
Pagina
Inicial
- Acerca de la Fundación - Comité
de Organización - Actividades
Libros Publicados
- Boletín
-
Opiniones
- Lecturas - Foros
Lecturas
Fragmento de la primera conferencia en el Seminario en la Universidad de Boston:
Entre la literatura y la experiencia: la violencia.
Carlos Bruck1.Cuerpos sombríos
Una frase de Eric Hobsbawm ha recorrido el mundo, en ella conjetura que la actualidad de nuestra historia tiene un antes y un después con una línea de partición que es el Holocausto.
Por supuesto que la Shoa no fue el primer exterminio masivo de civiles, siglos atrás, durante la Edad Media, se organizó la cruzada de los inocentes, donde miles de niños fueron asesinados o vendidos como esclavos y en el filo del siglo 20 se desató la masacre Armenia.
Pero los campos de concentración, por distintas razones, entre las que se encuentra la construcción de un enemigo, de alguien que debe desaparecer para dar consistencia a quien lo necesita, marcan un punto de inflexiónOtra de las razones de esta raya divisoria que marcó el Holocausto, fue el desarrollo de un inmenso aparato administrativo y tecnológico que tuvo distintas consecuencias; entre ellas la de privilegiar la necesidad de la eficacia, creando un dispositivo que planteaba, por sobre todo, alcanzar un resultado exitoso.
No es casual que en relación al resultado, un síntoma de escritura de esta operatoria fuese llamarla: solución final.
Y no es casual tampoco que esta denominación recubriera aquello que hacía a lo innombrable, a lo indecible, a lo que no podía relatarse.
Si entre la literatura y la experiencia ubicamos a la violencia, no resulta inoportuno interrogarse cómo ha sido la experiencia de la violencia para algunos escritores. En realidad, como ha sido arreglárselas con esa experiencia, para aquellos cuya práctica es la literatura
Una digresión: la computadora subraya que hay un error en la palabra innombrable, al colocar el corrector automático propone la opción de sustituir esta palabra por otra: innumerable. Y en realidad, podemos suponer que lo innombrable es precisamente eso: lo que no se puede contar, lo que no tiene medida, lo que queda por fuera de la escritura.
Aunque esta misma sea -paradójicamente- una esforzada manera de hacer algo con la violencia desmesurada, fuera de medida, fuera de número.
El Holocausto es un momento de borde respecto a la violencia, y al horror como semblante de la violencia (recordemos a Kurtz el protagonista de "El corazón de las tinieblas" de Conrad internándose en la noche mientras musita: "el horror, el horror..."). Porque reúne la apropiación del otro, hasta su vida misma (y toda apropiación es una violencia) con la intervención de un saber propio de la ciencia.
Un saber que queda exaltado en su manipulación y que encuentra maneras de ponerse en juego silenciando las circunstancias en que se aplica. Como una ofrenda a dioses oscuros, dirá Lacan.
Y vinculado con esto van a plantearse también las diferentes formas del desconocimiento, del silenciamiento:
No existen escrituras perpetradas por los funcionarios de la muerte que consignen el horror de la solución final, aunque no se dejaba de documentar monográficamente, sino que aquellos que eran participes indirectos, como testigos, de lo que estaba sucediendo, de las chimeneas que humeaban, de los trenes que llegaban a los campos, decían que no sabían lo que estaba pasando.
Una película recientemente estrenada "La caída", relata los últimos y cotidianos días de Hitler, tomando como eje el testimonio de su secretaria.
La película comienza con la pantalla en negro y su voz en off, y concluye con su aparición, con la instalación de su cuerpo en la pantalla (desaparición / aparición) que termina de narrar lo que ahora, contemporáneamente a la filmación, le sucede.
Y entonces la Sra. Junge dice -se dice a ella misma en realidad- que mientras estaba en el bunker con Hitler no tenia idea de lo que estaba sucediendo. Su única realidad era la de la gente que estaba allí dentro (¿ese bunker no podría ser un campo de concentración perverso de argumentaciones?) pero que años después de la caída de Berlín, pasó por una calle que llevaba el nombre de una muchacha como ella, a quien los nazis habían matado por su condición de judía. Y ahí revisó todo lo que pretendía desconocer. También dirá esta mujer que el hecho de ser joven no la eximía de haber sabido lo que desconocía.
Este es el otro término que hace que el Holocausto sea ejemplar, como atolladero de la condición humana y de las condiciones actuales del malestar en la cultura, término que Sigmund Freud planteó para cuestionarse por la civilización y el lazo social que la construye.
Y es esta singular circunstancia unida a lo que antes enumeramos: la apropiación de los cuerpos (el bien más importante de cada sujeto humano) y una argumentación burocrática que refleja los efectos de la eficacia tecnológica, la que puede definirse como el intento de no saber lo que se sabe.
Aunque el Holocausto sea un trágico punto de corte en la historia, no tenemos que suponer que el intento de desconocimiento se origina a partir de él.
En verdad, Freud comprueba que es así, cuando atiende a sus primeras pacientes y establece que padecen de reminiscencias: un recuerdo fantaseado y reprimido que luego reaparecerá, a través de síntomas que resultan ser una escritura de esa fantasía.
Pero esto de no saber lo que se sabe, se parece -como diría Goya- a esos sueños de la razón que engendran monstruos. O por lo menos pesadillas.
Porque en la Alemania actual son observables brotes muy fuertes de discriminación, pero también la pregunta acerca de lo sucedido, de la participación indirecta, ingenua o alevosa de quienes estaban en ese momento habitando el escenario del horror sin ser víctimas.
Pero por eso también la mención freudiana: para salir del facilismo de la acusación (aun el de la auto acusación) sin caer en el de la comprensión, ni perder el rumbo de lo que interesa en esta escena que coloca entre dos términos, literatura y experiencia, uno más: violencia.
"Las primeras noticias -dice Simón Wiesenthal- sobre los campos nazis de exterminio empezaron a difundirse en 1942. Eran noticias vagas, de una crueldad tan exagerada, de motivos tan intrincados que la gente tendía a rechazarlas por su misma enormidad. Es significativo que este rechazo hubiese sido confiadamente previsto por los mismos culpables. Muchos sobrevivientes recuerdan que la SS se divertía en advertir cínicamente a los prisioneros: de cualquier manera que termine esta guerra... la hemos ganado. Ninguno de vosotros quedará para contarlo, pero si alguno lograra escapar, el mundo no le creería (...) la gente dirá que los hechos que contáis son demasiado monstruosos para ser creídos; dirá que son exageraciones de la propaganda aliada y nos creerá a nosotros, que lo negaremos todo, y no a vosotros. La historia del lager seremos nosotros quienes la escriban..."
Por supuesto que lo que años después le sucede a la secretaria no solo se establece a cielo abierto, en condiciones de contexto radicalmente diferentes a las del bunker, sino que también implica un movimiento de identificación con otro ( "ella era una joven como yo" dice...)
Y la apropiación de personas para su aniquilamiento por vía de la administración de la tecnología, necesita de alguien que no quiera saber lo que sabe, acerca de la presencia de sujetos humanos semejantes a él.2.Relámpagos
Una inscripción, una forma de escritura, es la que desencadena esta vivencia en la joven secretaria. Sostengamos ese detalle: el de la chapa de la calle y con esta referencia sesgada a la letra, retomemos el comienzo: ¿cómo ha sido, para algunos escritores, la experiencia de la violencia?. Como ha sido arreglárselas con esa experiencia para alguien cuyo oficio es la literatura.
Esto -como problema- no está lejano de considerar al Holocausto como línea divisoria, ya que la pregunta que sobrevuela es -manifiesta en algunos o implícita en otros- para que escribir después de, o como escribir acerca de.
En este sentido nos encontramos con diferentes estrategias, con diferentes políticas textuales.
La de Primo Levi, aquel que piensa la escritura en los términos de la tragedia griega: una experiencia en la que interviene la catarsis. Y por lo tanto en "Si esto es un hombre" y en otros textos, desarrolla sus recuerdos en los que no deja de involucrarse, en tanto que se supone uno más de los que participan de la condición humana. Y aquí reaparece la literatura como intento de inscripción de lo indecible:
"...No ha sido mi intención ni habría sido yo capaz, dice Levi, de escribir una obra de historiador, me he limitado casi con exclusividad a los Lager nacionalsocialistas porque son solo estos los que he conocido por experiencia propia. Además y hasta el momento en que escribo y no obstante el horror de Hiroshima y Nagasaki, la vergüenza de los Gulag, la inútil y sangrienta campaña de Vietnam, el auto genocidio de Camboya, los desaparecidos en la Argentina... el sistema de campos de concentración nazi continua siendo un unicum.
Pero esta puesta en marcha en Primo Levi, de la literatura para arreglárselas con la experiencia de la violencia, parecería -y esto es lo que dice Jorge Semprún- haber fracasado o más aun: que la escritura puede conducir (como dice Samuel Krynski en su texto sobre Semprún: ¿La escritura o la vida?) "...a alguien a su propia destrucción". Sobre todo si la maneja sin tomar en cuenta "el lenguaje asesino de la escritura, la convocatoria que puede conducir al sujeto a un universo fantasmático sin retorno...".
Cuarenta años después de escribir "Si esto es un hombre" Primo Levi se suicida. Seguramente esto hace que Semprún tarde más tiempo en comenzar a escribir y en esta actitud precavida del escritor asoman varias advertencias: "entre los recuerdos que advienen y el vuelco a la escritura hay un tramo que cubrir y un tiempo que debe ser respetado..."
Así es que Semprún en lugar de la catarsis, de la purificación, prefiere escribir explicando la inoportunidad o la imposibilidad de hacerlo antes. Prefiere escribir sobre el acto de la escritura.
Elige establecer el lugar de la palabra, allí donde el horror de la violencia convierte un espacio en tierra arrasada en la que no es posible cultivar. No es posible la cultura, la civilización. Solo queda lo indecible.Es en este sentido que puede diferenciarse a Primo Levi de Semprún, mejor dicho diferenciar las operatorias de cada uno, ya que mientras Levi elige la escritura de la versión, escritura que siempre implica "yo estuve allí", Semprún prefiere la estrategia del testimonio, que plantea desde donde se esta hablando, cual es la posición que se sostiene.
Pero podríamos pasar de Primo Levi y Jorge Semprún a Hannah Arendt que atraviesa también por las circunstancias y espejos de la violencia, pero que se propone, en lugar de la versión o del testimonio, teorizar sobre ella y volverla a nominar, ya no sencillamente como violencia, sino como Mal, volviendo así a una cuestión que tanto tiene que ver con la ética.
Así es que Arendt escribe en "Los orígenes del totalitarismo" que la idea que más profundamente define la experiencia nazi es que todo es posible. "Con su reverso -agrega- la fantasía de la perfección".
Fantasía que implica despojar de todo precisamente a quienes por carecer de algo, no pueden formar parte de este escenario.
Pero esta aproximación de Arendt, como dice Manuel Cruz, su prologuista en español, implica "una reformulación de una vieja tesis y una nueva proposición: hasta ahora los hombres se han dedicado a transformar el mundo, de lo que se trata a partir de ahora, es de que se hagan cargo de él...".
Aquí es cuando Arendt plantea una cierta dirección para hablarnos de algo que, siendo propio de su teorización, atraviesa como un relámpago cuestiones que hacen a la historia de lo sucedido y a la necesidad de hacerse cargo de lo que llamara "de la historia a la acción".
Y es cuando escribe sobre la violencia de una experiencia que curiosamente enlaza también en su re/construcción a Argentina y a Israel:"Eichmann en Jerusalén". Allí es donde deja de lado la habitual grandilocuencia con que la crueldad ha sido motivo de escritura, para tomar en cuenta las razones con las que el Mal se mueve.
Razones de estado que hacen que ese funcionario Adolf Eichmann, calvo, reconcentrado y blindado solo se preocupe precisamente de eso: que la cosa, sea cual fuera ella, funcione.
No se trata entonces de las profundidades del romanticismo gótico sino de oscuras maquinarias que se presentan con la armadura brillante del caballero de la muerte.
No hay otra desolación mas agobiante que aquella que nos encuentra destinados a la repetición. Porque la noche y niebla no se han disipado en la actualidad, es necesario entonces entremeterse con ella.