidad.
Claro que sobre el horizonte del campamento -figura de Murena de una pasmosa justeza- cualquier perplejidad se potencia. No se trata aquí -aunque reconozco su pertinencia- de trazar una recorrido que sitúe la historia del género, ni tampoco de una exposición de nuestro singular caso. Solamente puntúo y sigo adelante. Si bien la ferocidad y la locura de la economía del campamento abatieron recientemente muchos proyectos editoriales, hay otros -aunque todos con dificultades- que hemos logrado todavía persistir.
Tantas revistas, destinadas a esa zona incierta -ambigua una vez más- que convendré en nombrar junto a quienes hace poco lo han propuesto así, humanidades, en tanto esa palabra recupera la marca antigua del lugar actual de la resistencia e insistencia del sujeto durante el imperio de la epocalidad técnica. Y entre tantas revistas, Nadja se encuentra con otras: Nombres orientada junto a otros desde Córdoba por Oscar del Barco, Mal estar, dirigida por Carlos Brück en Buenos Aires, la misionera Aquenó, dirigida por Ana Camblong, participante del número anterior de Nadja, o Grumo que se edita entre Buenos Aires y Río de Janeiro.
Entiendo que estos encuentros son debidos absolutamente a lo que Goethe llamó afinidades electivas.
Hay también otros fundamentos que van disponiendo silenciosamente nuestros encuentros. En noviembre pasado y con motivo de la realización en Rosario de las Jornadas de Pensamiento Argentino tuvimos la oportunidad de entrevistar, junto a Ángel Fernández, para uestro programa radial, a Diego Tatián y Silvio Mattoni. La generosidad sin retaceos de la que es dueño Mattoni nos permite ofrecer aquí al lector un apropiadísimo trabajo suyo: Murena y Arlt: enigma y sacrificio. La entrevista giró en la charla con Diego Tatián -quién ha publicado anteriormente en Nadja- en torno a la revista Nombres. Ambos entrevistados participan de su staff, y por nuestra parte hace tiempo mantenemos pendiente la realización de una presentación en Rosario de esa revista. Retengo aquí de las respuestas que hilvanaba nuestro entrevistado -y que difundimos puntualmente por la FM- especialmente los dos siguientes: Nombres es una revista sin referato realizada entre amigos. Enseguida asocié sus respuestas a la lectura que Tatián hace de la amicitia y la Etica spinozista en su libro La cautela del salvaje(Adriana Hidalgo, 2001), reseñado por mi en el número seis de Nadja. La cautelosa resistencia que el filósofo judío -expulsado sin retorno de la sinagoga- ofrece en su Etica al imperio solidario del tirano y la masa, reviste la forma sugerente y enmascarada de la amicitia. Antes de despedirnos Tatián, nos entregó otra revista. Un ejemplar de Futuro pasado en el que con renovada sorpresa encontré bajo el título "Fragmentos de una praxis sin dios" la entrevista realizada a Oscar del Barco durante el año 2000 y publicado en el número 15 de El ojo mocho. Del Barco fue uno de los principales protagonistas de la primera época de la recordada revista Pasado y Presente durante los años 60 y 70. En su extraordinaria revista su autor recuerda que "tanto en la primera como en la segunda época la revista se sustentó en la amistad". El suyo es un relato de encuentros y desencuentros tanto en la Argentina como en su exilio mexicano, mediatizados siempre a través de la autenticidad del debate, aunque a veces bordeando la violencia de la intolerancia. Tan próximo a la filosofía de Spinoza sienta su cartabón: "la figura del filósofo, vinculada a la idea de sistema filosófico, ha desaparecido". Queda para Del Barco como punto de encuentro nada mas que "la intemperie del pensar y de la poesía, como dice el poema de Juan L. Ortiz". Del otro lado, del lado del Todo, impera "la metafísica como filosofía científico analítica". Reconocemos a sus alcahuetes, los mismos que aburrían mortalmente a Nietzsche, esos que en la Universidad del campamento se pavonean con los blasones otorgados por la transferencia -sustentada gratuitamente por medio del dinero público- y que por supuesto también deben ser investigadores, y entonces regodearse con exclusivas dedicaciones, prerrogativas y privilegios.
Volviendo sobre el reportaje a Oscar del Barco su perspectiva es mas desencantada, nietzscheanamente pesimista. Reconoce allí que quienes participaron en la primera época de Pasado y Presente "no leíamos ni estudiábamos para tener un título, ni escribíamos para tener antecedentes universitarios, ni publicábamos para ganar plarta. Lo que estaba puesto en juego eran necesidades vitales vertiginosas, a las que llamábamos revolucionarias. Teníamos una absoluta repugnancia por el poder". Por un sistemático vaciamiento nuestras políticas universitarias -las del campamento- con inusitada continuidad a través de los años, han despojado de cualquier debate las cátedras, perdurando nada más que una función cuyo rasgo es la exhibición obscena del poder -hasta hace poco tiempo eso se llamaba glamour- y componiendo sistema un séquito de funcionarios -no son otra cosa- serviles y sometidos con entusiasmo a la doctrina.
Largo rodeo -Benjamin recuerda que el método es rodeo- entre revistas para arrimarnos al vigésimo aniversario, celebrado también durante el pasado mes de noviembre, de Conjetural, dirigida por Jorge Jinkis.
Descubrimos pues junto al lector que en un país como dijera Masotta sin memoria y sin maestros hay muchas revistas buscando habitar la intemperie.
Nadja -tal vez haga falta decirlo- produce y recibe su forma -y su formato- a partir de plurales transferencias. En lo anterior he buscado bosquejar una pequeña política editorial de nuestra revista. Hablé de múltiples encuentros, de proyectos, de colaboraciones, de una circulación que se apoya en una ética deseante. Nadja, caute et libidinosa, tras los pasos de Hegel y Lacan reconoce que finalmente el deseo es el deseo del Otro. Enamorarse de una publicación, de una tapa, de un color, de un nombre. Esperar la recepción de un trabajo, el momento de una lectura. Esperar un sobre. Buscar tras una vidriera. Nadja es una mercancía, destinada a un intercambio que como escribió Marx irremediablemente reviste la forma extrañada -abierta a una lectura por venir- de un jeroglífico.
Pero…¿y nuestros desencuentros? También los hay.
Voy recogiendo. Enhebro la amicitia spinozista, la cautela, ese gesto de resistencia a la política de masas -y la ausencia de maestros que adolece el campamento.
Porque también hay revistas que se hacen entre pares. Publicaciones con destacados comités de referato, cuyos miembros ofician también a veces como directores o evaluadosres o jurados en diversas instancias. Publicaciones que componen sistema con el vigente régimen de incentivos a docentes-investigadores de las universidades públicas, en tanto otorgan puntajes y acreditan antecedentes a sus participantes. Publicaciones impresas con el uso de dineros públicos y bautizadas con nombre aburidísimos. Publicaciones con exigentes criterios de pertenencia, exclusivas, especializadas, cerradas. Por supuesto que hay excepciones.
Nadja se distancia de todas aquellas publicaciones que se respaldan en la estructura de los fenómenos de masas, las ilusiones de las que hablaba Freud. Desconociendo lo más obvio, el deseo, aquello de lo que nos hablaba Mattoni.
¿Quién no ha tenido la oportunidad de padecer -victima de la acidia local o aún extranjera- en reuniones y jornadas, la obsesiva, tediosa y engolada lectura de… informes de investigación? ¿Quién no ha sido víctima -tal vez demasiado paciente- de la dosificación de una supuesta comunicación extraida de fárragos de una escritura esclavizada por los centenares de páginas que anualmente se debn elevar en cumplimiento de las disposiciones fijadas por los consejos de investigación? ¿Quién no se ha fastidiado hasta quedar exánime, ante los áridos requisitos formales exigidos para la presentación de colaboraciones aspirando a publicar en las revistas oficiales? ¿Quién no ha sospechado inevitablemente cuando se pide además del trabajo, la presentación de un abstract de no más de -supongamos- docientas palabras junto a otro de no mas de veinte, que finalmente no se va a leer respetuosamente el trabajo propuesto? ¿Quién no ha dudado sobre la lectura producida y los fundamento de la opinión de referato emitida -por ejemplo- por un especialista en Popper ante la lectura de un trabajo de estilo ensayístico? ¿Quién no recuerda el gesto automático de un especialista en Marx, que antes de comentar a Hegel, pide disculpas a su auditorio? ¿Quién no ha visto con cierta pena que publicaciones editadas por las imprentas universitarias, después de un breve período en el que se regalan a mano suelta, pasan a apilarse estorbando en húmedos rincones, para terminar al cabo de varios años vendidad de a cuatro o cinco números por unas pocas monedas? La Teología política de Karl Schmitt es tal vez la mostración más radical de las ambiguedades que estructuran la política moderna. La homogeinización de los fenómenos de masas, la recuperación de la figura del soberano, veladura tenue del tirano, la indeterminación del estado excepción junto a lo imprevisible del acto -la decisión-, el par fundante y forclusivo amigo-enemigo.
Recordaré en lo que sigue a Paul De Man, autoridad indiscutida en el problema al que dedicamos este número de la revista. Autor traducido -en un inquietante comentario crítico sobre la lectura heideggeriana de Hölderlin- cuidadosamente por Nicolás Garrera, y comentado a continuación de un modo brillante por Juan Ritvo, en esta séptima entrega de Nadja. Lindsay Waters en "Paul De Man: vida y obra", la introducción con que se abren los Escritos Críticos (1953-1978) relata una pequeña historia. Su sentido -nuevamente la ambigüedad- es de un empuje tal que Derrida escribió todo un Epílogo, que ocupa la tercera parte de su libro Memorias para Paul De Man, solamente para atender una distancia que le permitiera situarse de alguna manera ante el escándalo y lo publicamente inocultable. El relato de Waters recuerda que De Man redactó entre diciembre de 1940 y noviembre de 1942 una columna titulada Crónica literaria en el diario francófono de mayor tirada en Bélgica, Le soir, además de escribir por la misma época en otro diario, Het vlaamsche land de habla flamenca. Varios de los textos entonces publicados delatan una cierta filiación schmittiana, xenófoba y aveces abiertamente antijudía, cuyo transfondo es una pretendidad afirmación de lo europeo. Derrida cita y comenta, entre embarazado y confuso, algunas de estas columnas que aparecen fragmentariamente transcriptas en su libro. Waters prolijamente recuerda que en 1945, todos los belgas acusados de colaboracionistas nazis fueron llevados ante el tribunal constituido para entender en tales casos, el Auditeur Général. "Paul De Man compareció ante el tribunal y fue absuelto de todos los cargos que se le imputaban por su trabajo en Le Soir, aunque otros que habían trabajado para ese diario fueron declarados culpables y condenados a penas de prisión". Comparecemos nosotros otra vez ante el inconmensurable poder de la ambigüedad.
El relato termina, en la vuelta de sentidos que cierra los párrafos anteriores de la siguiente manera: "Los redactores de Le Soir seguían la línea nazi, y durante la ocupación muchos ciudadanos lo rebautizaron Le Soir Volé (la tarde robada)". Walter Benjamin escribió que en las lenguas imperfectas, las nuestras, nuestras lenguas maternas, a diferencia de la lengua perfecta, la de Dios -pero también y extrañamente aquella a la que inspiraba a Lord Russell- el acto nominativo, el nombre, produce una perenne suplementación, una supernominación. Por lo cual uno de los primeros pasos en la invención de una revista es el hallazgo de su nombre, tal como pasa con un hijo. Y quizás sea esta -en ambos casos- la dificultad mayo, tal vez la única. Un nombre de revista puede ser amable e invitativo como "Conjetural", denso y abyecto, como "Grumo", provocativo como "Aquenó", o de mujer y embrujado, como "Nadja". Lo esencial es que en todos los casos, nombramos. Producimos un acto. A veces como en el relato evocado, el nombre se vuelve aún un último bastión de resistencia. Un último e indespojable acto que desborda toda compulsión totalitaria.