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Lecturas
¿La escritura o la vida?
Lic. Samuel KrynskiEl título de este trabajo lo he tomado en préstamo de un texto de los años 90 del escritor español Jorge Semprun , adicionándole un signo de pregunta que modifica el sentido del título propuesto por el autor. Tal vez la coincidencia de ser lector, psicoanalista y descendiente de víctimas de holocausto pudo haber focalizado mi interés en este texto. Me conmovió, en primer lugar el modo en el cual el libro se fue construyendo: prisionero del campo de concentración de Buchenwald siendo apenas un adolescente, liberado en 1945, Semprun plasma esta obra casi cincuenta años más tarde. Tras medio siglo de recuerdos dolorosos que resisten su comparecencia, de insistentes sueños de angustia, tomó el atajo posible: escribir un libro en el cual da cuenta de la imposibilidad de su propia escritura a lo de largo de tantos años. Dar testimonio, explica Semprun, era arriesgarse a ser capturado en el horror de una revivencia capaz de conducirlo a la destrucción. De allí la búsqueda imperiosa de una amnesia salvadora y, junto a ella, la decisión de cancelar la escritura.
En la actitud precavida del escritor asoman varias advertencias: entre los recuerdos que advienen y el vuelco a la escritura hay un tramo a cubrir y un tiempo de que debe ser respetado. La palabra no puede adelantarse a sus propias posibilidades de expresión, y tienen además un gran poder evocador, suficiente para conducir al sujeto a un universo fantasmático sin retorno.En definitiva, que la palabra testimonial podría volverse contra el relator.
Para convalidar sus sospechas recuerda el destino corrido por el escritor Primo Levi. Apenas regresado de su prisión en Auschwitz, Levi comenzó a transcribir en "Si esto es un hombre" aquellos recuerdos que "le quemaban por dentro". Esa búsqueda de pacificación a través de la escritura no alcanzó para rescatarlo del suicidio, consumado varios años después.
Así lo expresaba Levi:
"... me sentía culpable porque los hombres habían construido Auschwitz, y Auschwitz había engullido a millones de seres humanos, a muchos amigos personales y a una mujer que estaba cerca de mi corazón. Me parecía que me purificaría narrando ...".
Y así se interrogaba luego Semprun:
"...¿ por qué, cuarenta años después, sus recuerdos habían dejado de ser una riqueza? ¿ por qué había perdido la paz que la escritura parecía haberle devuelto?Se entiende entonces los recaudos que Semprun toma en su obra: muy escasas referencia se hacen allí a la cotidianeidad de un campo de concentración. En su lugar, se habla del antes y el después de la prisión, de los primeros encuentros posteriores a la liberación, de los amores siguientes, los sueños reiterados, la tardía vuelta a Weimar, etc.
Frente al hueco sin medida, lo real absoluto, la palabra bordea incansablemente.
Hasta aquí nos referimos, de acuerdo a la contundencia expresiva de Semprun, al "lenguaje asesino de la escritura". Observemos ahora otra faceta de la escritura, diferente y sorpresiva en la cual el escritor estuvo involucrado: un desliz significante. En medio del desorden vertiginoso del ingreso al campo, Semprun enfrenta sólo un par de minutos a un recluso alemán, probablemente un prisionero político, encargado de confeccionar su ficha de identidad. Este le advierte de manera apremiante que consignar "estudiante de filosofía" en su ficha era peligroso, pues para sobrevivir allí era necesario una profesión práctica del estilo del electricista, del albañil, etc. Semprun se desentiende de la advertencia y aún se permite, insólitamente, un pequeño juego de palabras: "kein beruf aber eine berufung", quiere decir: estudiar filosofía no es una profesión (beruf) sino una vocación (berufung). Ante la mirada furiosa e impotente del recluso insiste: "soy estudiante de filosofía, nada más ". Fue la primera y última vez que se vieron. Cuarenta y siete años más tarde, cuando una entrevista televisiva lo lleva de vuelta a Buchenwald, un funcionario del campo, ahora trasformado en lugar de turismo político y museo, le facilita una copia de su ficha original. Su mirada atónita descubrió que, en lugar de la palabra "Student" decía "Stukateur" (estucador), una vieja profesión del renacimiento referida a la decoración de los castillos reales. Esta fue la razón - más que probable, infiere - que lo salvó de una deportación a trabajos forzados de los cuales muy pocos sobrevivieron.La equivocidad de la escritura poniéndose ahora azarosamente del lado de la vida.
Azarosamente, digo, porque: ¿ a quién debiéramos asignar este intercambio de un término por otro? No a Semprun, desde luego, quien sumido en la arrogancia juvenil y la negación del riesgo, no parece gozar allí más que de una precaria victoria narcisista. Tampoco con certeza al escribiente puesto que ignoramos las razones de ese desconocido empeñado en salvar la vida de otro desconocido, que para peor descalifica la advertencia de su improvisado protector; el cual a su vez, en el mismo acto, expone su vida si la maniobra quedara en descubierto.
Frente a acontecimientos que sólo permiten armar conjeturas, haremos un par de observaciones:
- La jugada se arma de tal modo que la impronta de un deseo queda fuertemente marcada en un "error" involuntario.
- Cuando de situaciones límites se trata, la escritura parece hacer su propio juego, resolviendo más allá de circunstancias y protagonistas.Pero nos resta aún hacer referencia a una tercera instancia de la escritura registrada en este texto: el término estucador solo sirvió de contraseña para evitar la deportación, pero el trabajo de Semprun en el campo, probablemente por su conocimiento del alemán, fue en el fichero central de la Arbeitsstatistik; misteriosamente es él quien ahora aparece ubicado en el lugar de un escribiente que debe ingresar en una ficha a cada prisionero del campo, para luego borrar lo escrito cuando el prisionero era eliminado, consignando en su lugar el siguiente.
El trayecto que venimos realizando nos habla, más allá de la intencionalidad del autor, de una cuestión fuerte para el psicoanálisis: la trascendencia de la palabra como marco testimonial, resistente al desfallecimiento del cuerpo; la palabra como registro privilegiado, por momentos fugaz ,de existencias condenadas a la desaparición. Marcas mínimas que, en la otra vereda de la "escritura asesina" temida por Semprun, se juegan por la vida.
Quisiera ahora hacer algunas consideraciones respecto a la fuerza incontenible de las pequeñas creaciones emergentes en cada rincón de los escenarios de catástrofe. Pensemos que un campo de concentración está sustentado conceptualmente en una paradoja trágica que ha impregnado el universo humano: la de utilizar su capacidad creativa al solo objeto de atentar contra sí mismo; un enorme potencial inteligente embarcado en un meticuloso plan: derribar aquellos pilares sin cuyo sostén se produce la más extrema desarticulación del sujeto. Privarlo del nombre propio sustituyéndolo por un número, cancelar todos los espejos, borrar cualquier aditamento corporal diferenciador, suprimir hasta el más pequeño ritual que consolide el sentido de comunidad, etc. En fin, una concepción estratégica que basa su eficiencia - más allá del maltrato constante o la eliminación física lisa y llana - en la quiebra y la entrega del sujeto mediante la destrucción de todo soporte simbólico.
No obstante, se trata de una batalla permanentemente perdida por los depredadores del planeta. Estas marcas simbólicas en principio canceladas, retornarán con mayor fuerza bajo todas las formas imaginables.
El sujeto es su palabra, es su escritura. Imposible enajenarlo de lo que le es entrañable. Para constatarlo bastaría con internarse unos minutos en la sinagoga Pinkas, en Praga, sólo música y muros blancos cubiertos en toda su extensión por caracteres negros y rojos: el nombre y la fecha de nacimiento y muerte de los miles de prisioneros de los campos de concentración del lugar.
Y más aún: tenemos la impactante descripción de Semprun, subrayando la transformación del lugar más despreciable del campo, las letrinas colectivas, en un espacio creativo, temido e inaccesible para el Amo: "pero a partir del atardecer ... las letrinas ... se convertían en mercado de ilusiones y de esperanzas, un zoco donde podían intercambiarse los objetos más heteróclitos por una rodaja de pan negro... un ágora en fin donde intercambiar unas palabras, calderilla de un discurso de fraternidad, de resistencia".
Poco hay para agregar a la contundencia de los testimonios: ellos nos dicen que, demore días, meses o años, todo intento de supresión de la palabra, quizás en otro tiempo o en otro lugar, dará lugar a otra palabra.
En este punto interrumpo mi recorrido porque, al estilo de cualquier análisis, ha sido realizado para hablar de otra cosa partiendo de un texto literario. La lectura del mismo puso de relieve, a mi juicio, algunos temas sustanciales para el psicoanálisis:
- Las encrucijadas de un sujeto ante el horror.
- Los diferentes retornos de lo "imposible de ser dicho", sea por la vía del corrimiento significante, sea por el artilugio de hablar para decir porqué no se pudo hablar.
- La marcación de que lo dicho, cuando finalmente puede decirse, sólo se referirá tangencialmente a lo ocurrido.
Me pareció al menos consistente - a partir de este enfrentamiento de un escritor con una de las experiencias más extremas de la vida - realizar algunas puntualizaciones sobre el lugar del analista. Este lugar, aparentemente obvio y al mismo tiempo peculiar, desde su instalación en nuestra cultura permanece bajo debate. Fue necesario hacer sitio a un sujeto sólo dedicado a la espera de un material intangible - una palabra a él destinada - con la paciencia del que sabe que ella finalmente arribará. Muchas veces nos hemos sorprendido por la intolerancia a esta presencia que se manifiesta además en las múltiples maneras de sugerirnos una excursión a nuevos territorios. ¿Por qué no intervenimos más activamente, se nos pregunta, en un mundo carente de tiempo y hambriento de eficacia? ¿Es que no reconocemos nuestras limitaciones al excluir el cuerpo, sede de tantas emociones ocultas y mensajes secretos que deberíamos explorar? ¿Y más aún, tiene sentido revolver pasados ignotos y dolores dormidos, cuando hay tanto presente por conocer y futuro por imaginar? ¿No estamos acaso plagados de nuevas corrientes, medicamentos novedosos y tecnologías apabullantes, como para habernos refugiado en ese elemental territorio de la oreja y el relato?
Ya parece evidente que el psicoanálisis vivirá acompañado de éstas y otras formas de ponerlo en cuestión, desde banalidad cotidiana hasta los variados escenarios de la colectividad intelectual. Curiosamente, estas argumentaciones tampoco variaron demasiado entre generaciones; circulan, simplemente como interrogantes a los cuales ninguna respuesta terminará por satisfacer. A sabiendas entonces, todo analista deberá sostener este bagaje de demandas como parte insoslayable de su condición; entendiendo que siempre habrá obstáculos cuando se aspira a que las historias que le son relatadas como un bien preciado, puedan seguir su curso.
Precisamente es la pasión por la palabra y la confianza en su fluir, la que entrecruza la labor de los escritores con el conjunto de los analistas. Desde siempre las producciones escritas y los regímenes totalitarios han estado en pugna. Estos últimos tienen una marcada tendencia al secuestro y destrucción de estos productos. Alicia Kozameh, escritora argentina víctima de nuestra última dictadura militar, relata esta pequeña historia: en su sótano de prisionera le fue requisado un cuaderno donde escribía poemas; sin embargo los textos se salvaron porque los había copiado en papelitos de armar cigarrillos que escondió en el interior de unas sandalias.
De este modo una poeta, narrando su experiencia, trasmite un saber: dirá que un sujeto sometido a opresión es capaz de construir una escena dentro de la escena, y desde allí restaurar la dignidad que se le niega.
En definitiva, la historia de Sempun y el nazismo es sólo un eslabón de la historia del hombre, que no ha cesado en su intento de quebrantar, de todas las maneras imaginables el andamiaje simbólico que lo constituye.
Compartir esta versión nos permitirá a su vez valorar la formidable dimensión del invento freudiano: fundar para los analistas un territorio propio. Desde allí, desde su construcción a lo largo de un siglo, se nos hace posible ejercitar la función que el saber analítico autoriza: promover que una palabra, siempre a punto de ser acallada, emerja nuevamente.
El legado freudiano nos abrió esta opción. Será la variante que a los analistas nos toca jugar en la eterna sucesión histórica de represiones y retornos.