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El coleccionismo o la basura según pasan los años
Walter Duer
¿Para qué guardás toda esa basura?. La cantidad de chicos que se cruzan con esta frase cuando exhiben una colección de lo que sea debe ser incontable. Porque un manojo de latitas de gaseosa, un frasco lleno de bichos muertos, una carpeta repleta de estampillas o un pilón de figuritas con imágenes del éxito televisivo del momento pueden significar un mundo para su poseedor, pero para los ojos de los adultos (en particular los de aquellos que no comprenden el sentido lúdico o investigativo de la colección) son sólo desperdicios que ocupan espacio que podría utilizarse para otros menesteres más útiles y racionales, como pueden ser esas revistas de chismes de farándula que aún no han encontrado ubicación o esos champúes que se compraron en promoción pero que, en realidad, nadie de la familia utiliza.
Si el niño es altamente influenciable, irá hacia el tacho más cercano y se deshará de su colección de inmediato, guardando un rencor a futuro contra aquella persona que le abrió los ojos respecto de su cirujería precoz. Si, en cambio, es de esos mozalbetes de personalidad rutilante, se le plantará al mayor de edad que osó menoscabar sus valiosas pertenencias y le retrucará que por nada del universo las perderá, y mucho menos si el objetivo es dejar espacio libre para esas otras basuras, las que el adulto está pretendiendo ubicar.
El mundo es así: no importa cuán valioso sea un objeto para una determinada persona, siempre habrá otra bien dispuesta a considerarlo una basura. La primera gran causa para que esto ocurra es la incompatibilidad de gustos. En el ejemplo mencionado, las revistas de chismes para adultos son porquerías para el niño y también para muchos otros adultos, que prefieren un tipo de literatura alternativa- y el frasco con cadáveres de insectos es una repugnancia para el mayor.
Pero seres humanos somos, por lo que la otra gran causa que nos lleva a ver basura en los tesoros ajenos la constituyen los celos y la mezquindad. ¿Para qué guardás toda esa basura?, le dirá un joven a otro ante la visualización de una amplia colección de cajitas de fósforos de albergues transitorios, aunque íntimamente esté muriéndose por haber sido él el poseedor de esa riqueza (así como de las memorias que albergan, porque a ojo de buen cubero, ese número de cajitas de fósforos duplica, o más, la cantidad de experiencias sexuales propias en hoteles de esas características).
As time goes by
¿Para qué habré guardado esta basura?. No siempre se necesita de una tercera persona que el valor de nuestras posesiones descienda hasta los incineradores (suponiendo que todavía existen, claro). El mero paso de los años transforma nuestra visión de las cosas y esas revistas con comics que hubiesen sido nuestra elección de habernos enfrentado a la situación de poder llevar una sola cosa a un refugio en caso de guerra nuclear, son hoy un mero colchón para las polillas.
Sin ir más lejos, cada vez que hay que realizar una mudanza o que se desarrolla algún tipo de limpieza general, son varias las bolsas que se llenan con objetos que fueron conservados durante mucho tiempo (que pueden ser tan insólitos como la tapa de un desodorante Lander o tan inútiles como el cargador del celular que estaba en uso en 1992) y que, de no haber mediado este cambio profundo, hubieran permanecido allí durante mucho tiempo más.
La basura subjetiva, esa que lo es para algunos y no lo es para otros, no puede sobrevivir al paso del tiempo. La demostración es muy sencilla: basta con visitar alguna feria de anticuarios para, entre fotos antiguas, monedas y billetes, lámparas de otras épocas y vajillas con grabados, comprobar que los herederos de la basura comercializan todo aquello que no tiran. Quien se ha enfrentado con la situación de vaciar la casa de un ser querido que acaba de fallecer y no llenó varias cajas que mandó, respectivamente, al Ejército de Salvación y a Manliba (o sus sucedáneas), que tire la primera piedra. Es cierto, se guardarán algunas fotos y uno que otro objeto de valor. Pero es sólo un engaño momentáneo: esos elementos tendrán menor probabilidad de supervivencia cuando usted muera y sea su casa la que vengan a vaciar y, en caso de persistir, serán aún más pequeñas las posibilidades durante la limpieza que haga la generación siguiente. Los objetos que se venden, en general, siguen el mismo recorrido: pasan a convertirse en tesoros para otras personas y, en el largo plazo, en basura para los herederos de éstas.
Incluso podemos cerrar con un ejercicio práctico. Si este artículo fue de su agrado, al punto tal que considera que es un verdadero pecado que quede perdido en medio de su biblioteca, recórtelo y guárdelo en algún rincón especial de su estudio, junto con otras posesiones de extremo valor, como la rosa disecada que le regaló a su pareja durante la primera salida que mantuvieron (y que usted no se explica por qué está en su poder en lugar de en el de ella), el muñeco del chocolatín Jack de Rubén Peucelle, su luchador preferido de Titanes en el Ring, o la única libretita de Sarah Key que le pudieron comprar sus padres con mucho esfuerzo de lo caras que eran. Vuelva dentro de diez años, tómelo y reléalo. Le apuesto mil a uno a que su primera expresión será: ¿Para qué habré guardado esta basura?.