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El acto en la dimensión del silencio
Lic. Samuel KrynskiSolemos sorprendernos cuando, en el transcurso de nuestra escritura vamos desentrañando los temas que nos inquietan. Nos encontramos con frecuencia siguiendo alguna huella particular, sin señales precisas que hayan anticipado esa búsqueda. En verdad ha sido la propia escritura la que nos fue guiando, y rara vez por los senderos que creíamos conducirla.
Sucede con mayor nitidez cuando abordamos escritos propios aparentemente concluidos. Esos textos de otros momentos podremos leerlos, luego de un tiempo, como si se tratase de un producto ajeno al que iremos sumando seguramente nuevos interrogantes.
Fue quizás a raíz del curso que tomó este nuevo trabajo, centrado fundamentalmente en el acto analítico, que me encontré releyendo otros anteriores; en ellos buscaba por caminos diferentes encarar un tema semejante.
Me importaba indagar no sólo porqué había acudido a dos escritores - Semprún en el primer caso, Saramago en el otro - para abordar un asunto caro al psicoanálisis, sino también porqué ahora estaba tomando a Sándor Márai, autor de "El último encuentro", como disparador de este nuevo intento. Y por otra parte, dado que me encontraba persistiendo alrededor de un tema específico, la pregunta que se instaló con naturalidad era por qué y qué matices o vertientes me inducían a este abordaje reiterado.
En una primera mirada, tal vez la más abarcativa, observé que cualquiera de estas historias describían instituciones similares, dotadas de una enorme rigidez en su construcción, una imposición férrea de sus premisas y violencia ante el menor atisbo de reacción.
Ya hemos hablado en el relato de Semprún del modo en el cual una organización de castigo y tortura buscaba quebrar los pilares básicos que sustentan al sujeto; hemos reconocido con Saramago el peso decisivo de una institución registral sobre la espalda de un pequeño escribiente, así como el desconocimiento de un moderno complejo mercantil sobre la sabiduría ancestral de un alfarero.
Nos ubicamos ahora junto a Sándor Márai, en el universo íntimo de un militar poderoso sumido durante décadas en una reconstrucción minuciosa de su propia existencia. Esta historia arduamente articulada deberá esperar un tiempo, a priori indeterminado, hasta el momento de la aparición en escena de su único destinatario posible: aquél que debería rendir cuentas por el doloroso devenir de los acontecimientos.
Este breve recorrido nos sitúa en primera instancia frente a la soberana ilusión del Todo, un tema profundamente emparentado con la certeza. Asegurar cada movimiento, no dejar resquicios, cancelar cualquier incertidumbre es la natural aspiración del abuso totalizador. Sabemos ya que éstos universos enclaustrantes no implosionan simplemente por la inconsistencia de su propia lógica. No parece posible, por otra parte, que un sujeto los desafíe y los destruya frontalmente, apuntando al corazón de su estructura. Sólo se fracturan como aprendimos que lo hacen esos murallones imponentes llamados glaciares: por medio de una lenta y silenciosa infiltración que socava sus fundamentos. Estas primeras fisuras van creando el hueco, debilitando soportes, y sólo resta esperar el momento de su estrepitoso derrumbe.
Según nos cuenta Márai, la vida de Henrik, el viejo general - así lo llamará en el transcurso de la novela - se articuló en torno a una prolongada meditación sobre el tema de la traición. Se trata de acuerdo a la habitual definición de un delito que se comete al quebrantar la fidelidad o lealtad que se debe guardar, y conduce a menudo al anhelo de venganza, es decir, de una satisfacción a tomar sobre un agravio o un daño sufrido.
En este caso la historia es la de un personaje atrapado en el goce obsesivo y cruel del soliloquio. La trama de su actividad solitaria girará en torno a su amistad incondicional con Konrad, y a la búsqueda compulsiva de la verdad; verdad que debería develar las razones profundas del quebranto de esta relación.
La amistad con Konrad, bendecida por el padre del general - un guardia imperial estricto y respetado - provenía de la infancia y se extendió a la carrera militar que ambos compartían. Este dúo inseparable deviene en un trío igualmente comprometido a partir del momento en que el joven Konrad presenta a su amigo a Krisztina. Se trata de la hija de un anciano músico a quien Konrad confiaba sus partituras, y rápidamente se constituye, en las palabras del general, en "la joya más preciada de su colección"; vale decir, en su mujer.
Sin embargo, si algo impulsó la larga y compleja tarea de rememoración del general, no fue esta unión que aspiraba a la plenitud sino, por el contrario, la variedad de desencuentros y rupturas instalados desde el comienzo de su vida.
En relación a sus padres, todos los esfuerzos que ellos realizaron para armonizar su mutua convivencia resultaron suficientes. Fueron mundos incompatibles, aquél de un militar radicalmente apasionado por los bosques húngaros y las cacerías permanentes, y el de una condesa exquisitamente educada en Francia y apasionada por la música de Chopin. El guardia imperial, ajeno a tales sutilezas, terminó su vida recluido en un pabellón de caza que él mismo ordenó construir. Su hijo fue quien con más precisión pudo reconocer los aspectos paradojales de su existencia: por una parte la rectitud e integridad de su padre, que él admiraba profundamente, por la otra el personaje cuyo máximo goce consistía en la matanza de animales "como si estuviera preparando diariamente una venganza",solía argumentar el general. Finalmente también supo definir a su padre como un poeta porque, decía, "siempre está pensando en otra cosa".
Así como le sucedió a su padre, los intentos del general de crear en derredor un mundo estable y previsible fueron virando decididamente hacia un clima de extrañamiento y hostilidad. Las diferencias con Konrad comenzaron a acentuarse, en principio como vagas impresiones, luego como marcas cada vez más precisas, hasta la sucesión de acontecimientos que desembocaron en una prolongada separación.Así fue, aproximadamente, como se desarrollaron los sucesos:
- Un día junto a su padre escuchaban un concierto de piano ejecutado a dos manos por Konrad y su madre; advertidos del profundo placer que embargaba a los ejecutantes, tan lejano a sus propias sensibilidades, su padre sentenció: "Konrad nunca será un soldado de verdad ... porque es diferente.".
- La enorme fortuna del general, sus viajes permanentes, la vida social nutrida por vinos exquisitos y mujeres abundantes, el apego a las buenas maneras, sus lecturas estereotipadas, y el amor a un orden político rígido y seguro, contrastaban con un Konrad de pobres orígenes, cuyos padres sacrificaron su existencia para sostener una carrera militar que a él poco le atraía. Su pasión estaba dirigida a la música clásica, y al solitario disfrute de la literatura inglesa y el arte.
La antigua hermandad se fue transformando, virando sutilmente hacia el desprecio; la silenciosa superioridad de Konrad fue debilitando, sin saberlo, la posición del amo.
Krisztina, de origen aún más humilde que Konrad, también iba marcando distancias y mutando las lealtades. En su diario personal, durante años, ella iba consignando todos aquellos pensamiento y afectos difíciles de expresar en la convivencia. Su pretensión era la de ser "absolutamente sincera", y por supuesto dejar este testimonio siempre abierto a la lectura del general. Decir todo, toda la verdad, era la premisa de su existencia, hasta aquel día particular en el cual el diario desapareció del alcance del general.- Ese día, decisivo por cierto, fue en realidad la última cena compartida por el trío, ritual que cumplieron cada noche durante años. Fue ese noche en que se quebraron todos los espejos.
- Fue la cena inmediatamente posterior a una cacería. En su transcurso y sin que mediaran indicios claros ni pruebas precisas, el general tuvo la certeza de que Konrad, que marchaba tras él en el total silencio de la madrugada, no apuntaba el arma hacia la presa que ambos habían visualizado. El arma estaba dirigida a la cabeza del propio general. Konrad no completó su acción, pero ya estaba todo dicho, y ninguna mención se hizo a semejante acontecimiento a lo largo de toda la velada.
- Fue, además, la noche anterior a la sorpresiva huida de Konrad, quien desapareció sin dejar rastros durante más de cuarenta años.
- Esa fuga abrupta canceló definitivamente la vida militar de Konrad. Tras ella, y apenas enterado del suceso, el general irrumpe en la casa que Konrad acababa de abandonar. Una sola mirada le bastó para develar aquellos secretos largamente contenidos. Supo entonces que aquél había sido el refugio de alguien "diferente", un artista y para nada un militar, avalando la antigua sospecha de su padre. Supo ya en aquel instante que cada rincón de aquella morada llevaba la marca de una larga convivencia secreta entre Konrad y Krisztina.
- Fue este descubrimiento el prolegómeno del encierro final de Krisztina quién, rememorando a la madre del general termina recluida en un ala del castillo. Encerrada en un total silencio que el general replica con su propia clausura dentro de la misma mansión, Krisztina se deja morir ocho años después de la desaparición de Konrad.
- Queda en evidencia, entonces, que cuando los espejos estallan no hay espacio para la palabra. A partir de este vertiginoso acontecer donde el silencio impera, las certezas que suelen sustentar el universo de cada sujeto, el orden que se le supone al mundo circundante, caduca abruptamente.
- Profundamente conmovido por esta circunstancia, el general ingresa en el largo y solitario camino de la reconstrucción. Esto significó ir al encuentro de aquellas palabras que en su momento faltaron, buscar razones donde no hubo explicación alguna; intentar, obsesivamente, armar una versión posible, capaz de proporcionar aquel saber arduamente perseguido. Con una salvedad importante: si de aspirar a verdades últimas se trata, la invocación siempre es al Otro. Esta es la impronta que marcó la existencia del general: una tensa espera surcada por un torbellino de imágenes y pensamientos entrecruzados que lo mantuvo capturado a la espera del fugaz regreso de Konrad.-----------------------------------------
Si seguimos el texto de Márai, veremos que la parte más sustancial está dedicado al último y único encuentro, el de la vejez. Konrad reaparece luego de cuatro décadas de ausencia, sin ninguna señal precisa que lo convoque, como respondiendo a la fuerza oculta de un pacto implícito. Se trata de una larga velada, una noche entera que se desenvuelve plena de matices intensos, profundos y a la vez desconcertantes.
No fue un diálogo, como naturalmente podríamos suponer luego de una ausencia prolongada, ni siquiera un interrogatorio acuciante que presione a la confesión del interlocutor. No desembocó en manifestación alguna de violencia física; no se derramó una sola lágrima ni las voces se elevaron de tono. No se escuchó ningún reproche que expresara el dolor y la decepción vividas.
En fin, nada de lo previsible sucedió, nada que diera cuenta de aquel instante decisivo en el cual se buscaba que una verdad se revelara.
No llegó a consumarse aquella imaginaria satisfacción a cobrar por el agravio sufrido; no concretó el general la venganza tan deseada al atraer a la presa a su propia guarida.
Lo único que dominó aquella extraña cena a la luz de las velas, situados ambos en idéntico escenario al de tantos años atrás, fue un largo monólogo del viejo general ante el absoluto silencio de Konrad, reconstruyendo cada detalle, cada recuerdo del pasado compartido, las propias inferencias que intentaban cubrir las zonas oscuras de la historia en común. A medida que transcurría el encuentro se hacía evidente que los principales interrogantes del general, dirigidos a Konrad como última instancia, ya habían sido resueltos por el propio relator.
Lo fundamental ya había sido develado años atrás, en el curso de un fantasmal diálogo con el amigo ausente. No abrigaba ya duda alguna respecto a quién había apuntado su amigo Konrad el fusil durante aquella cacería, ni tampoco requería más pruebas acerca del amor que Konrad y Krisztina se habían profesado.
Sin embargo para el general quedaba una última y crucial cuestión a dilucidar, y de este modo fue formulada: "¿sabía Krisztina que tu ibas a matarme aquella mañana en la cacería?".
La respuesta sólo podía hallarse en dos lugares: la primera opción era apelar al "libro de la sinceridad", que el general había reencontrado luego de años de ocultamiento por parte de Krisztina; su severa formación moral le impidió acceder a su contenido, y lo llevó a la conclusión de que sólo Konrad estaba autorizado a su lectura. Konrad se niega tajantemente a hacerlo, y de inmediato el general arroja el insustituible testimonio a las llamas. Al amparo de estas circunstancias, Konrad asesta el golpe final: "a estas alturas ya no voy a responder tampoco a esa pregunta".
Todavía queda margen para un último movimiento previo a la despedida: fue solo una reflexión del general que casi no tenía pretensión de constituirse en una pregunta: "... quizás el último significado de nuestra vida haya sido esto: el lazo que nos mantuvo unidos a alguien ... ". "¿Crees tu también que el sentido de la vida no es otro que la pasión?" . "... ¿y que si hemos vivido esta pasión quizás no hayamos vivido en vano? ".
Konrad sólo accede a confirmar lo obvio: "¿Por qué me lo preguntas? ... sabes que es así.".
Los viejos amigos se despiden a la madrugada para siempre, y allí decanta una solitaria decisión del general: camino a su habitación autoriza a Nina - la vieja criada que lo acompañó una vida entera - a restituir en un hueco de la pared de la mansión el retrato de Krisztina que alguna vez él ordenó retirar de ese lugar que ocupaba.------------------------------------
Márai nos acerca en este relato, entonces, a la verdadera entidad del acto: su carácter de acto fallido. Su personaje dedica una vida a la búsqueda de la verdad, verdad a la cual da por perdida precisamente cuando pareciera estar a su alcance. Se trata de una de las decisiones más profundas y misteriosas en las que un sujeto suele embarcarse; profundamente intuitiva, además, en relación al carácter esquivo de cualquier verdad frente al intento de su captura.
¿A quién convoca silenciosamente el general cuando pone en escena una imaginaria trama vengativa, articulada al sólo efecto de acorralar a la presa? Suponemos que al padre cazador empecinado en una matanza permanente. Es ese padre que siempre temió "lo diferente", que quedó excluido, como al general mismo le sucediera, del universo de la mujer que amaba, aquél que le inculcó que lo miedos y los dolores no se muestran, y lo educó para decir sólo lo conveniente.
En la búsqueda de atemperar el impacto limitante de estas señales indentificatorias, sólo fue posible recurrir al otro padre, el de la infancia, al cual sólo él pudo imaginar ocupando el sitial del poeta, y a quien aspiraba a semejarse.
Podríamos entonces representarnos al viejo general, encerrado en su larga y obsesiva rememoración, atravesando el trayecto propio y natural de cualquier analizante. Fue a la búsqueda como suele sucederle al neurótico, de un Otro que dé cuenta de las razones de su propio padecimiento. Cargó las alforjas coincidiendo con la sugestiva imagen que Lacan proporciona, para ir al encuentro con el supuesto saber. Se instaló firmemente en la creencia de que su larga espera iba desembocar no sólo en el seguro regreso de un amigo, sino también en el acceso cierto a un saber que Konrad debió haber guardado celosamente. Era él quien poseía, a los ojos del general, la llave que conducía a la verdad.
Nada diferente hasta aquí de ese momento de expectación y ansiedad que lleva a internarse en los recovecos de la experiencia analítica. Experiencia que, como sabemos, consiste en terminar dando por perdido aquello que jamás se poseyó.
Del lado del analista ubicamos sin esfuerzo a Konrad, resguardado en una escucha atenta y en una precisa noción del lugar que debe sostener. Él se limitó a cumplimentar aquellas premisas que cabría esperar de cualquier posición analítica:
- Escuchar pacientemente casi sin interrupción el extenso relato del general.
- Negarse sistemáticamente al embate de las demandas que, en este caso buscaban involucrarlo en el esclarecimiento de un secreto. Konrad supo diferenciar claramente entre la necesidad de escuchar y la obligación de responder; también a sostener a ultranza ese punto crítico con el cual se topa todo análisis; precisamente cuando la falta se pone en evidencia. El instante más tenso y sensible de toda la velada es aquel en el cual Konrad impone el límite infranqueable de la privacidad, aquélla que Krisztina avaló con su propia muerte y él mismo con su exilio sin retorno. Su silencio, silencio que asume la dimensión del acto, bastó para poner de relieve el obstáculo lógico con el que se encuentra cualquier aspiración al saber.
- Finalmente Konrad aparece ya liberado de la imposible misión de revelar lo que debía permanecer informulado. Sólo resta el acto final que éste asumirá con severa dignidad: su desaparición de la escena, que esta vez ambos saben que será para no volver.Partimos de la idea de que lo propio del acto es esa marca que señala un comienzo, una localización significante que dividiendo los tiempos entre un antes y un después nos indican que algo nuevo se ha desencadenado.
A lo largo de esta historia de Márai, se puso de manifiesto un rasgo fundamental del desarrollo del acto: la desmesura. Es esa instancia absolutamente decisiva del corte, de la diferencia que reubica el devenir de los hechos en otro lugar. Desmesura, decimos, dado que una vida entera apuesta su destino a una única oportunidad.
Observemos precisamente la secuencia de esta historia: ella marca un primer momento en el cual se acumulan gran cantidad de acontecimientos, surcados por pasiones tormentosas y decisiones sin retorno; luego se produce un largo proceso de decantación y espera. Todo desemboca finalmente en un último e insoslayable instante: aquel donde deberá jugarse la totalidad de la partida.
Ciertamente entre aquella vida y este encuentro algo ya había operado, silenciosamente, trastocando en parte, cada posición. El general, el Amo de entonces, con la riqueza y el poder que había ostentado, con su amigo inclaudicable y una mujer perfecta, ya había depuesto las armas. El encuentro final lo sorprende anciano, solitario y despojado de sus atributos.
En el ínterin, casi sin advertencias, quienes se fueron apropiando de la escena son los personajes marginales de esta historia, aquellos cuya fragilidad les concede el extraño privilegio de los que poco tienen por perder. Formaron parte de este universo peculiar: Nina, la vieja criada dedicada exclusivamente al servicio y cuidado de los otros; Konrad y la madre del general, transeúntes de un territorio cuyas reglas no entendían ni podían compartir, y Krisztina que sólo atinaba a oponer su altivez rebelde a los supuestos privilegios que la corte le había concedido.
Aquellos que siempre habían circulado entre bastidores fueron tejiendo, sin propuesta alguna, el entramado por el cual circular y ser reconocidos. Son los autores innominados de un nuevo orden, inquietante por la irrupción de las diferencias: la música que conmueve y amenaza, la traición que quiebra los pactos, el mudo deseo de matar.
Son ellos los que ponen en evidencia que no hay respuestas a las preguntas ni saber revelado.
Sentado frente al general, Konrad soporta con el único recurso del silencio el otro pilar esencial del acto: su irreversibilidad.
Negarse a responder cancela decididamente el tiempo detenido de un penoso entrampamiento; rescata al general de un padre que promueve el goce sórdido de un resentimiento interminable; inaugura un nuevo tiempo que implica por fin abandonar la persecución de un saber que ya nada sustancial podría agregar.
Finalmente todo debe resolverse mediante el gran artificio del renunciamiento, que consiste en dejar en su lugar lo que de todos modos no se hubiera logrado mover de allí. Esto sucederá, dentro o fuera de un análisis, cada vez que un padre sea capaz de negarse a ceder lo que sólo a él le incumbe resguardar. Konrad, desde un lugar más cercano al padre poeta, podrá facilitar así el difícil tránsito a la pacificación. Permite al general expresar su última y tardía reflexión, que en definitiva podríamos reformular de este modo: fue la fuerza del deseo la que los embarcó en un juego que no comandaban, y sin embargo fue esta misma fuerza la que rescató la vida de los que se atrevieron a jugar sin saber.
Sólo por esta vía el odio termina por ceder; quizás así podría entenderse la extraña convicción de Konrad que se siente autorizado a partir "puesto que todo ha sido aclarado". Sólo falta el eslabón final del acto, que se plasma con el último aliento, sobrellevando la fatiga de la madrugada: que el retrato de Krisztina recupere su antiguo lugar.
Referencias bibliográficas" Márai, Sándor: "El último encuentro". Salamandra
" Lacan, Jaques: "El acto psicoanalítico". Seminario 1967 - 1968
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